Una de las cosas que más extraño de los regímenes comunistas europeos es que siempre mostraron una especial preocupación por presentar impecables delegaciones femeninas de gimnasia olímpica. Ver el despliegue de esos cuerpos enmallados en las distintas pruebas era un placer inmenso: cintas, anillos, taburetes y plataformas convertidos en el escenario glorioso para movimientos que desafiaban la gravedad y la elasticidad de los músculos. Un sentido de la estética y la belleza llevadas a un nuevo nivel por las graciosas siluetas que Europa del Este ostentaba con orgullo frente al mundo entero. La Cortina de Hierro era derribada con coquetería por las infinitas contorsiones de las entrañables rumanas. El pulso y la respiración se detenían cada vez que una estilizada rusa ensayaba un doble mortal que terminaba con cualquier tipo de censura o bloqueo político. Ante nuestros ojos desfilaba un contingente de diosas que hermanaban armonía y libertad en cada una de sus presentaciones. Luego el imaginario popular masculino se encargaría de extrapolar ese despliegue físico y talento para la postura imposible a un terreno más íntimo y tan competitivo como el deportivo.
El recuerdo de aquellas anatomías virtuosas es invocado en este video de los franceses Juveniles. Un club en decadencia es el campo de entrenamiento para un grupo de aspirantes al cetro de la inimitable Comaneci. En el exilio posterior a las reformas cantadas por Scorpions, un híbrido entre Mourinho y Mostaza Merlo tiene la penosa tarea de instruir y modelar en el arte de la flexión y la disciplina de antaño a esta galería de novatas. Sin embargo, el tiempo ha transcurrido y los bloques han caído: teclados ochenteros anuncian que las estructuras en las que creíamos y pensábamos inamovibles estaban desde siempre condenadas al fracaso y que el sueño de una sociedad en perfecto equilibrio era tan frágil y mortal como ella en su actuación en Moscú 1980. Solo me queda sonreír frente a tu póster, querida Nadia.
