La Copia Ya No Es Original
Escribe Carlos Cabanillas
Ya fue. Con Room on Fire, The Strokes cierran el círculo que ellos mismos abrieron. Buen momento para morir.
Cada vez que pulso play me convenzo más de que la música es un juego. Una nueva dimensión, una ejecución de la realidad. Esta vez, como buen homo ludens, me dispongo a jugar un partidito con Room On Fire, lo nuevo de The Strokes. “I wanna be forgotten”, miente Julian Casablancas, vocalista de la banda, ni bien empieza a girar el plástico.
A nadie le gusta el plástico: es fácil de fabricar y dura para siempre. En mi casa, por ejemplo, se empeñan porque las plantas de goma “parezcan de verdad”. Como si a los invitados les importase.
La prensa británica, escenario de extremos tan evidentes como la BBC y los tabloides amarillos que corretean a la familia “real”, no se hizo problemas en declarar que The Vines eran el mejor grupo después de Nirvana. Es parte del llamado “nuevo rock”, del “renacimiento del rock” o la “revolución en la música”. Craig Nicholls, vocalista de The Vines, dice que la música va a ser más auténtica. Léase más simplona, más sucia y más condescendiente. En una palabra: punk. La prensa británica podrá tener mal gusto, pero no busca autenticidad en un grupo de rock: la vende.
A Sum 41, otro grupo de punk, no le debemos nada. A excepción, claro, de la mejor parodia de este nuevo rock. En uno de sus videos podemos ver cómo, instados por un ejecutivo discográfico, empiezan a fumar (The Vines), visten y gesticulan como idiotas (The Hives), se desploman en el escenario (The Strokes) y, finalmente, rompen sus instrumentos (The Vines, The Hives, The Strokes, The White Stripes). Además, cambian sus nombres por unos como Sven y Thurston (¿Moore?). Siempre he creído que cuando un músico rompe su instrumento lo hace por impotencia. ¿Acaso es, en este caso, la impotencia de no poder salvar al rock’ n’ roll?
¿Hay vida después de la muerte?, parecía preguntarse el mainstream musical hace unos años. The Strokes apareció en escena como si todo estuviera ya perdido, es decir, con la frescura de quien no tiene qué perder. ¿Quién puede asegurar que no estemos ya todos muertos?, parecieron repreguntar los neoyorquinos. Auténticos o no, ofrecían buena música. Se habló de Television, de Stooges y de Velvet Underground. Hay que decir, en primer lugar, que cualquier banda parida en ese aleph que es Nueva York tendrá como ineludible referencia a la Velvet. En cuanto a los Strokes, los veo demasiado apáticos como para ser la nueva vieja banda de Iggy Pop.
Is This It? hizo que todos hablasen de ellos. Cima y sima de la banda, el disco es excelente. Uno podía tirarse en su cama y mirar el techo, atrapado por la anemia de “Is This It?”, o escuchar “Hard to Explain” con la cabeza apoyada en la ventana del carro. Pero no te podían gustar sus videos. Son amanerados, pretenciosos, poseros, pitucos. En una palabra: odiosos. Hablo de sus videos, pero también de su apariencia en general. Los Strokes han acaparado demasiado espacio: en internet, en MTV, en la radio y en la prensa escrita en general. Demasiado para lo que son.
Pero hablemos de lo que no son. A diferencia de los hermanos Gallagher o los hermanos White, deambularían desapercibidos por nuestra ciudad si anduvieran por separado. Ninguno de sus rostros es realmente famoso. Tampoco parecen decir nada controvertido. No son polémicos, ni especialmente indisciplinados, como Eminem.
Como sea, han hecho que muchos esperaran con ansias la fecha de su segundo lanzamiento. Supuestamente ese día nos veríamos las caras y el nuevo rock conocería su destino: la mayoría de edad o el olvido. Yo no voy a decir qué es lo que va a pasar, entre otras razones, porque no lo sé. Tengo bolas, pero no de cristal. Pero sí sé lo que quiero que pase con el nuevo rock: quiero que muera.
Que se pierda, que se desvanezca como la electrónica. No quiero que agonice como el new metal, y prolongue así su dolor y el nuestro. Tampoco quiero que sufra la senilidad del new wave, o que vaya por ahí, penando como el heavy metal (el número de la bestia ya caducó hace rato). Si por alguna razón no muere, ya sea porque venda su alma al diablo como los Stones, se prostituya como el hip-hop o se haga una estirada como Madonna, le recomiendo un digno suicidio. Rápidamente y sin dolor, pero, sobre todo, sin agonía. Algo así como el grunge. Pero que esta vez no queden huérfanos: no quiero ver a Creed con uniforme negro.
