Discos 69 cuatro

THE POLYPHONIC SPREE
The Beginning Stages of…

Ya no recuerdo el momento exacto en que me comenzó a aburrir eso que conocemos como música triste. Cuándo fue que abandoné el tonto axioma adolescente de considerar al dolor en la música como síntoma de inequívoca honestidad. O, peor aún, de medir la “valía” de artista a través del dolor desplegado en su obra. Pamplinas, muchachos. Recuperado hace algunos años (al menos en apariencia) de tan vergonzoso sesgo es que he sabido apreciar el recientemente reeditado –y con bonus tracks– disco debut de los Polyphonic Spree. Mi nueva-banda-favorita, acaso por comprobar que su jubilosa música ha sabido sortear como ninguna otra las barreras naturales que tenemos los escépticos de profesión. Además de conseguir como ninguna un nuevo converso, casi un acólito a la maravillosa causa que sus canciones proponen.

Lo de converso y acólito no es gratuito. Tendrías que ver las fachas de los Polyphonic Spree para entenderme: 24 individuos (¡así es, no cuatro ni cinco músicos sino veinticuatro!!!) son los miembros de esta juerga polifónica. Dos docenas de sujetos, hombres y mujeres, naturales de Texas que a escena se suben ataviados en pulquérrimas túnicas blancas, con flores sujetas del cabello, con los rostros ocasionalmente pintados de colores. A primera vista, podrían asemejar un burdo revisionismo del flower power. A segunda, quizá guarden pasmosa similitud con la secta de los Davidianos.

Solo que el David Koresh de estos Polyphonic Spree parece estar menos trastornado que el que murió en Waco. Quizá no tanto. Se llama Tim DeLaugther y compone y canta además de fungir de pastor de este peculiar culto. Y sí pues, a este ex Tripping Daisy le debo que mis mañanas de este 2003 hayan comenzado del mejor modo posible: con los más gloriosos cantos al sol jamás escritos, proferidos a pleno pulmón, a máximo volumen y a ventana abierta. Y es que eso de escuchar decenas de voces, en perfectas armonías de raigambre wilsoniana, invocando al unísono el nombre del Astro Rey, junto a una soberbia orquestación rica en matices y timbres, produce un efecto simplemente incandescente. Casi de combustión espontánea. Un resultado que definitivamente te contagia más vida de la que mereces tener.

Formalmente, me asombra su talento para jugar con el volumen de un modo que sólo le he conocido a los músicos clásicos. En un segundo, susurrantes, y en el siguiente, estallando en florituras corales que te aplanan contra el suelo y te hacen sentir pequeñito. Y si, superado el júbilo que te provoca “It´s the Sun”, su segundo tema, quieres dedicarte a la contemplación de los pequeños hallazgos existenciales, escucha la placidez de “Days Like This Keep Me Warm”, la exultación en “Hanging Around”, y la esperanza en “Soldier Girl” y “Light and Day/Reach for the Sun”. Entonces comprenderás la mecánica de esta pequeña joyita: Tanathos ya pasó de moda. Ya murió. Tantos estúpidos suicidas en el rock han desprestigiado la pulsión de muerte hasta el punto de trivializar el asunto. Descubre por tí mismo de qué estoy escribiendo y busca este disco. Y alégrate por ello. Piensa que, después de todo, la vida sólo será tan horrible, sucia, triste y patética como así decidas creerlo. No lo dice el Evangelio. Lo dice The Polyphonic Spree. “Hey now it´s the sun, and it makes me smile…”. Oscar García

HOT HOT HEAT
Make Up the Breakdown

You are my only girl but you’re not my owner girl

Ahí está de nuevo. La frase, el sonsonete. Genial o insoportable dependiendo del momento… Sí, aquí en Lima sólo una emisora la pasa por la radio, pero basta que llegue a tus oídos una vez (a estas alturas –si te gusta el rock– ya deben haber sido cientos) para que envuelva tu cerebro y lo haga tararear.

You are my only girl but you’re not my owner

¿Qué es esto? ¿Robert Smith solista? La voz semeja a la del padrino gótico, pero ni él ni los Cure suenan tan lúdicos y descontrolados desde 1979. Escuchar todo el álbum hace superar tan superficial apreciación y lleva a descubrir una banda difícil de clasificar, porque hablar de new wave el 2003 resulta impreciso y porque catalogarlos como unos simples nostálgicos sería injusto.

