Discos 69 tres

THE RAVEONETTES
Whip It On

Son las 10 de la noche en un hotel barato de New York, te ves en un cuarto sucio pero extrañamente acogedor, con el letrero brillando a pocos metros de la ventana, los muebles pierden la batalla contra las termitas y es cierto que nada puede ser mejor que salir a la calle, coger por la cintura a tu novia adicta y perderte entre el humo de las lavanderías y la niebla, a ver qué pasa. Suena bien, no? Lamentablemente no estás en un hotel barato de New York –aunque tu cuarto sí que está sucio– ya no hay novia y la única luz que brilla es la del foco en tu cómoda. ¿Qué es lo que podría hacerte sentir que estás realmente en otro lugar, viviendo una vida embriagada de excesos y aspirando la fascinante noche? The Raveonettes.

Y es que los daneses Sharin Foo y Sune Rose Wagner se las han arreglado para salir al ruedo presentando ocho canciones guitarreras, ruidosas, aceleradas, sexuales y agresivas (pero pegajosas como la mejor pop song que hayas escuchado) con una dirección de ruido aproximada a Jesus and The Mary Chain o My Bloody Valentine y poseedoras de la sordidez seductora que alguna vez supimos reconocer en The Velvet Underground.


Whip It On
, grabado en cuatro canales con temas que no contienen más de tres acordes ni exceden los tres minutos inicia desde la impresionante “Attack of the Ghost Riders” una consistente ringlera de armonías refrescantes y salvajes; ansiedad, pasión y bulla destiladas con tal maestría que logran conformar la expresión exacta de lo que podrías sentir esta noche a las 10, al perderte entre el humo de las lavanderías y la niebla.

Y sin importar que aún sigas aquí, hay una vida totalmente diferente en cada canción, sólo oprime play. Wilfredo Oliveros

CHRISTINA ROSENVINGE
Foreign Land

Christina, de padres daneses, nació en España por accidente. Pero, como oscuramente deseamos, los imprevistos no son tales y todo es parte de la absurda trama celeste. Tampoco es fortuito que la madrileña se cansara del lado salvaje y cumpliera su promesa de nunca volver. Tampoco volvió a los rankings, es justo decirlo. Pero, musicalmente hablando, dio el salto cualitativo que le permitió zafarse de una buena vez de esas medias agujereadas. La Rosenvinge alcanzó la redención en la Gran Manzana. Foreign Land alude a su estado de extranjera perpetua. Y es que, paradójicamente, éste es su compacto más europeo.

Pero también es el más difícil de conseguir. Su formato de discolibro responde no sólo al capricho de Ray Lóriga de hacer click, sino a la propuesta del libroclip. El obediente oyente debe pasar las páginas de manera que cada fotografía suscite sensaciones ad hoc a cada surco. Más allá de lo antojadiza de la propuesta, el soporte de marras hace especialmente jodida su difusión, puesto que (oh sorpresa) es visto como un producto poco comercial.

Pero vale la pesquisa. Canciones delicadas, áridas y concisas. Para recordar: el corte polifónico de “Dream Room” y la sinceridad de “36”. Con Dave Soldier (Guided By Voices, John Cale) y Smokey Harmel (Beck, Tom Waits) como colaboradores, además de medio Sonic Youth como banda, los resultados no podían ser otros.

La danesa ha demostrado no ser mantequilla dentro del ambiente neoyorquino, y que no está en tierras extrañas ahora que se desenvuelve en los dominios del indie. Es la misma voz pequeña y afilada, arropando con desidia los arreglos minimalistas que descansan bajo la sombra de Cohen, Waits y la ubicua Velvet. Pero esta vez –y no es casualidad– es más ella, dedicándose por entero a sí misma: a Christina. Ella sabe por qué. Carlos Cabanillas

THE CORAL
The Coral

Si les dijese que The Coral han construido su propio camino a seguir en la actual escena musical estaría mintiendo, porque también han hecho sus propias veredas, parque para lanzar, bodega de la esquina, teléfono público, parroquia, cafetín, bar y casa, una gran casa donde cabe todo lo relativo al rock & roll, pues eso es lo que encontramos aquí, refrescantes canciones exentas de electrónica (léase programaciones rítmicas y atmósferas etéreas) que sintonizan con el mejor rock clásico, un bajo a lo Zombies, coros que harían llorar de nostalgia a Brian Wilson, órganos psicodélicos, guitarras tan psicodélicas como lo mejor de Byrds y una sección rítmica tan prolija como juguetona.

