Pearl Jam en concierto

Escribe Wilfredo Oliveros

Jiffy Lube Live, Virginia, EE.UU. 13 de mayo

Ciertas bandas están hechas para tocar en vivo: cuando otras muestran los hilos de las bastas por la superproducción en estudio, la tirantez entre los miembros, o el inevitable pechofrío de los años de tocar y tocar «With or Without You» (toma ahi!), es allí donde los Pearl Jam muestran el nervio para manejar un estadio como si se tratase de un club y tocar como si fuera el último show de sus vidas, sin otra razón que el estar pasándola tanto o mejor que los 25 mil que tienen al frente; y eso es algo que te deja absorto, anodadado, rendido.

Los Band of Horses abrieron el show con tres discos a cuestas (y dos discos de Lynyrd Skynyrd y Willie Nelson en la maleta) y con su mezcla impecable de indie rock, bluegrass y folk hicieron que los 45 minutos del set queden cortos y que quien suscribe se baje sus tres discos mientras termina esta crónica.

Tras escuchar como antesala y por minutos parte del soundtrack de The Hours (Phillip Glass resultó haber sido de Baltimore), Eddie Vedder sale relajado con su librito de letras, su limonada y un polo que compró cuando tenia 19 años, saluda al público respetuosamente y en prima nomás dispara «Elderly Woman Behind the Counter in A Small Town», cogiéndonos con la guardia baja, haciéndonos rugir instantáneamente como si se tratase de un gran final y logrando que se nos quiebre la voz al gritar «I just want to scream… Hello…»

Estos viejos zorros hacen del setlist su mejor arma para dominar a un público que reconoce su gran vuelta al ruedo con «Backspacer» y la vigorosa «The Fixer» pero sin desconocer que los himnos deben ser entonados («Better Man», «Black», «Alive»), Eddie y McCready van cogiendo viada y sueltan la joya escondida del No Code, «Present Tense», haciendo que la gente alce los brazos esperando atrapar el momento.

El concierto se divide en tres estados: cuando Vedder se deja llevar por su espíritu trovador y deja entrar aire a sus pulmones («Just Breathe»: el certificado de que Eddie será invitado al cumpleaños de Neil Young), cuando bota todo el aire que le queda y brama poniendo en jaque a sus cuerdas vocales, fiel a esa casta de aquellos que cantan desde las entrañas, con una texturizada voz barítona que puede llenar cada rincón del estadio y retumbar en tu pecho como si fuera un gong («Spin The Black Circle», «Do The Evolution»), y cuando la banda en conjunto se deja llevar por sí misma tocando en círculo cerrado como si se tratase de un ensayo y dejando que el genio de MCready se explaye («Evenflow», «Yellow Ledbetter», con un cierre de concierto con devoción a Hendrix) mientras Ament, Gossard y Matt Cameron -quien le puso el ritmo a Soundgarden- lo siguen atentos, aunque sabiendo que a donde los lleve no podrá ser un mal lugar.

Si bien han pasado 20 años desde que el Ten, el grunge y esa especie de criaturas con camisas de franela y look resina poblaran la TV, radio y los walkman de muchos (no sonrías socarronamente, que no estás tan joven como para no acordarte), los Pearl Jam se han mantenido en sus trece, siendo fieles a su legado setentero y al hacer de la performance la mayor de sus virtudes y carta de presentación, cohesionados por tres horas y dos encores, sin importarles que prendan las luces, buscando ser los últimos en irse y hacer de una sincera puesta en escena su marca registrada. Y es que son cosas de la evolución, sólo el más fuerte sobrevive.

Albondigón Asesino

Que te guste un grupo y quieras hacerle una versión tributo, chévere contigo, que quieras imprimirle tu sello personal, vaya y pase, pero que te encargues de destruirla con tus bramidos pensando que así es como aportas un nuevo matiz a un tema ya de por sí bueno es merecedor de un apaleo por parte de los muchachos de construcción civil.

Así, Gnarls Barkley no se dió cuenta que al rendir tributo a Radiohead y versionar «Reckoner» con ese vozarrón de becerro hambriento no iba a lograr otra cosa que destruir hasta niveles atómicos una canción que precisamente en su melodía sutilmente quejumbrosa se apoya para representar acaso el filón más fuerte de la banda de Oxford, el lamento (casi) silente y descorazonado. ¡Ah Gnarls!, si hasta parecía que te hubieras enterado que estaban por echarte harina y te iban a freír.

De ahí salimos con la trivia: ¿Cuáles serían las 69 mejores versiones y cuáles las 69 peores? El disco de covers de The Kooks y el disco de versiones de los Tenores de Mabela Martinez para cada ganador, respectivamente. Wilfredo Oliveros

Las Tabas que nos perdimos

Tal como lo sentencia el viejo adagio «es mejor un artículo interesante sobre un tema aburrido, que un artículo aburrido sobre un tema interesante» rebuscando en la red nos venimos a topar con este más que simpático documental, de autor desconocido, con ingeniosa y artesanal técnica, y con un objeto de estudio que sorprendentemente parece ser más que un happening inintencional, bien contado para sus cincuenta y tantos minutos, mira que hasta uno se queda con las ganas de haber visto a Las Tabas en vivo!