You are my only girl but you’re not my…

XTC y Wire en sus más enérgicas encarnaciones, además del primer Cure, pueden servir de referencia para definir la propuesta de este cuarteto canadiense. Añádanse un toque melódico (pese a que el productor es Jack “Skin Yard” Endino) y una versatilidad que les permite abordar convincentemente las distintas vertientes roqueras cultivadas en pubs de buena o mala muerte y estaremos hablando del fichaje con más potencial comercial hecho por el legendario sello Sub Pop desde los años dorados del grunge.

You are my only girl but…

“No, Not Now”, “Get In or Get Out” y “Talk to Me, Dance with Me” (la del omnipresente estribillo) valen por sí solas el precio de este disco. Y, sí, suenan retro, pero tan bien que, en el caso de HHH, habría que quitarle la connotación negativa a esta palabra. Por el otro lado, “This Town” quizás represente el único momento que no convence, pero “In Cairo” y “Aveda”, con su energía y atípicas estructuras, dejan pensando en lo que nos traerán estos chicos en su segundo y, desde ya, esperadísimo disco.

You are my only…

Obsesión satisfecha. El interés suscitado por Make Up the Breakdown ha hecho que sus grabaciones previas (excepto las del EP Knock, Knock, Knock, lo primero que sacaron en Sub Pop) hayan sido compiladas en el álbum Scenes One Through Thirteen. Allí los HHH suenan mucho más crudos y psicóticos; como salidos de la más placentera de tus pesadillas roqueras. Ahora, sigamos cantando

You are my only girl but you’re not my owner girl. You are my only girl but you’re not my owner girl. You are my only girl but you‘re not my owner… Fidel M. Gutiérrez

CAT POWER
You Are Free

Debo confesarlo: durante los primeros minutos de esta producción tan sólo pude pensar que ésta era música para escuchar mientras uno lava su ropa u ordena su cuarto. Yo, que no hago ninguna de esas dos cosas, cambié inmediatamente de disco. Decidí, sin embargo, darle una segunda oportunidad (¿a ella o a mis oídos?) y, simplemente, no pude evitar dejarlo correr. Y es que no abundan las ocasiones en las que uno encuentre una conjunción tan armoniosa entre una voz, una letra y la música que las contiene. Cat Power es el alias de la norteamericana Chan Marshall y You Are Free, su sexto disco. En él, la melancolía, la reflexión, el descaro y, por momentos (“He War”), la energía, están presentes. Pero a Cat Power no la verás en MTV interpretando con descarada conciencia el rol de la chica preferida del psicoanálisis y mucho menos la oirás gruñendo hasta el hartazgo. Así como ella, su música está exenta de sospechosos adornos. Sus instrumentos son pocos y sencillos, con excepción, claro está, de ese monstruo que esclaviza con caricias: su voz. Ya sea en el excelente cover “Werewolf” o en cualquiera de sus primeras nueve canciones, su voz parece surgir naturalmente de los diferentes estados antes descritos. Cat Power no aburre porque no se restringe a un solo tipo de experiencia.

Ahora, yo no sé si todo tenga un lado malo pero éste disco sí lo tiene. Tres canciones de bajísima calidad (“Baby Doll”, “Maybe Not”, “Names”) que, para empeorar el asunto, se suceden. No sólo llevan ese tufillo insoportable del “mensaje”, sino que además, hacen trizas a la sinceridad. De pronto nuestra cantante va transformándose en lo que es en lugar de simplemente seguir siéndolo. En otras palabras, al descubrir la clave de su encanto, Cat Power busca seguirlo ya con malabarismos e intenciones de ¿qué? ¿llenar el disco? Quién sabe. En todo caso, esos tres errores no echan a perder esta producción y, si así parecieran hacerlo, “Evolution” no tarda en llegar para salvarlo. Con la colaboración de Eddie Vedder, Cat Power logra un cierre brillante en el que la sencillez y la monotonía rozan lo apocalíptico. Sobran las razones, este es disco es notable y punto. Natasha Luna

BLACK BOX RECORDER
Passionoia

Vamos, tiene que haberte pasado alguna vez; cuando creías que ya no habría disco que podría sorprenderte tanto en letras como en música, de pronto PAFF!!, ya estás hecho y la realidad comienza a cambiar con cada acorde y línea. Pues algo así me sucedió cuando me topé con Passionoia, tercera entrega de Black Box Recorder, trío conformado por el frontman de Auteurs, Luke Haines, el otrora baterista de Jesus & Mary Chain, John Moore y su esposa Sarah Nixey, que más que cantar, hace lo que quiere con las melodías, sea hablando de forma fría y directa como la Dama de Hierro, o susurrando sublime y sensualmente, cual paseo labial por la piel.

