Kinky

Mariachi Sound Machine

Escribe Fidel Gutiérrez

En menos de un lustro Kinky ha logrado lo que a otros les llevará décadas: fama, fortuna y buenos discos. La aparición de su nuevo álbum Atlas es pretexto para conocer más sobre esta banda mexicana de nombre calentón y difícil clasificación.

Fieles a su tradición de mezquindades y desaciertos, las radios locales han negado a sus oyentes la posibilidad de conocer los rítmicos experimentos de Kinky, pese a que estos son de los más asequibles y, ejem, comerciales que puedan encontrarse actualmente en el pop rock. Pero a pesar de esto, los temas del quinteto mexicano han podido ser escuchados en nuestro país por millones de personas por su utilización en comerciales televisivos y por su inclusión en los sets con los que muchos DJ visitantes y nacionales animan las pistas de baile.

No debe extrañar. El dinamismo y la variedad del lenguaje publicitario es un medio afín a la propuesta de Kinky, consistente en un bombardeo constante y diversificado de sonidos extraídos de diversas fuentes, acompañado por breves y recurrentes frases. De igual modo, la discoteca sería su hábitat natural; el ámbito ideal para diluir el cuerpo en el flujo de su inclasificable mezcolanza de ritmos electrónicos, roqueros guitarreos, arrebatos de latinidad, delirante sampledelia y nada de rollos, solo frases aparentemente inconexas referidas a las banalidades más banales. La fórmula ha demostrado ser exitosa, mucho más en los países del llamado Primer Mundo que en los nuestros, por una serie de curiosos factores.

Así, con tan solo dos discos en su haber, Kinky puede darse el lujo de llenar de fanáticos el Royal Festival Hall de Londres, ser convocados al excelente festival Coachella de Los Angeles o agotar entradas en Milán o Ibiza, lugares en los que son referencia obligada para clubbers y pachangueros, pero también para oyentes sedientos de nuevas experiencias quienes no pueden evitar quedar sorprendidos por la variedad de texturas, cadencias y referencias embutidas en cada tema.

¿Y cuál es el secreto de su éxito? Además de contar con los contactos adecuados en el momento preciso, un trabajo musical irreprochable y mucha creatividad, elementos con frecuencia ajenos a la música de baile.

Allá en Rancho Grande

El agua que se bebe en Monterrey parecería estar cargada con algún elemento extraño, capaz de motivar la creatividad en las neuronas de esos jóvenes músicos, que desde mediados de la década pasada oxigenaron con su audacia la escena mexicana.

Para sopesar la magnitud de esta descarga de talento, basta mencionar a grupos como Control Machete, Jumbo, los primeros Gran Silencio, Zurdok (hoy convertidos en Vaquero), Volován o Plastilina Mosh. Kinky comparte con ellos no solo la procedencia geográfica, sino también el gusto por lo inusual y lo distinto. Con los Mosh la afinidad es aun mayor. Ambos combos se caracterizan por lo imprevisible de sus propuestas, su absurdo sentido del humor y la naturalidad con la que utilizan el “spanglish”. Los vínculos son más acentuados aun debido a que el salto a la notoriedad del quinteto se produjo gracias a un encuentro efectuado mientras los de Plastilina grababan su segundo álbum.

Pero vayamos por partes: desde 1998 los Kinky rotaban por diversos escenarios de su estado bajo la forma de un trío de electro rock, integrado por Gilberto Cerezo, Carlos Chairez, quienes se hacían cargo de las voces y de las guitarras, y Ulises Lozano, en todo lo que fuese programación electrónica. Al finalizar la década es que se integran el bajista César Pliego (identificable por el sombrero vaquero que lleva en los conciertos) y el percusionista Omar Góngora. Ambos, y en especial este último, aportarían al grupo matices rítmicos de raigambre latina, que explosionarían al conjugarse con los guitarreos roqueros y funkeros y la rítmica technofilia del trío original. En este periodo es que se enteran de la presencia en su querido Monterrey del inglés Chris Allison (productor de los míticos EP con los que el mundo conoció el mundo pantanoso de The Beta Band y también del plañidero debut de Coldplay), quien se encontraba trabajando en lo que sería el segundo disco de Plastilina Mosh, el subvaluado Juan Manuel. De inmediato lo ubicaron para alcanzarle grabaciones de la banda, cuya originalidad generó la sorpresa y el interés del británico visitante, quien por entonces estaba por concretar el sueño del sello propio.

Sin duda previendo el tremendo potencial de la banda, Allison los ficharía luego para Sonic 360, su label particular y, actualmente, albergue para bandas que, por su carácter inclasificable, solo podríamos definir como de pop electrónico, entre ellos el dúo mixto argentino Ácida.

El paso lógico sería producir el debut formal del quinteto; trece pistas grabadas en Monterrey y luego mezcladas en Londres por Allison y Sacha Triujeque (Control Machete, Los Tetas, Gustavo Cerati, Ely Guerra), quizás el productor mejicano de música pop más reputado de la actualidad. La ecuación (editada como álbum a fines del 2001 por WEA en todo el mundo y por Nettwerk en Norteamérica) arrojaría un resultado explosivo.

Manchester on Tequila

El electro funk de “Más” (el del famoso “vamos queriendo más y más” utilizado publicitariamente por el monopolio cervecero aquí imperante e incluida luego en el soundtrack de Thirteen), pese a su dinamismo y a su tono épico, resulta un punto de inicio tímido y convencional, si se le compara con los temas que lo suceden en el disco. El segundo track, “Soun Tha Mi Primer Amor” (utilizado aquí en un comercial de chocolates) muestra con mayor propiedad el eclecticismo de la banda y su habilidad para enhebrar influencias de lo más dispares sin descuidar el ritmo, tal y como lo haría el mejor de los DJ.