A pesar de entrar recién en la base dos, estos cuatro patas de Liverpool han explorado con los sonidos e instrumentos que sus viejos soñaban con tocar allá en sus 20 abriles, rescatando inusualmente la frescura de los 60´s, una joyita retro de los albores del pop como género. Sería ocioso describir la excitante honestidad de este disco debut, sus 11 canciones desafían géneros y épocas, invadiendo la mezcla con Hammond, xilófonos, trompetas, guitarras con slide, marimbas y percusión a discreción; dejándonos muy en claro que en pleno siglo 21, así la música se devanee en explorar nuevos formatos y se aproxime cada vez más a los ceros y unos, un buen verso/coro/verso nunca pasará de moda. Ni garage revival ni electroclash, The Coral apuesta por mostrarnos el crossover en su etapa más inicial y quemada, la de la psicodelia exacerbada. Y si bien sus mentiras serán viejas, sí que las saben decir. Wilfredo Oliveros

SUPERGRASS
Life on Other Planets

A pesar de los años y de nosotros mismos la diversión debe seguir. Si queremos continuar en este mundo con cierta dignidad y lucidez no queda otra, y Life on Other Planets es un disco sumamente apropiado para recordar tan importante premisa. Sus responsables están lejos de ser aquellos chiquillos intoxicados que en plena primavera brit pop del 95 nos conquistaron con himnos a la alegría de sentirse bien y de dejarse llevar por el letargo o lo que fuese. Pero, igual, ahora, los años transcurridos y la experiencia ganada en tres discos notables han devuelto al trío del patilludo Gaz Coombes a la senda de lo risueño y lúdico; a una segunda adolescencia antes que a una aburrida “madurez”.

Sin dejar de lado sus habituales incursiones por la sicodelia más lánguida y ensoñadora (“Run”), Supergrass se aventuran con mayor énfasis en cadencias propias del soul setentero (“Za”, “Brecon Beacons”) –algo ya esbozado en su homónimo tercer álbum y graficado en la carátula de este último– y el glam rock (“Seen the Light”) reivindicando en sus letras los excesos inherentes a dicho sub-género. Y todo esto ocurre (y he aquí lo elogioso) sin que el grupo suene retro o sus integrantes queden como viles copiones.

Por el contrario, piezas tan entusiasmantes como “Grace”, “Funniest Thing” (una apología a los alucinógenos) y “La Song” demuestran que los chicos de la superhierba son capaces de sintetizar influencias diversas traduciendo estas en frescura y conchudez irresistibles.

Life on Other Planets no tendrá un trabajo de estudio tan meticuloso y detallista como el de su (injustamente subvalorado) predecesor, pero posee momentos sorprendentes (“Evening of the Day”, por ejemplo) y pletóricos de buen rock and roll (“Prophet 15”), de ese que no necesita más ser “reinventado” ni tener la etiqueta de “nuevo” para llevarnos al éxtasis. Fidel M. Gutiérrez

CIELO
Un Amor Mató al Futuro

“…Mario y Cocó ahuyentados de un futuro ordinario en Lima, vuelven al recuerdo infantil en España; toman un nuevo nombre, Cielo, dejando ya atrás ese vínculo patrio: Silvania. Creyendo olvidar mediante esos brazos cálidos de Madrid, se miran de vez en cuando el uno al otro, encontrándose con ese infortunio tan inesperado, la nostalgia…”

Este disco está lejos de ser una novela rosa, es electrónica al fin y al cabo, pero ¿por qué uno siente que hay algo más allá de los supuestos esteticismo frío e impresionismo moderno con que se asocia a lo electrónico? Acaso algunos despistados ya le han dicho a esa parejita que se han enlistado en la militancia del electroclash, con todo el fashion posible. O también que la música está buena pero que las voces están mucho rato ahí desacreditando el desenfreno de onditas transgresoras.