Y si bien BBR presenta una oferta sonora de manejo elegantísimo (cercana a la línea labrada por Pulp, pero que hace ver a Jarvis Cocker tan rudo como Neil Young) sus exploraciones con ritmos y sintetizadores se aproximan más al terreno del baile, produciendo himnos de sábado por la noche en “The School Song”, “GSOH QED” o “Being Number One”, por citar algunos.

Pero además, lo mejor acerca de Black Box Recorder radica en su capacidad para lanzar certeros dardos tanto a las relaciones humanas como a la sociedad británica en hermosas canciones de aparente inocencia pero tan cargadas de acusación como el beso de Judas, algo que es palpable con la mordaz “These Are the Things” (“tender la cama, lavar los platos, planchar una camisa, tratar de comer, estas son las cosas, que nos mantienen juntos”) o con la iconoclasta “The New Diana” (“quiero ser la nueva Diana, descansando en un yate, leyendo revistas, quiero ser la nueva Diana y visitar la orilla…ocasionalmente”), irónica crítica a la deificación y la cultura de la imagen que me deja al final pensando: ¿Qué estaría haciendo la princesa Diana si estuviera viva en este momento? Probablemente arañando la tapa de su ataúd. Wilfredo Oliveros

TURBONEGRO
Scandinavian Leather

El scan rock es uno de los hypes más rentables de los últimos tiempos y Turbonegro es una banda que escapa del redil por más de un detalle sórdido e interesante. Formados en 1989, fue con su tercer álbum, Ass Cobra, que estos noruegos se empiezan a alejar de una desgastada propuesta punk naif a lo Ramones para crear un estilo a caballo entre la crudeza de Stooges y el histrionismo de Alice Cooper, sazonado con referencias explícitas al sexo más desviado, coprolalia, mitología y nazismo, el resultado: deathpunk, rock capaz de musicalizar un improbable film basado en el comic Preacher, sólo para dar una idea. La banda ganó popularidad no solamente en sus predios nórdicos sino en audiencias de la zona rural y bastarda de EEUU donde su reputación llegó a proporciones casi míticas. La consagración vino con Apocalypse Dudes (1997), considerado por Jello Biafra como el mejor disco de rock producido alguna vez en Europa. La gira que le siguió terminó en 1998 en Milán con la disolución intempestiva de Turbonegro debido a una crisis psiquiátrica sufrida por su vocalista Hans Erik Husby, desencadenada por el uso de sustancias vetadas (heroína para más señas), y que lo condujo a buscar refugio en la granja de sus abuelos. El último show, realizado en Oslo, está registrado en vivo (Darkness is Forever), y pretendía ser su testamento, incluso su antigua disquera, Bitzcore, adelantó el funeral mediante un álbum de tributo (Alpha Motherfuckers) a cargo de entes tan nocivos para la moral como Zeke, Nashville Pussy o Ratos de Porao.

Hasta el 2002, año en que regresan a las canchas vía una gira (Res-erection Tour) junto a Queens of the Stone Age y son descubiertos tardíamente por los medios. La loable intención de continuar donde se quedaron no mitiga un algo de decepción tras escuchar Scandinavian Leather, un disco más que esperado, cuya estructura copia descaradamente a la de su predecesor desde el intro “The Blizzard of Flames”, que pretende imitar al magnífico “The Age of Pamparius”. Pero si en Apocalypse Dudes los momentos estelares se sucedían uno tras otro (“Get It On”, “Are You Ready (for Some Darkness)”, “Humiliation Street”), Scandinavian Leather es a todas luces una obra menor con algunos picos (“Turbonegro Must Be Destroyed”, “Fuck the World”, “Le Saboteur”), en la que Turbonegro se muerde la cola cediendo ante la avalancha de medios interesados en su poco ortodoxo estilo. A su ya añejo romance con el distrito hamburgués de St. Pauli, otrora centro de operaciones de tú-ya-sabes-que-banda-más-grande-de-todos-los-tiempos, añadieron la peregrina idea de hacer una presentación en barco sobre el Támesis como tú-ya-sabes-que-otra-banda-más-grande-de-todos-los-tiempos. La carátula, por demás aclaratoria sobre las intenciones de esta placa, fue diseñada por Klaus Voormann, artista allegado a los fab four y su legendaria etapa alemana.