Porque sólo la muerte del nuevo rock garantizará la supervivencia de los más fuertes. Selección natural, que le llaman. Encasillar a tantas bandas en un solo término favorece sólo a las peores. Las mejores tendrán que zafarse de él para poder prevalecer. Además de The Raveonettes y The Kills, he aquí a algunas de las posibles sobrevivientes. Es decir, a las que yo salvaría de las aguas:
Yeah Yeah Yeahs
Una mujer sola en un grupo de hombres siempre goza de una mayor consideración. Sino que lo diga Natasha. Pero Karen O, la onomatopéyica vocalista de esta banda neoyorquina, se gana mi respeto por su talento frente al micro, independientemente de quien la rodee. Ronronea y gruñe como una primigenia PJ Harvey. Por si fuera poco, ella es la prueba de que se puede ser sexy y fea a la vez. Más aún, todo el Fever to Tell exuda feromonas, y embiste como un dedo en el ano. Escuchándolo fríamente el disco no ofrece nada nuevo. Me recuerda, por ejemplo, a The Cramps. Pero es un discazo parejo y colmado de buenas canciones, y eso es ya una novedad. El EP de la banda anunció la sobreexposición: “It’s our time to be hated / so glad that we made it”. El Fever to Tell lo confirma. La batería es tosca e imperfecta, como la del Paranoid de Black Sabbath o el Sister de Sonic Youth. La guitarra, dependiendo de la canción, puede ser una sirena, una sierra eléctrica o un par de uñas rayando un vidrio. O acaso una espalda de hombre. Y pensar que hay quienes hablan de sexo en todas sus canciones y no logran provocar. Hablo de Pedro Suárez Vértiz, claro.
The White Stripes
Son la banda más original dentro de toda esta camada, dicen algunos. Es cierto: los White Stripes se remontan a los orígenes del rock. A diferencia de otros intentos por “limpiar” el rock, Jack y Megan White demuestran un bagaje cultural detrás de sus canciones. Los White Stripes ya son más grandes que el “nuevo rock”, y por eso pueden respirar tranquilos. No necesitan que nadie los salve. Entre otras cosas, gracias a que han redimido a la guitarra eléctrica como el elemento ineludible y autosuficiente del rock. Para los que se habían olvidado.
Algunas bandas, en cambio, no podrán subsistir. Quizás porque sólo saben seguir a la manada, o a la horda de lemmings. Así que empecemos con el obituario:
The Vines
Según Rolling Stone, su vocalista tiene todos los ingredientes esenciales de una estrella de rock: “linda facha, buenas canciones, problemas mentales”. Le faltó “insufrible”. No, él no está mal de la cabeza. Hay que estar bien cuerdo para capturar tanta atención. Pero las canciones más desapercibidas de su disco Highly Evolved (como “Homesick”) son las mejores. Estamos ante un grupo que se muere por ser una estrella de rock, y que hará justo eso: morirse. Para convertirse en una estrella fugaz.
The Hives
Tendrían que cambiar de piel. Es decir, de uniforme. Por más histrionismo que esgriman estos suecos, no podrán zafarse fácilmente de su propia imagen. Sus canciones me gustan, pero no recuerdo ninguna en especial. Como en el fútbol (otro juego), son las individualidades las que hacen que un grupo de rock tenga ese aire de espectacularidad que retiene a los fanáticos. No basta pues con que el vocalista de Hives intente imitar a Mick Jagger. Pero no todo está perdido. El bajista, por ejemplo, podría ganarse la vida como doble de Ron Jeremy.
The Strokes
Room on Fire superó mis expectativas: es peor de lo que pensé. En su defensa, puedo decir que esperaba otro discazo. Es un álbum más bien irregular. Con intentos fallidos de ampliar la paleta, como “Between Love and Hate”, y canciones aburridas como “Meet Me in the Bathroom”. La primera vez que lo escuché llegué sólo al octavo tema. El disco, en general, adolece de buenas melodías. La batería es completamente anodina, y el bajo –instrumento clave en Is This It? – simplemente no aparece. Sin esos elementos, sólo Jack White y algunos otros (que ya están muertos) pueden lucirse en las guitarras.
El nuevo disco deja mucho que desear y se me ocurre que, si el resto del mundo llega a decepcionarse como yo, el nuevo rock llegará a su fin. The Strokes, como buenos capitanes, se hundirán con su barco. Nosotros, quizás en un futuro no muy lejano, acogeremos a los náufragos y a los que no se salvarán, que emocionados nos gritarán en pleno concierto: ¡Gracias Brasil! Los estaremos esperando con los brazos y bolsillos abiertos.