Bueno, estetas, Cielo los está mirando y cuenta con mucha lentitud vuestro final. “Un Amor Mató al Futuro” propone una mirada que se acerca a nuestros referentes peruanos, posee melodías vocales en primer relieve, dando forma a una especie de nanas adolescentes, muy delicadas y pegajosas, que tal vez se puedan ver influenciadas por las baladas pop cotidianas (Bosé, por ejemplo), pero agregando el ingrediente andrógino mediante una dulce y gemida voz, esa marca tatuada de lo etéreo. El trabajo vocal hace más cálidas las bases electrónicas pero también el empleo de sintes agudos y sutiles, que de pronto se transforman en sonidos infantiles, como un niño al frente de una máquina inmensa y novedosa.

¿Evolución o distancia frente a Silvania? En ambos trabajos van a lo pasional, al sentimiento por más pueril que pueda sonar, a pesar del extravío meramente bailarín de sus últimos trabajos. Cielo es el banderín en alto a una reivindicación de las relaciones entre voz y máquina, y que no quede la menor duda que es capaz de demostrar ternura y afecto. La música electrónica para ambos integrantes es capaz de transmitir esa inocencia frente a un terreno tan malgastado y utilitario, debido a que está tan en boga hablar de reformulación y no de originalidad. En Cielo han querido transmitir algo necesariamente, no por gusto hay letras por doquier y que reflejan añoranza hacia el amor, la ciudad y el asombro ante los restos pop de la modernidad.

¿Cursilería o inocencia?, prefiero pensar que la segunda: “Eres tú la única razón para cruzar esta ciudad, veo pasar grandes avenidas y un avión en lo alto de la gran ciudad, oh oh oh ¿hacia donde irá?” (“Diagonal”). “Vamos a caminar por la ciudad pasearemos y recordemos lo que vivimos los dos, vamos luego a bailar a aquel lugar donde entre música y besos nos conocimos los dos” (“Vamos a Caminar”). Bueno, ¿qué me dicen?

Cielo encierra los dilemas de Kraftwerk entre infancia y adultez (al igual que Aphex Twin en The Richard D. James Album), y recupera el new wave como forma de expresión, como lo demuestran “Diagonal”, “Patricia”, “Vamos a Caminar” y “Electrónica”.

“…termina el libro con la aparición de una agradable y espontánea sonrisa.” Félix Dextre

QUEENS OF THE STONE AGE
Songs for the Deaf

“K-L-O-N, radio clon, ponemos más de las canciones que suenan como cualquier otra…”; no es de extrañar que esta banda californiana juegue con la ironía al infiltrar estas canciones en la mediocre programación radial que impera en todas partes. Siempre es un placer comprobar que las bandas difíciles de encasillar suelen ser las más interesantes, sin importar las etiquetas ridículas tan queridas por la prensa especializada (stoner rock, robot rock, speed rock).

