Un nuevo escenario. Una representación que pretende ser novedosa. Se aspira a conseguir un directo vibrante. Goldfrapp regresa a las pistas de baile. La etapa más bucólica y atmosférica del dúo británico parece haber concluido: se alejan de los parajes naturales y el discurso psicodélico de Seventh Tree para volver su atención a la vorágine nocturna y el registro sonoro ochentero. Se apartan de Nick Drake para dictar tendencia sampleando a Van Halen. Cambian los ambientes y las performances, pero el goce del cuerpo sigue intacto.
El revival de los ritmos sintetizados que reinaron en las discotecas durante el siglo pasado provoca que se les compare antojadizamente con La Roux y Little Boots. Una operación carente de sentido; como si a mediados de los noventas descartáramos a Portishead y Massive Attack para escuchar a Sneaker Pimps y Mono. La producción de Goldfrapp sigue destilando sensualidad y glamour y diferenciándolos de actos que solo lograran notoriedad vía el remix oportunista.
Una rubia divaga en la discoteca. No distingue si la fuente de los destellos es artificial. Le parece que apenas ayer caminaba extasiada por los bosques y su excursión estaba animada por música sesentera. Ahora solo ve faunos y machos cabríos contoneándose a su alrededor. Siempre cambiante, como en una representación teatral sin fin. Alison quisiera encontrar un punto de comunión, la obra que sintetice todos esos registros, que armonice todas esas voces que resuenan en su cabeza. Al final del disco, el panorama parece aclararse: el folk se disuelve en un beat ácido, no hay palabras, no existe sagrado o profano, solo un eco, una voz permutada y un cielo que tiende al rosado.
Goldfrapp “Believer”
Del álbum Head First (2010)

Un buen trip con la tía Alison. Un disco de Goldfrapp nunca tiene pierde.
El disco tiene sus altibajos. Dos o tres temas tienen la onda discotequera, el resto parece sacado de sus disco anteriores.