Detalles aparte, sirva este inusitado regreso para descubrir las razones por las que Turbonegro, por lo menos hasta ahora, es uno de los actos escandinavos de más trascendencia, o sea para adquirir con carácter de urgencia sus anteriores discos, y de paso para descubrir a algunos otros vikingos de relevancia como Bombshell Rocks, Satanic Surfers y en especial Hellacopters. A rush of blood to the dick!!! Humberto Escudero

DAVID BOWIE
Reality

Ya es costumbre que cada disco de Bowie sea un nuevo “el mejor desde…” y que las comparaciones con sus clásicos se reproduzcan con un ímpetu global –sobre todo ahora que trabaja con Tony Visconti, su productor de los setenta. Así como se comparó Heathen con Hunky Dory, Reality ha nacido bajo la sombra de Scary Monsters. Pero ¿qué hay detrás de esa insistente perorata del autohomenaje, además de un estratégico posicionamiento que promociona toda su línea de productos?

Es obvio que hay conexiones; cómo no iba a haberlas en un corpus de 26 discos. Un oído más escéptico descubrirá la falacia de ese publicitado deja vu, o que éste no es exclusivo y el Black Tie White Noise o el Earthling tendrían igual derecho a ser evocados. Más sensato sería compararlo con Heathen. Como buenos hermanos, tienen la misma sangre y no se parecen en nada. Reality es menos introspectivo y más urbano, menos nostálgico y más irónico, menos reflexivo y más light. Menos ambient, pues, y más rockero. Tal como lo hizo en Heathen con sus campos de Woodstock, el camaleón se ha mimetizado ahora con su barrio de Manhattan.

Reality cuenta con todas las novedades familiares: composiciones inteligentes, sonido único, excelentes músicos, una de las mejores voces masculinas y la dosis exacta de experimentación y madurez para que a cada audición nos guste más. Su nuevo personaje es el Peter Pan de la portada que en las primeras canciones –las mejores– dice que nunca envejecerá, que puede ser el más solitario pero se siente el más afortunado y que lo ha recibido todo sin dar nada a cambio. Pero, poco a poco, esta megalomanía se resquebraja, primero con la catarsis motorizada de una esposa high class (“She’ll Drive the Big Car”), y luego con la ineludible necesidad del otro (“Days”), que lo hace reconocerse como un perro cruel, listo y millonario (“Fall Dog Bombs the Moon”). En “Try Some, Buy Some”, de George Harrison, quien todo lo ha hecho y tenido reivindica el amor, y en el explosivo “Reality”, la muerte llega a ser más que una canción triste. Al final, llegamos al Bowie base 5 del interior del CD; en el jazzeado “Bring Me the Disco King” vuelve a ser adulto, hace un balance negativo de su vida y pide que mejor lo apuñalen en la oscuridad. Como se ve –y aunque él lo niegue–, a estas alturas a Bowie siempre le salen discos conceptuales. Miguel Rivero

THE MARS VOLTA
De-loused in the Comatorium

– 1996: Julio Venegas, artista plástico de El Paso, Texas, yace en coma después de un enésimo intento de suicidio, esta vez inyectándose veneno para ratas. Milagrosamente despierta, sólo para ver coronados sus intentos poco después. Amigo cercano de At The Drive In, la banda le dedica “Embroglio” canción incluida en su producción de ese año, Acrobatic Tenement.

– 2001: Cuando lograban disfrutar de un merecido reconocimiento gracias al LP Relationship of Command, At the Drive In se quiebra, principalmente por las inquietudes creativas de su punta de lanza, el cantante Cedric Bixler Zavala y el guitarrista Omar Rodriguez-Lopez. Los otros 3/5 de ATDI, liderados por el guitarrista Jim Ward se juntarían poco después para dar vida a Sparta.

– 2002: Zavala y Rodriguez-Lopez forman The Mars Volta (título alusivo a Fellini, no confundir con la banda electrónica italiana Mars Volta). La edición del EP Tremulant por medio de su propio sello (GSL) deja claro que si había algo que hacía a ATDI una banda hardcore poco convencional eran sin duda sus integrantes con peinado afro.