Muy poca gente conoció a Kyuss, banda de culto en sus casi diez años de trayectoria, gustaban de autoexiliarse a la manera de unos Allman Brothers para enfrentar el proceso creativo. De sus cenizas, Josh Homme y Nick Olivieri deciden formar Queens of the Stone Age en 1997. El suceso que significó su primer álbum (Rated R) no fue gratuito; la guitarra como eje central de su sonido refrescó a las alicaídas huestes rockeras durante la interfase 1999/2000. Temas como “Feel Good Hit of the Summer” o “The Lost Art of Keeping a Secret” de una contundencia avasalladora escondían pequeñas joyas perversas como “Better Living Through Chemistry” o “In the Fade”, ésta última con la inigualable voz de Mark Lanegan, cantante de Screaming Trees (recordemos que Homme tuvo un fugaz paso por la banda de Seattle). Siempre con la dupla Homme/Olivieri como núcleo, el colectivo QOTSA contó esta vez para la composición y grabación con Mark Lanegan (voceado como cantante oficial) y Dave Grohl. Songs for the Deaf amplía ligeramente el abanico de emociones que destilaba su anterior placa, pero la intensidad plasmada en las canciones deja el sabor de un pacto mefistofélico. Finalmente Lanegan sólo se encargó de algunos temas, aunque con gran maestría (“Hangin’ Three”), dejando que la oscilante voz de Homme sea la protagonista (“The Sky is Falling”). Como en Rated R, Olivieri matiza con sus aullidos (“Six Shooter”) el efecto narcotizante de la voz de Homme, en ese sentido la canción que abre el disco (título kilométrico) no puede ser un mejor inicio (ojo con la otra banda de Olivieri, Mondo Generator). Dave Grohl en lo que mejor sabe hacer, el arquitecto de muchos de los mejores momentos (“No One Knows”). Pinceladas de hard rock (“Song for the Dead”, “God Is in the Radio”) y pop (“Go with the Flow”, “Another Love Song”). Un par de perlas reservadas para el final: “Song for the Deaf” con las, en apariencia, disímiles caras que muestra QOTSA a lo largo de la placa mejor compaginadas que nunca; y un raro bonus track, “Mosquito Song”, con la voz invitada de Dean Ween y un tinte melancólico hasta ahora inédito en estos salvajes que se ponen a la vanguardia de sus escasos pares (Fu Manchu, Monster Magnet) con un interesante trabajo que sin duda pasó desapercibido para la mayoría. No hay peor sordo… Humberto Escudero

THE SOUNDTRACK OF OUR LIVES
Behind the Music

The Soundtrack of Our Lives deberían llenar estadios, vender toneladas de discos y estar todo el día sonando en las radios. Deberían hacer giras mundiales, especiales para MTV y ser millonarios. Y tú deberías ser fanático de ellos de inmediato, porque se lo merecen.

Ser grandes es su destino, e igual ya lo son, a pesar de la mezquindad de la industria y del público consumidor, proclives ambos a favorecer poses y exabruptos antes que esencia y buenas canciones.
Estas últimas abundan en Behind the Music, tercer álbum del sexteto sueco y, a la vez, ejercicio magistral de rock clásico, entendiendo éste en su mejor acepción (y no en la de las radioemisoras locales con sus 20 temas del recuerdo de perpetua rotación), aquella que denota energía, melodía y locura ensoñadora y psicotrópica. “Sister Surround”, el single estrella del álbum, es un excelente botón de muestra, pero también sólo la punta del iceberg.

Ebbot Lundberg y Bjorn Olsson (otrora cabezas de Union Carbide Productions, banda garagera de culto de los 80s) han desarrollado junto a sus compinches un sonido rico en matices y de referentes tan innegables como ilustres (Love, MC5, los Stones del Beggars´ Banquet, Flamin´Groovies, el Pink Floyd ´69-´75) cuyo influjo es reprocesado magistralmente.

Si en el anterior disco (Extended Revelation) TSOOL parecía decantarse y envolverse en una delirante nube alucinógena, en Behind the Music su sonido vuelve a conectarse con la tierra pero sin atar la mente a ésta.

“Broken Imaginary Time”, “In Someone Else´s Mind” e “Independent Luxury” muestran la faceta más onírica del grupo. “Keep the Line Movin´”, “21st Century Rip Off” y la extraordinaria “The Flood” están hechas para patear posaderas en cualquier concierto o desde tus parlantes. Riffs extasiantes, estupendas melodías, alquimia perfecta entre cuerdas (guitarras, bajos, liras) y teclas (pianos, mellotrones).

De todo esto concluirás que ni en éste ni en sus anteriores álbums encontrarás grandes innovaciones. Nada de eso. Sólo grandes canciones, vitalidad y subyugantes exploraciones mentales. Con todo ello basta para que estos suecos –hirsutos, juergueros, con pinta de trasnochadores peligrosos– puedan (ojalá algún día) conquistar el mundo y darle un alección a gente como,por ejemplo, los Oasis (fanáticos confesos suyos), quienes justamente por ponerse «detrás de la música» dejaron ésta en un lugar secundario. Fidel M. Gutiérrez

DAVE GAHAN
Paper Monsters

El hombre ya ha visto la muerte cara a cara y es casi seguro que en los últimos años ha tenido un papelito en la cómoda que rezaba las viejas tres metas: 1. tener un hijo (ok!) 2. plantar un árbol (ok!) 3. escribir un libr…sacar un disco (ok!)

