Black Affair // Pleasure Pressure Point

Uno de los mejores discos de 2008 suena como si hubiese sido grabado a fines de 1978, utilizando sintetizadores análogos y motivado en sonido y espíritu por la acogedora frialdad de las discotecas que entonces empezaban a surgir en Europa y que acogían a un público cuya sofisticación le impedía seguir enfrentando al punk sexpistolero.

Los nombres de Gary Numan, DAF, Kraftwerk y Depeche Mode aparecerán cual fantasmas al escuchar Pleasure Pressure Point; más no así el de The Beta Band, grupo con el que el escocés Steve Mason –único responsable de Black Affair– empezaría a obtener notoriedad a fines de la década pasada.

A pesar del eclecticismo del que dicha banda hiciera gala durante su corta existencia (el suyo fue uno de los hypes más justificables promovidos por la todavía creíble revista NME), partiendo desde coordenadas cercanas al trip hop, pocos habríamos adivinado que su cantante y guitarrista se convertiría en una suerte de John Foxx (con menos cabello) enfundado en atuendos neorrománticos, y que dejaría de lado su eterno proyecto solista King Biscuit Time (éste sí más cercano a los postulados de la Banda Beta y que ya se encontraba activo cuando ésta se disolvió, en 2004). También habrán sido pocos los que hubiesen adivinado que un trabajo en onda tan retro como éste podría resultar, a estas alturas, tan sorprendente.

Así, en medio de climas sonoros que remiten a pistas de baile gélidas y a situaciones sexuales intensas, Mason se las arregla para configurar joyas como la hermosa “Will She Come”, tema perteneciente al lado menos cold wave del disco (de hecho es la única que podría sonar sin problemas en cualquier radioemisora pop), que lo muestran como el hábil compositor pop que siempre ha sido.

“Pills”, el tema con el que Pleasure Pressure Point concluye, tiene ribetes experimentales, pero sin dejar de lado el factor rítmico que hace que piezas como esta o “Just Keep Walkin” o la exuberante “Sweet” terminen induciéndolo a uno a ensayar pasos de baile que, por su semejanza con los que solían ensayar gente como Devo, en una discoteca normal podrían ser motivo de sarcasmo.

De hecho todo el álbum es una anomalía, tanto por la propuesta en si (la verdad es que parecía que incursiones retro como esta solo las hacía gente con menos luces y talento) como por los positivos resultados obtenidos. Es que son pocos los discos en los que –como ocurre en éste– la nostalgia por ciertas corrientes y épocas está acompañada por una buena dosis de osadía.

Fidel Gutiérrez

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