De-Loused in the Comatorium es el último capítulo de esta serie, producido por el ubicuo Rick Rubin y bajo la supervisión de una major label, pretende ser un homenaje tardío a Venegas y una supuesta crónica de sus sueños durante el coma previo a su deceso y su odisea entre esta vida y la otra. Debido a problemas en la formación tuvieron que recurrir a Flea de Red Hot Chili Peppers a la hora de grabar el bajo (John Frusciante colabora en el tema “Cicatriz”). Un mes antes del lanzamiento de la placa, el ingeniero de sonido Jeremy Ward (hermano de Jim) es encontrado muerto en su departamento, como para acentuar el tenor fúnebre del disco. Fue una baja sensible para TMV, interesados en la manipulación de efectos y sonidos (Ward incluso co-escribió las letras).

Los resultados serán desconcertantes para muchos fans de ATDI. Si “Inertiatic Esp” es uno de los momentos estelares quizás sea porque es también uno de los más convencionales (con sus “mezquinos” 4 minutos y medio), junto con los pasajes más zeppelianos de “Roulette Dares”. En el otro extremo del espectro se encuentran “Drunkship of Lanterns” y “Eriatarka”. No sería justo decir que De-Loused… es una mera reevaluación/modificación de géneros ni un intento por reconciliar rock progresivo y punk (los resultados distan mucho de ejemplos no tan lejanos). Pero también es cierto que la intensidad que distinguía a ATDI se diluye por un excesivo afán de conceptualizar un disco, no sólo a nivel de texturas sonoras sino también de letras, en cuya creación han exprimido el diccionario para armar una poesía que pretendería ser intrincada y plena de referencias anatómicas y detallitos rebuscados: “Exoskeletal junction at the railroad delayed” (quién sabe si el único ser capaz de entender esto era el propio Venegas); y la inclusión del español genera baches a lo largo de la placa (especialmente para angloparlantes). El saldo final es el de un álbum ensamblado no por canciones, sino por efectos, paisajes y melodías, con lo que sí logran acercarse un poco al progresivo, cuyos álbumes siempre tuvieron que ser sometidos a minuciosa disección para eliminar ripios (la quintaesencia del egoísmo musical para algunos). Digamos mejor que la intersección entre Led Zeppelin, Fugazi, Santana, el dub, el jazz y el reggae no podía dar un resultado complaciente, menos aún usando las técnicas literarias del cut-up/fold-in de Burroughs. Habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos antes de colocar a The Mars Volta en penitencia contra la pared. Humberto Escudero

THE SOUNDS
Living in America

La música de esta banda sueca es un platillo compuesto por capas y capas de aderezos y sabores que remiten inmediatamente a tiempos (en apariencia) más felices, cuando los saboreabas sin preocuparte por el colesterol. Pero cuesta encontrar algo debajo de todo este maquillaje que no sea referencias evidentes a Blondie, Duran Duran o The Go Go’s. Si bien los dueños de las ideas son el guitarrista Felix Rodriguez y el bajista Johan Bengtsson, el gancho es la colorada Maja Ivarsson, alumna aprovechada que luce como Debbie Harry, baila como Siouxsie Sioux y canta al mejor estilo de Scandal, pero cuya presencia es, al final, la que estructura el eje del disco.

Poco después de convertirse en el nuevo fenómeno de su país natal, el potencial pop de su propuesta generó rápidamente el interés de gente como Dave Grohl, el N.E.R.D. Pharrell Williams o James Iha, quien no dudó en incorporarlos al sello que maneja, Scratchie. Su debut discográfico se convierte rápidamente en éxito de ventas, merced principalmente al single “Seven Days A Week”, tema que también abre el álbum, y a la canción que da título al disco, cuyo coro es tan pegajoso que se necesita una desintoxicación completa para librarse de él. Cuando repiten hasta el cansancio que no viven en Norteamérica no se sabe bien si es una afirmación de identidad o el lamento por un destino tan injusto (¿qué otra razón tendrían para cantar en inglés sino es apuntar al mainstream anglosajón y MTV?). El entusiasmo que provoca “Seven Days A Week” se empieza a esfumar desde las primeras notas del siguiente track para encenderse de nuevo en escasísimos momentos (“Reggie”, “Like A Lady”). Las canciones son divertidas y resplandecientes como el pelo de la Ivarsson, pero tan originales como una telenovela venezolana, e igual de repetitivas si le pones ganas al disco y lo escuchas más de una vez; palidecen frente a lo ofrecido por The Cardigans, por mencionar a unos paisanos suyos con chica al frente y disco nuevo bajo el brazo.

