Planeta Spinetta

Disiento del Bambino… no todos los cantantes argentinos suenan a Spinetta… deberían… pero también están los cantantes Calamaro, abundan los cantantes Indio, no están los cantantes Charly… cada quien encuentra como matar sus propias fobias, como recorrer sus propios caminos, como fundirse en el mismo rio. Y, sin embargo, los mejores frutos vienen de ese árbol que muchos, ahora como entonces, olvidaron por el miedo, en las curvas del aire, en las puertas de los blancos barcos lentos de las horas. Productos todos de esa sociedad que es una paradoja y un enigma, que nos asombra y que nos cuestiona, que plantea una ecuación difícil de resolver para nuestro common sense tan liberal, tan aggiornado, tan rendido: una forma distinta de entender la modernidad y el desarrollo, tuitiva, demodé y que, no obstante, ha producido en ámbitos diversos desde Borges hasta Quino, desde Cortazar hasta Oesterheld, desde Piazzolla hasta este señor, abigarrado estilista, incansable explorador armónico, poeta en el sentido más abstracto (y odioso) del término, tan suyo en esa personalísima interpretación de su sentido como artista que no nos damos cuenta que cuando más abstruso es su lenguaje, más diáfana nos habla su melodía, cuando más intrincada es su estructura, más reluce su canto… elemental… como la leche. Así que ya saben: hijos, amigos, vengan y muerdan como nunca (como siempre) aquellas hojas de sus pies…

Spinetta «Elementales leches»

Beach House en Roma

Beach House. Roma. Circolo degli Artisti. 25.11.2008

Son casi las 10 de la noche y debo salir. El autobús llega y alentado por la falta de tráfico, viaja raudo y me deja en mi destino: lo que queda de un viejo acueducto romano. Paso por el costado de un arco de piedra en la via Casilina Vecchia y pocos pasos después me encuentro en la puerta del Circolo. El centro de reunión por excelencia del arty romano. La sala de conciertos-exposiciones-happenings (y pizzeria) más concurrida por esa gente de extraño pelaje y raros peinados nuevos. Y Roma es una ciudad arty, créanme. Uno piensa «si has visto uno, los has visto a todos» pero ello es transitar un camino equivocado. Ser arty en Roma tiene otra connotación. Se nota en la mirada lánguida (pero sorprendentemente chispeante), en la manera de vestir descuidada (pero notoriamente estilizada), en la actitud displicente (pero curiosamente desafiante). Muy lejos de lo que nos muestran las series de televisión americanas o de las versiones locales. Por eso, cuando vez salir a un espécimen auténtico del otro lado del océano, de esos que pueblan (o deben poblar) el Soho en NYC y salir en todos los números del Village Voice, tu reacción no puede ser otra que el desconcierto. El mismo que debe probar Jana Hunter, la amiga y telonera de los Beach House, al ver esta cantidad de rostros que la miran y que, evidentemente, no conocen su material. Casi una versión femenina de J. Mascis de Dinosaur Jr, su pinta es envidiable: pelo largo y descuidado, polo negro de manga corta, jean suelto, lentes gruesos. Poca empatía en el escenario. Hastío ante todo lo que parezca interacción con el público. La esencia pura del indie delante de ti: todo en ella grita «cuatro canales». Con sus canciones perezosas y rítmicas, el show es pequeño, minimalista, descarnado. Apoyada alternadamente por los integrantes de Beach House, desarrolla una performance que va de menos a más, un tanto desangelada pero que recoge los tímidos aplausos del público ante unos temas que suenan mejor cuando cuentan con los arreglos de rigor y unos silbidos que los rodean de un especial encanto.

La gente, sin embargo, está más preocupada por ver a Beach House. A sentir su particular sonido, sacro, trascendente, conventual, lleno de ese phatos crepuscular que es el santo y seña de la banda: culpa y expiación en clave analógica. Y es lo que la gente recibe. Y lo que reciben ellos de la gente. Devoción. Cromáticamente emparentados con las luces del local (su vestuario hace juego con las mismas), Victoria Legrand y Alex Scally salen al escenario y empiezan su show sin mediar palabra. «You Came to Me» es la elegida para empezar la velada. En la soledad del escenario, con el apoyo de tan solo un baterista, podemos ver el delicado equilibrio sobre el que se construyen las canciones de Beach House: lo espectacular de la voz de la Legrand, Nico rediviva, y ese órgano perpetuo que le otorga a la banda su sonido característico, hace que olvidemos que estas canciones descansan (y dependen) del entramado de programaciones y contrapuntos guitarreros que Scally sabe manejar con singular talento. Un trabajo silencioso que la puesta en vivo nos ayuda a tomar en debida cuenta. En medio de la seriedad de la melodía, la tenue luz del escenario hace que resalten los juegos de luces hechos de puntos azules y rojos, a veces violetas, a veces granates. Es una grata sensación. Cuando acaba la canción, los ruidosos aplausos del público parecen sorprender a la banda. Siguen el show con «D.A.R.L.I.N.G.». A mitad de camino entre Mazzy Star y los Beach Boys, la canción es perfecta para crear esa atmósfera de melancólico abandono que caracteriza los temas menos graves del grupo y el auditorio lo entiende así. La calidad lisérgica del tema («Hawai en ácidos» dice la gente de la revista y razón no les falta) hace que nos perdamos cada vez más en los pliegues de su sonido. Unas luces más marcadas y un ambiente mucho más difuminado hacen parecer que el concierto se desarrollase en una pequeña y oscura iglesia. De esas muchas (decenas y cientos) que hay acá en Roma. El ambiente ideal para una banda como Beach House. Las luces, unos momentos azules, otro instante rojas, tiñen con sus colores las siluetas de dos personas que se mueven en el escenario cadenciosa y torpemente, como si lo hiciesen en la superficie de algún lugar sin gravedad. Como si jugando al fútbol sobre la esponjosa corteza de la Luna se dieran interminables partidos con gente que viste la camiseta del San Lorenzo, la del Barcelona, la del Bologna. O al menos que lo parecen.

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