OST Kill Bill Vols. 1 & 2

Trivia: ¿de dónde obtuvo su nombre Tarantino? ¿De un personaje de Faulkner o del de una serie de televisión estelarizada por Burt Reynolds? El rey de la chatarra fue bautizado en la frente con el signo de la trivia, anunciando el culto a los remakes, tributos y referencias culturales que define su cine. Pero el verdadero culto que rinde es a la autofagia de la vasta hasta decir basta cultura norteamericana, propia de un sistema capaz de retroalimentarse de todo, desde Michael Moore hasta Bush hijo, pasando por marcianos como el propio Tarantino. Si todo –incluyendo los ataques contra el sistema– está dentro de una misma gran bolsa, sólo queda chocolatearla y divertirse con ella. De allí la amplísima paleta de géneros musicales del soundtrack: rock and roll, funk, flamenco y un largo etcétera. Alejado de cualquier cristiano o snob sentimiento de culpa por sentir placer –comúnmente llamado guilty pleasure– nadie es más desprejuiciado que Tarantino a la hora de armar un compilado: la llorona melodía del flautista Zamfir, la aburrida colaboración de The RZA (Wu Tang Clan) y el onomatopéyico rock and roll a pata calata de las 5 6 7 8’s, –culto al bretonismo del director– son las aristas del primer volumen. Además, Ironside y El Avispón Verde se encargan de pulsar los resortes de nuestra memoria televisiva.

Los soundtracks de Tarantino –conocidos en una compilación como The Tarantino Connection– se mueven con soltura en las aguas de La Música. Así, con mayúsculas, porque la etiqueta de postmoderno con que se suele definir al director –si es que el postmodernismo puede definir algo– no sólo alude al cóctel musical y cinematográfico, sino también a la saludable falta de Buen Gusto, también con mayúsculas. Esto no significa que las canciones de Kill Bill hayan sido agrupadas sin otro criterio más allá del económico, como sucede con muchas superproducciones. Todo lo contrario: el criterio de selección encaja con el tono y tenor del filme, y el particular gusto de Tarantino lo cubre todo. El soundtrack y la película dejan sentir una ironía muy suya. Cuentan los medios que él mismo solicitó los huecos palazos que Pai Mei le propinaba a Uma Thurman, emulando así la filosófica respuesta zen de Moe a la mediocridad de los otros dos chiflados.

Contradiciendo la tradición cinematográfica, la segunda parte es mejor que la primera. Lo mismo ocurre con el segundo disco, más parejo y conmovedor gracias a la cavernosa voz de Johnny Cash, al devaneo de los teclados al estilo de Jon Lord en “The Chase”, a Malcolm McLaren y a la nostálgica “Malagueña” que te hizo recordar a Pablito Ruiz, di que no. Algunos críticos dicen que Tarantino hace “metacine”, un cine químicamente puro que no pasa de ser un frío ejercicio de estilo. Incluso la sangre es sólo un elemento estético más dentro de la sangría coreográfica de Kill Bill 1. Pero también es cierto que este ballet de la violencia representa el difícil recorrido de asesina a madre de la protagonista. Además, el amor por la trivia y la cultura popular es una forma de nostalgia (se recomienda: www.arkivperu.com) que resucita géneros cinematográficos y actores como Daryl Hannah y David Carradine. Musicalmente hablando, esa supuesta frialdad es refutada por las bellísimas y dolorosas canciones que abren ambos discos: “Bang Bang (My Baby Shot Me Down)” de Nancy Sinatra y “Goodnight Moon”, donde el cuerazo de Shivaree susurra: “I always sleep with my guns when you’re gone”. Son lo mejor del soundtrack y representan esa concepción tarantinesca del amor como un gatillo fácil. Como advertía el inicio de un poema de Borges: “Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.”

Carlos Cabanillas

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