Catalogado como un disco perfecto para alguien desesperado por revivir los 80’s, yo me pregunto si hay algún problema en ir directo a la fuente en vez de darle atención a sucedáneos tan poco inspirados. En todo caso, puede ser un aceptable punto de partida para los no iniciados, un caramelo antes del almuerzo. Humberto Escudero

ROONEY
Rooney

San Brian Wilson que ya estás en el cielo, santificadas sean tus canciones. Vengan a nosotros tus playas. Hágase tu voluntad, así en la arena como en los estudios de grabación; líbranos del punk pop y danos más músicos como los Rooney. Amén.

Este cuarteto, a diferencia de bandas como High Llamas o Polyphonic Spree –quienes demuestran su condición de feligreses del sonido del viejo beach boy decantándose por su lado orquestal– se centra más en homenajear el feeling guitarrero y los juegos vocales propios del rock playero californiano (“Blueside”, el tema inicial, te dará una idea de ello, además de enamorarte).

¡Aleluya! Rooney lo hace tan bien que el 90% de canciones de este, su celestial debut discográfico, podrían ser singles de gran o mediano éxito si viviéramos en un paraíso. ¡Y es que rebosan tanta frescura y regocijo!

Además de la impronta wilsoniana, este disco revela claras influencias ochenteras (no en vano uno de sus productores es Keith Forsey, quien trabajó con Psychedelic Furs, Simple Minds, y otros representantes del santorial pop más modernoso de entonces) así como una fuerte admiración hacia Weezer, convertida hoy en la principal banda de culto made in USA.

Mención aparte merece el que Robert Carmine, guitarra y único compositor, sea –además de sobrino de Francis Ford Coppola– hermano de Jason Schwartzman, actor y cabeza del quinteto power pop Phantom Planet, con el que, también, Rooney comparte el desprecio del under californiano debido a su rápido ascenso, atribuido por envidiosos al pedigree y no a sus méritos.

Tanta satanización, reflejada en revistas y fanzines on line, resulta similar a la que aqueja a los Strokes –otros hijos de buenas y santas familias– en Nueva York; aunque en el caso de Rooney el talento que hay de por medio sea más evidente, pese a ciertas semejanzas sonoras (“I´m a Terrible Person”).

Por ahí también aparecen evidentes deudas con The Cars (“Sorry Sorry”, “Simply Because”) –banda pilar del pop guitarrero largamente ninguneada por los pontífices del esnobismo– y guiños al mejor pop sesentero (“If It Were Up” es la perfecta comunión entre el sabor de los soul groups y la electricidad de la banda de Rivers Cuomo).

Pero es la ya mencionada “Blueside” (y sus armonías vocales, su anfetamínica melancolía suicida ¡y ese theremin!) la canción que convierte desde el saque a este disco en una experiencia redentora para cualquiera que haya perdido la fe en la música. ¡Bienvenida sea la buena nueva! (y no exagero, hermanos). Fidel M. Gutiérrez

THE RAVEONETTES
Chain Gang of Love

Me acabo de enterar: Allen Ginsberg, pacifista, budista, marihuanero, gran poeta beat y pederasta, escribió un poema sobre Fujimori y Sendero Luminoso antes de morir. Éste, además del ayahuasca, es uno de los pocos nexos entre los beatniks y el Perú.

No es el caso, en cambio, de la prolífica relación entre el rock y la generación beat. Frank Zappa, The Clash y Laurie Anderson son sólo algunos de los nombres que se relacionaron de una u otra forma con dicho movimiento.

“The next beat generation”. Esa es la frase que más recuerdo del vídeo de Attack of the Ghost Riders, single del primer disco de The Raveonettes. Es una declaración estética y conceptual de la banda. Una parodia o tributo a las películas de serie b, a las motocicletas y, en general, a la década del 50. Nótese, para mayor prueba, el peinado de Sharin Foo.

La posguerra trajo rapidez: en el transporte y en la tecnología. En la década del cincuenta lo cool estaba en la acción: James Dean vivió una vida rápida, Jackson Pollock popularizó el action painting y Kerouac quiso escribir como un músico de jazz. La velocidad del sonido ya había sido conquistada: era más importante el sonido de la velocidad. Eso nos remite a The Jesus & Mary Chain.

El presente disco suena bastante parecido al Jesus del Barbed Wire Kisses, su disco de b-sides “and more”. En Chain Gang of Love, el dúo danés suena como los covers “Kill Surf City” o “Surfin’ USA”: melodías sesenteras cubiertas con el noise de los Jesus. Las canciones son todas muy cortas y parecidas entre sí, lo que da la impresión de escuchar una sola gran canción.

