¿Cuánto queda de la banda que sacrificaba a la guitarra –¿símbolo fálico del rock?– en nombre de una música más libre? Esa que la pateaba, la rompía y vejaba con desarmadores, cuchillos, imanes, baquetas y llaves inglesas, y, como máxima ofensa al rock and roll tradicional, a veces la dejaba en un segundo plano?
Han sido un par de años engañosamente prolíficos para Sonic Youth desde que saliera a la luz el Murray Street. Por el aniversario del Dirty editaron una versión doble con guitarreros lados b de la época y demos desnudos de temas del Dirty original.
Luego, se mandaron con Corporate Ghost, DVD que reúne todos sus vídeos desde 1990 hasta el 2002, incluyendo los divertidísimos once vídeos de estética camp que integran el DVD anterior, Goo. Y es con esta engañosa vuelta al pasado como precedente que aparece el Sonic Nurse.
La remembranza no es gratuita pues el último disco es una especie de regreso, por momentos al Bad Moon Rising y por otros al Washing Machine. Dos discos –cuatro incluyendo el presente– que, a mi juicio, son superiores al Murray Street. Y es que lo que venía haciendo Sonic Youth en su “trilogía neoyorquina” (este concepto es discutible según declaraciones de Ranaldo) era revisitar el pasado temáticamente escribiendo sobre artistas y escenas típicamente neoyorquinas, y, por otro lado, reinventar su sonido con la cada vez más notoria colaboración del ubicuo Jim O’Rourke, que ya es el quinto integrante de la banda (cuentan que quien los presentó describió a Sonic Youth como “una banda que toca la guitarra con baquetas y la batería con maracas”). El hueco que facilitó la definitiva inclusión de O’Rourke ha sido el progresivo viraje disco a disco de la Kim, del bajo hacia la guitarra.
La que antes era el lado más flojo de la banda es ahora la que le da renovadas energías al disco y saca a Sonic Youth del marasmo de sus últimos dos discos. La chica L.A., la abuelita de las grrrls, la trash en el Experimental Jet Set, Trash & No Star, la hoy cincuentona y quizás menopáusica aporta el lado caótico que le da a la banda algo de la fuerza perdida. Entropía, caos y otra de las acostumbradas referencias a una víctima-ícono más de la cultura pop: Mariah Carey (antes fueron Marylin Monroe, Joan Crawford, Karen Carpenter y Madonna)
No hay que olvidar que Kim Gordon, aunque no es neoyorquina ni tan cerebral como su marido, nació con todos las características no wave en su ADN: está peleada con el virtuosismo, es la más rítmica de la banda –hay que ver cómo baila en los videos– y promueve una puesta en escena algo teatral, quizá gracias a su pasado como estudiante de arte. Además, es la más “punkeke” y la anti melódica, sobre todo cuando canta. Todos esos “atributos” que chocaban dentro de discos como el Dirty (imposible olvidar cómo se quiebra su horrible voz en “Orange Rolls, Angels Spit”) o en Daydream Nation (donde nos deleita con un puerco orgasmo hacia el final de “Trilogy”) lucen igual de viscerales y vitales, pero mucho más valiosos.
Diez canciones diez. Diez canciones con gancho pop y fuerza sexual. Diez canciones o un decálogo pop para trash girls que nos recuerda que el ruido es la respuesta al silencio de los dioses.
Carlos Cabanillas
