Beach House en Roma

Beach House. Roma. Circolo degli Artisti. 25.11.2008

Son casi las 10 de la noche y debo salir. El autobús llega y alentado por la falta de tráfico, viaja raudo y me deja en mi destino: lo que queda de un viejo acueducto romano. Paso por el costado de un arco de piedra en la via Casilina Vecchia y pocos pasos después me encuentro en la puerta del Circolo. El centro de reunión por excelencia del arty romano. La sala de conciertos-exposiciones-happenings (y pizzeria) más concurrida por esa gente de extraño pelaje y raros peinados nuevos. Y Roma es una ciudad arty, créanme. Uno piensa «si has visto uno, los has visto a todos» pero ello es transitar un camino equivocado. Ser arty en Roma tiene otra connotación. Se nota en la mirada lánguida (pero sorprendentemente chispeante), en la manera de vestir descuidada (pero notoriamente estilizada), en la actitud displicente (pero curiosamente desafiante). Muy lejos de lo que nos muestran las series de televisión americanas o de las versiones locales. Por eso, cuando vez salir a un espécimen auténtico del otro lado del océano, de esos que pueblan (o deben poblar) el Soho en NYC y salir en todos los números del Village Voice, tu reacción no puede ser otra que el desconcierto. El mismo que debe probar Jana Hunter, la amiga y telonera de los Beach House, al ver esta cantidad de rostros que la miran y que, evidentemente, no conocen su material. Casi una versión femenina de J. Mascis de Dinosaur Jr, su pinta es envidiable: pelo largo y descuidado, polo negro de manga corta, jean suelto, lentes gruesos. Poca empatía en el escenario. Hastío ante todo lo que parezca interacción con el público. La esencia pura del indie delante de ti: todo en ella grita «cuatro canales». Con sus canciones perezosas y rítmicas, el show es pequeño, minimalista, descarnado. Apoyada alternadamente por los integrantes de Beach House, desarrolla una performance que va de menos a más, un tanto desangelada pero que recoge los tímidos aplausos del público ante unos temas que suenan mejor cuando cuentan con los arreglos de rigor y unos silbidos que los rodean de un especial encanto.

La gente, sin embargo, está más preocupada por ver a Beach House. A sentir su particular sonido, sacro, trascendente, conventual, lleno de ese phatos crepuscular que es el santo y seña de la banda: culpa y expiación en clave analógica. Y es lo que la gente recibe. Y lo que reciben ellos de la gente. Devoción. Cromáticamente emparentados con las luces del local (su vestuario hace juego con las mismas), Victoria Legrand y Alex Scally salen al escenario y empiezan su show sin mediar palabra. «You Came to Me» es la elegida para empezar la velada. En la soledad del escenario, con el apoyo de tan solo un baterista, podemos ver el delicado equilibrio sobre el que se construyen las canciones de Beach House: lo espectacular de la voz de la Legrand, Nico rediviva, y ese órgano perpetuo que le otorga a la banda su sonido característico, hace que olvidemos que estas canciones descansan (y dependen) del entramado de programaciones y contrapuntos guitarreros que Scally sabe manejar con singular talento. Un trabajo silencioso que la puesta en vivo nos ayuda a tomar en debida cuenta. En medio de la seriedad de la melodía, la tenue luz del escenario hace que resalten los juegos de luces hechos de puntos azules y rojos, a veces violetas, a veces granates. Es una grata sensación. Cuando acaba la canción, los ruidosos aplausos del público parecen sorprender a la banda. Siguen el show con «D.A.R.L.I.N.G.». A mitad de camino entre Mazzy Star y los Beach Boys, la canción es perfecta para crear esa atmósfera de melancólico abandono que caracteriza los temas menos graves del grupo y el auditorio lo entiende así. La calidad lisérgica del tema («Hawai en ácidos» dice la gente de la revista y razón no les falta) hace que nos perdamos cada vez más en los pliegues de su sonido. Unas luces más marcadas y un ambiente mucho más difuminado hacen parecer que el concierto se desarrollase en una pequeña y oscura iglesia. De esas muchas (decenas y cientos) que hay acá en Roma. El ambiente ideal para una banda como Beach House. Las luces, unos momentos azules, otro instante rojas, tiñen con sus colores las siluetas de dos personas que se mueven en el escenario cadenciosa y torpemente, como si lo hiciesen en la superficie de algún lugar sin gravedad. Como si jugando al fútbol sobre la esponjosa corteza de la Luna se dieran interminables partidos con gente que viste la camiseta del San Lorenzo, la del Barcelona, la del Bologna. O al menos que lo parecen.

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Beach House “Used to Be”

Desnuda, sin los omnipresentes y característicos órganos, este video presenta la versión acústica del nuevo single del dúo de Baltimore. Ocultos entre las peñas de Tamarama Beach en Sidney, Alex y Victoria demuestran nuevamente que el calificativo de dream pop es el más apropiado para ilustrar lo suyo. La redención o lo que queda después del amor viene y va con las olas, todo bajo el influjo de la impresionante voz de la Legrand. Esta sublime perfomance forma parte de Shoot The Player, el hermano australiano de La Blogotheque, aquella genial producción de Vincent Moon que, como The Black Cab Sessions, saca la vuelta al trillado formato de la música en vivo: las orillas del Sena, las colinas de Jerusalén, cualquier anónima calle de San Francisco son tomadas por las propuestas sónicas más interesantes y variopintas de la actualidad (Animal Collective, Vampire Weekend, Hidden Cameras, The National, Au Revoir Simone, R.E.M y un largo etcétera) para entregarnos, cada cual a su modo, interpretaciones intensas, frescas y desfachatadas, consigna que también sigue el inquieto lente de Moon. Sugerencia y ludismo puro que también guían a sus cómplices en Sidney. Los Beach House como nunca en su espacio ideal le dan la razón a Caleta cuando dice que su música es como drogarse en Hawai en Navidad. El clip incluye como bonus track el cover del super hit «Waterfalls» de TLC.

Beach House “Used to Be”

Del single Used to Be (2008)

Del single al split

Fue él quien diseñó la espectacular carátula del Caleta Finale, quien acuñó el inolvidable y aún indescrifrable “genoma sónico” para referirse a Radiohead, quien contribuyó con algunos de los momentos más amenos de 69 (Groovy, las leyendas), quien comentaba sobre música pero también tenía su propia banda (Zvook), quien perpetró la breve, demoledora y jocosa reseña del Talkie Walkie de Air, quien nunca se quitó la camiseta de la revista para jugar en otro equipo, y quien no sólo fue colaborador entusiasta sino también y sobre todo cómplice y amigo.

No, no se ha muerto. Simplemente se casa. A sólo unos minutos de que dé el “Sí, juro”, queremos (y eso incluye a Cocker) dedicarle el siguiente video (que ojalá se dé el tiempo de ver antes de que baile el Danubio Azul) con el deseo de que todo sea felicidad y, como siempre: ¡a triunfar!

Disfruta el viaje, Wilfredo.


Beach House “Heart of Chambers”