Se dice que Kerouac también anhelaba escribir como un orgasmo. Si bien este disco es demasiado frío como para hacerte gozar como cerdo, genera, definitivamente, mucho placer. Carlos Cabanillas

GRANDADDY
Sumday

Provenientes de algún lugar en el mundo donde tiernos cisnes nadan sobre lagos congelados, inmensos y fríos transatlánticos surcan pequeños ríos y los músicos de rock son barbones bonachones amantes de los peluches y los juguetitos a pilas, llegan a nuestros oídos –¡por fin!– las doce canciones del esperado tercer disco de Grandaddy.

Superar o siquiera igualar el tremendo The Sophtware Slump (2000) suponía un reto excesivo, así que no sorprende comprobar que este álbum sea una prolongación (depurada, más técnica, más “profesional”) del mencionado clásico de fin de milenio.

Como en este, Jason Lyte y sus compañeros insisten en llenarnos la cabeza con canciones melódicamente seductoras –sazonadas con ruidos inidentificables provenientes de sintetizadores análogos o malogrados– en las que plasman su afecto por la dulzura de los Beach Boys, la perezosa aspereza de Pavement y el discreto encanto de, ejem, ELO y Alan Parsons Project.

Todo bien con ello, pero quienes en su momento caímos bajo el embrujo de tan magna fórmula y de la tristeza suicida de “Jed el Humanoide” esperábamos más.

Es que este disco equivale a esos reencuentros apasionados en los que el placer consiste en reconocer que, pese al tiempo, nada ha cambiado (entrando en materia es imposible no decir que un tema como “The Go In for the Go for It” podría ser una segunda parte –con roche– de “Hewlett´s Daughter”, sublime pieza de TSS).

Esto no es malo en este caso, porque hay temas de excepcional hechura, como “OK With My Decay” (¿el título del año?) y “The Warming Sun”; no por gusto dos de los más introspectivos y melancólicos surcos dentro de un álbum ciertamente luminoso.

La tristeza y la incertidumbre frente al futuro plasmada en TSS y en sus alusiones a una realidad que, de tan fría y automatizada, deprimía hasta a un robot, parecer haber amainado en la cabeza de Lyte (vocalista y principal compositor).

El barbado oregoniano ahora apuesta por crear en sus crípticas canciones un mundo propio y tierno, desde el cual narra las vicisitudes de su grupo y sus confrontaciones personales y artísticas frente a la industria; sin olvidarse de esos autómatas en problemas que nos mostró en su anterior trabajo (“I’m on Standby”, “Stray Dog and the Chocolate Shake”).

Y, bueno, ¿para qué seguir? Si no los conocías, Sumday hará que pongas a Grandaddy en un pedestal. Si aun sigues hipnotizado por su anterior disco, quizás te decepcione o quizás te llene de esperanza. Igual, no te dejará indiferente. Now It’s On! Fidel M. Gutiérrez

THE TANDOORIS
Walking Blind

¿Qué es lo que hace que jóvenes talentosos y de buen oído caigan rendidos ante sonidos y canciones hace más de tres décadas? ¿A qué se debe su indiferencia hacia las “nuevas tendencias”? ¿Cuál es el embrujo que despiertan en ellos bandas que jamás lograron el “éxito” y que, en estos tiempos de inclemencia yuppie, podrían ser catalogados con el implacable mote de “perdedores”?

Las respuestas son muchas y bien podrían dar pie a que esta miserable reseñita se convierta, no en un ensayo, sino en un panegírico sobre las bandas de garage rock. Pero la objetividad debe primar, por lo menos mientras haya sobriedad.

The Tandooris es uno de los tantos grupos latinoamericanos (nuestros Manganzoides, las mexicanas Ultrasónicas y los brasileños Thee Butchers’ Orchestra son otras referencias obligadas) empeñados en rescatar las buenas vibraciones y la fresca crudeza que en sus más inspirados momentos legaron a la humanidad monstruos como los Pretty Things o los Seeds.

Su empeño los mantiene como uno de los principales referentes del género en Argentina, donde una pequeña escena garagera (que tiene como representantes notorios a Los Peyotes, The Tormentos, Los Grillos y The Hates) pugna por crecer y mantenerse, ante la indiferencia de los medios masivos.

Su debut en larga duración tiene todos los ingredientes que hacen que el garage rock sea tan fascinante para quienes buscan emociones y diversión intensas, aunque le falta un mayor vigor sonoro; factor que parece derivar más de las condiciones de grabación que de la contundencia instrumental. Y es que este grupo labró su prestigio gracias a buenas performances en directo.