“Great Spot” y “Field-Goal” son incursiones por el trance más ortodoxo, y “San Antonio” bien podría haber sido firmada por los Charlatans de Between 10th and 11th o los Stone Roses de “Fools Gold”. Tercermundistas jugándole de igual a igual a los maestros y más que un guiño del viejo zorro de su productor hacia esa audiencia británica aficionada al acid dance.

El breakbeat de “Mirando de Lado” también resulta de notoria filiación inglesa, y en “Noche de Toxinas” se mezcla con el disco sound de los 70, mientas que lo “latino” queda patente en “Sol (Batucada)”, “Anorexic Freaks” (¿un electro-mambo?), la calipsera “Sambita” y en la funk-grupera “Cornman” (esta vertiente tex-mex la seguirían explorando en “La Hija del Caníbal”, tema que grabarían luego para el bodrio cinematográfico del mismo nombre). Trece temas en total. Idéntico número de razones para conquistar al mundo.

Furia Latina

No somos pocos los que, a estas alturas, sentimos profunda desconfianza cuando se coloca el calificativo de “latino” a cualquier tendencia musical vinculada al rock. Son innumerables los crímenes musicales cometidos al amparo de la dichosa etiqueta y excesiva la demagogia que el pretendido carácter reivindicativo del “rock latino” ha generado. Tantos que ruboriza siquiera mencionarlos y recordar que alguna vez uno guardaba esperanzas en su desarrollo.

Sin embargo, es difícil encontrar otro calificativo cuando se quiere definir sucintamente el sonido de Kinky en directo; a menos claro, que se quiera dejar volar la imaginación para acuñar términos tales como “electro latin”, “mexican house”, “electro funk mariachi” u otros bastantes llamativos con los que la crítica del primer mundo (desde The Times hasta The Guardian, pasando por The New York Times), han querido identificarlos. Obviamente no estamos hablando de guitarras a lo Santana, bongoes por doquier y ritmos “tropicales”. Mucho de eso hay, pero mimetizado de forma tan natural con la impronta electrónica “occidental” que el resultado final es, por decirlo en dos simples palabras, rotundamente novedoso.

He ahí pues el gancho con el que el quinteto afianzó su prestigio mundial, más allá de payasadas, Grammys ganados y golpes mediáticos (entre los que se incluye su presentación en los premios MTV Latinoamérica 2002, como banda de apoyo en la versión de “I Was Made To Love You Baby” de Kiss hecha por esa obra maestra de los bisturís llamada Paulina Rubio): demoledores conciertos en Inglaterra, Estados Unidos y, obviamente, México. En la capital inglesa debutarían en diciembre del 2001 y en USA en marzo del 2002, durante el festival South by Southwest. Desde ahí no pararían de recorrer arenas (en la de Wembley ya son caseritos) y de animar festivales masivos, de los más prestigiosos y de los no tanto.

La energía de su performance en vivo se traduce perfectamente en Atlas, su segundo álbum, editado los últimos días del 2003. Denominado así por haber sido concebido en diversas partes del mundo, incluso a bordo de aviones, en este disco disminuye algo la impronta electrónica, en favor de las guitarras y la contundencia rítmica. En consecuencia, el eclecticismo no es tan exacerbado como en el debut, pero no se han olvidado de dejar lugar para cosas sorprendentes.

Producido por Thom Russo (un veterano ingeniero de sonido con una hoja de trabajo amplísima, que incluye discos de Michael Jackson, Macy Gray y, en los últimos tiempos, Audioslave, System of the Down y los latinos multiventas de la factoría de Gustavo Santolalla), Atlas se inicia con “Presidente”, el primer single, en el cual predominan las guitarras de Cerezo y Chaires, además de una poderosa percusión y una sugerente letra. La formula guitarrera reaparece en “Do U Like It” y en “Salta Lenin el Atlas”: latin-funk para el siglo XXI. “The Headphonist es el primer punto de excelencia: funk callejero sostenido sobre bases rítmicas que se debaten entre lo brasileño y el drum & bass, balanceando en su superficie retazos cumbiamberos y arabescos, además del peculiar canto / recitado de John McRea, vocalista de Cake (banda con la que hicieron buenas migas durante el Unlimited Sunshine Tour del 2002, en el que además Kinky compartió escenario con The Flaming Lips, Modest Mouse y De La Soul), quien en cierto momento se pregunta “¿what is the shape of silence?” y cosas por el estilo…Por el lado más convencional aparece “Minotauro” –un ejercicio de power pop– y la líricamente críptica “María José”, mientras que “My God Is So Quiet” parece una referencia al electro pop ochentero, tan en boga últimamente.

En suma, Atlas es el típico segundo álbum: de transición y búsqueda, hecho al compás del agitado tiempo que les toca vivir a las bandas que debutan exitosamente, pero con la personalidad suficiente para servirle de llamativa carta de presentación ante quienes recién los conocen. Ahora habrá que esperar la llegada del tercer disco (tal vez para comienzos del 2005). Mientras nuestros pies se conformaran con el remix de “The Headphonist” hecho por Money Mark, y con “Oye Como Va”, cover de Tito Puente, que incluirán en el soundtrack de Man on Fire, la nueva película de Tony Scott.

Queda también aguardar que solucionen su líos judiciales con el sujeto que, años después de formado el grupo, les ha entablado una demanda millonaria por el uso de su nombre. El lío casi los pone tras las rejas y les impidió cumplir con un compromiso de suma importancia (fueron detenidos por la policía antes de presentarse en el macrofestival mexicano Viva Latino, en junio). No vaya a ser que el influjo de todo lo que en tan poco tiempo han logrado gracias a su talento termine fagocitándolos.

69 #6, setiembre 2004