Es pues entendible que Dave Gahan se dé el gusto de sacar su primer álbum solista y que en las entrevistas deslice reiterada y alegremente su tranquilidad al tener por fin algo propio en términos compositivos; y es que en el planeta Depeche Mode es Martin Gore quien gobierna todo, dando chance cero a todas las intentonas ajenas.

Paper Monsters (tú sabes que podrías haberle puesto un mejor título), co-escrito con el amigo multi-instrumentista Knox Chandler y grabado en New York, es un álbum que tiene en la siempre sorprendente voz de Gahan la clave para no hacer levantar del todo las cejas al oyente a cada canción; con una línea rítmica suave y arreglos de cuerdas y teclados que no se apartan mucho del formato DM Songs el disco alcanza sus puntos más altos con “Stay”, “Bitter Apple” y “A Little Piece”, siendo los tanteos de ritmo más acelerado e intención rockero-agresiva de “Dirty Sticky Floors”, “Hidden Houses”, “Bottle Living” y “Goodbye” los que nos descubren a un Gahan que no la hace tan bien como compositor y letrista, “es un barco sin marinero, no te escucha cuando le hablas, él vive para la botella” (“Bottle Living”). Pero a pesar de lo pulcra que sea su producción y agradable que se vea el conjunto a la primera chequeada, Paper Monsters no tiene mayor vuelo y aunque valiente sea la intención, flaco favor le hace a la carrera del cantante y ahora compositor.

Sería saludable, por los miles de fans de Depeche Mode –y los miles de dólares que siempre caen– que Dave Gahan vaya al aeropuerto, compre unos cuantos souvenirs para Gore, Fletcher (y familias) y agarre el primer avión de vuelta a casa, repitiéndose en la cabeza este viejo dicho: “Bien está San Pedro en Roma, aunque no coma”. Wilfredo Oliveros

RICHARD ASHCROFT
Human Conditions

Qué duro debe ser tener años de carrera, haber logrado (al fin) un gran hit y que una vez instalado en “el pico más alto de la popularidad” te vengan a decir que tu hit es un plagio. Y que tras eso, y de colocar valientemente otros tres singles en las radios, disuelvas tu grupo mandándote como solista con un álbum armado de canciones pasadas y algunas nuevas (un resultado agradable pero ociosamente comparado con tu obra anterior), dejando una sensación agridulce en la crítica. Es más, debe de ser angustiante haberte pasado los últimos años en colaboraciones con proyectos electrónicos (Chemical Brothers o UNKLE, por citar sólo dos) apoyado en tu muy buena voz pero mientras, de tu tan esperado segundo disco, naranjas.

Irónico y algo trágico que ahora, al sacar un álbum lleno de letras concienzudas-trabajadas y con una instrumentación sobria, sinfónica pero ciertamente aburrida y desangelada, te encuentres a medio camino entre el artista que quiere ser tomado en serio pero cuyas canciones carecen de suficientes argumentos (“Nature Is the Law”, “Buy It in Bottles”, “Paradise”, “Science of Silence”) y el hit maker que alguna vez fuiste –bien solo o acompañado– pero sin mucha chispa (“Check the Meaning”, “Bright Lights”, “Lord I´ve Been Trying”). Y es realmente una pena que precisamente se trate de ti, Richard Ashcroft, y que los cercanos a la base tres te recordemos con algo de nostalgia y respeto por lo ya hecho, pero ahora dime ¿eres conciente de que tu álbum es un sermón insufrible? Ok, ok, ¿y a los chicos que recién te conocen qué les damos? ¡Habla pues, ¿qué les damos?! Si ni siquiera te alcanzan temas como para un Grandes Exitos! Wilfredo Oliveros