Por lo demás, a algunos no les cuadrará el que todos los temas (referidos a chicas de ensueño, problemas con las novias y delirios psicotrópicos) sean cantados en inglés. Pero eso también tiene sus compensaciones.

En el apartado de covers (inevitable para todo combo garagero que se respete) los Tandooris sorprenden con una lectura a su estilo del “Head Held High”, clásico del Velvet Underground más rocanrolero. En la misma veta aparece una versión atípica del “Whip It” de los Devo. ¡Cómo para no aburrirse!

“You Complain Too Much” y “Can’t Be Undone” destacan por sí solas gracias a su frenetismo. “Tell Me If You Love Me” es lo más psych del disco y también lo mejor. Quizás con tres temas más de ese calibre el balance final pudo ser superior. Pero se trata de un debut y, como tal, cumple con llenarnos de afiebrada expectativa por saber qué es lo que vendrá. Fidel M. Gutiérrez

UNDERWORLD
Back To Mine

Es una verdad irrefutable que para hacer música hay que escuchar música; es más, está comprobado que a mayor agudeza de oído mayor exploración de estilos, es por eso que al revisar este álbum de la serie Back To Mine (responsable también de exponer los gustos de gente como Nick Warren, New Order, Faithless, Morcheeba o Everything But The Girl) nos topamos con un puñado de las canciones que forman parte del amplio espectro musical de Karl Hyde y Rick Smith; en esta suerte de “CD quemado” encontramos temas que se acoplan a la onda dance del combo británico: “Horse Power” de Rave Signal, “Loop” de Fuse V LFO y la fascinante “Piano Power” de Remy & Sven (seis minutos asegurados de excitante trance corporal). También hay nombres “más conocidos” como Aphex Twin (“Didgeridoo”) y Depeche Mode, con una re-mezcla de su “Barrel of a Gun” (bien Dave, para la próxima ya sabes a qué puertas tocar).

Pero lo más encantador en este compilatorio radica en la variopinta oferta de rhythm & blues, bien sea desde el contundente “B-Movie” de Gil Scott Heron o su símiles noventeros en clave más ralentizada, TLC (“Creep”) y D’Angelo (“Brown Sugar”) hasta el reggae de Toots & The Maytals y su “54-46”, así como un par de aproximaciones a la world music, Tartit (“Buloululba”) y Ali Farka Toure (“Machengoidi”). Es sorprendente y aleccionador el descubrir tantas y diversas influencias en la música de estos caudillos del techno, y por aparentemente incoherente que se vea hay una unidad que fluye sin problema alguno a través de sus 15 tracks. Underworld nos da una lección a todos los melómanos de cómo se debe compilar un disco con tus canciones favoritas; pero si crees que vas a encontrar a Chemical Brothers, Faithless o afines por acá, vas a patinar como nunca! Yo sé por qué te lo digo… Wilfredo Oliveros

SAHARA HOTNIGHTS
Jennie Bomb

La idea de un hombre constantemente golpeado, muchas veces por mujeres, es siempre divertida. Después de todo, la caída es uno de los fundamentos de la comedia. Otro es la contradicción. Me refiero, claro, al video de “Alright Alright”, primer single de este Jennie Bomb. Y doblemente divertido debe ser, para una mujer, ver a un hombre caer. Porque si hay algo claro en todo esto es que es un grupo de mujeres, y eso es un arma de doble filo. Despierta, por un lado, la atención de las mujeres (y de los hombres, cómo no) y, paralelamente, limita a la banda.

Luego de haber escrito sobre The Donnas, ahora me toca hablar de las Sahara Hotnights. Para quienes tienen 69 #3 a la mano, damos paso a la comparación: Mientras las Donnas demuestran poca imaginación al retomar influencias setenteras, sus pares cuentan con una paleta más variada y menos hard rock. Tienen un trabajo parecido en los coros que, en ambas bandas, nunca me gustó. No hay tanto sexo en las letras, no son tan amenas y no son tan atractivas. Pero, claro, hay mejores canciones.

Aunque debo decir que las Sahara suenan a todo eso de lo que ya hablé en relación a las Donnas, es contradictorio pensar que dan justo lo que ofrecen y que, por eso, son una banda efectiva. Pero no hay nada de malo en las contradicciones. No hay que olvidar que las Sahara Hotnights ofrecen pasar un rato de buen humor. Carlos Cabanillas