Serge Gainsbourg Degenerado

Paria. Borracho empedernido. Lujurioso. El feo más sexy del mundo. El padre incestuoso de las chicas yeyé. Un judío que experimentó con todo lo que tuvo a su alcance: ritmos negros, drogas, mujeres y los lugares comunes a los que habitualmente nos referimos cuando hablamos del rock. Y eso es básicamente lo que significa Serge Gainsbourg para la música: un espíritu en permanente acto de rebeldía, un estandarte del desenfado, la provocación y la sexualidad llevados a la canción.

Gainsbourg es el culpable de pervertir a toda una generación de melómanos. Aquel que hizo a ruborizar a los puritanos con los jadeos femeninos de Jane Birkin desde las frecuencias matinales. Con justicia se puede decir que algunos bebimos el vicio infeccioso de la música gracias a él. Siguiendo su mal ejemplo hemos degenerado a Serge. Una camada de músicos adictos a SG ha acudido en nuestra ayuda. Algunos han respetado la prédica de este pastor descarriado y no se han alejado de la orgía perpetua. Otros lo han llevado a trópicos de artificio para susurrar las promesas de rigor. Gainsbourg nos ha sonreído maliciosamente desde la barra gracias a ellos.

1. Algodón Egipcio “Color Café” (Couleur Café)
Venezuela

2. Lido Pimienta “El Chupete de Anís” (Les Sucettes)
Colombia

3. Odio París “Poupée de Cire, Poupée de Son”
España

4. La Familia del Árbol “La Chanson de Prévert”
España

5. Burrito Panza & Is “L’eau á la Bouche”
España

6. Los Protones “Master Tacita” (Une Petite Tasse d’Anxiété)
Perú

7. The Birkins “Ne Dis Rien”
España

8. Hans Laguna “No, Gracias, No” (No, No Thanks, No)
España

9. Los Negretes “L’hippopodame”
México

10. Jonston “Maria” (demo) (Marilou)
España

11. Madame Recamier “Ah!, Melody”
México

12. Francois Peglau “2012 Année Érotique” (69 Année Érotique)
Perú

Escucha Serge Gainsbourg Degenerado

Francois Peglau «I Wonder»

Diligentemente, Peglau pone todos sus instrumentos al servicio de su compañera. No es el arsenal de un músico progresivo, parecen más bien los juguetes de un niño inquieto. El ukelele marca la pauta de la melodía y señala las reglas del juego: celebremos el encanto de lo mínimo y dejemos el onanismo conceptual para los templos rockeros. Sin olvidar los devaneos de las bolsas de valores y las acreditaciones comerciales rutinarias, la pareja disfruta esta vez la creación de su primera canción de cuna.

Francois Peglau “I Wonder”
Del álbum Random Singles (2012)

 

Francois Peglau «Goldman Sachs Rules the World»

Hubo una vez en la tierra del sol un poeta que se precipitó sobre los cielos e inundó los campos de propaganda impresa en papel japón. Soñaba con cambiar el mundo con versos que se desplegaban como fruta, pero su palabra libre y proletaria no realizó la gran transformación. El verbo y la melodía parecen estar subyugados a los dictados del mercado. La revolución solo funcionó en los syllabus y manifiestos de los bohemios de café. Generalmente sus momentos de lucidez coincidían con la hora feliz.

Pero los abogados del mundo jamás serán vencidos. Le sacan la lengua al sistema y desempolvan la guitarra y las programaciones de matiné para escapar de la locura. Las corporaciones han decretado el fin del verano y, al menos mientras dure esta canción, yo he decidido que no estaré triste.

Francois Peglau “Goldman Sachs Rules the World”

Del álbum Random Singles (2012)

Sonic Youth es calle

Kool Thing

Acababa de almorzar y me encontré con los Sonic Youth en el jirón Quilca. Conversamos y nos fuimos a comprar discos de vinilo. ¿No me crees? Piña, pues. Yo todavía me acuerdo.

Escribe: Fidel Gutiérrez M.

El gringo no dejaba de tomar fotos. Parecía hipnotizado por las portadas descoloridas de los DVD pirata ofrecidos en la puerta de uno de esos tantos puestos especializados en todo que subsisten en la cuadra dos del jirón Quilca; el foco (contra)cultural del centro de Lima.

El gringo escudriñaba también los estantes de libros y yo lo miraba a él desde la acera del frente. Retornaba raudo a mi trabajo tras disfrutar de un nutritivo menú en un restaurante ubicado un poco más allá, cuando la visión de este personaje con facha de añejo mochilero achibolado aletargó mi paso. “Este pata se parece mucho al de Sonic Youth”, pensaba, mientras me acercaba. La conchudez –por las puras uno no es periodista– le metió un codazo a la vergüenza y aceleró las cosas. “¿Thurston?”, le dije, acercándome. “¿Thurston Moore?”. “Yeah, right. How are you?”, me contestó, dándome la mano. Por suerte mi mandíbula se despegó rápido del piso. “¿Qué, qué haces por acá?”. “Buscamos discos de vinilo. Allá están Steve y otros amigos”. Su dedo señalaba hacia la vereda opuesta, pero yo no le quitaba a él los ojos de encima, pensando que tal vez todo esto era tan solo efecto de algún alucinógeno esparcido por error sobre la chispeante merienda que acababa de engullir.

“¿Tú conoces dónde es que venden los discos?”, me pregunta, y vuelvo a la realidad. “Of course!” exclamo. Tras saludar a los otros tres miembros de la comitiva –el baterista Steve Shelley, y un joven estadounidense amigo del grupo y una chica peruana que trabajaba con la productora del concierto, cuyos nombres el aturdimiento del momento me impide recordar– trato de orientarlos y les digo que me sigan, pero es imposible mantener un orden. Moore se muestra entusiasmado en extremo, y con movimientos propios de alguien que corre contra el tiempo y que además ha tomado demasiado café, va de una acera a otra fotografiando fachadas y graffitis (“este es muy punk rock”, dice, cuando ve la palabra ‘kaos’ escrita con tiza). Le digo que mejor fotografíe El Averno, al que se lo describo como el foco de actividad contracultural que en efecto suele ser cuando sus visitantes todavía están sobrios. Me hace caso y apunta la cámara hacia su colorido frontis. Mientras, pienso que mejor sería llevarlos adentro de ese local; pero este está cerrado. Por una parte mejor, porque –¡verdad, ¿no?!– se supone que yo estaba apurado por regresar a trabajar.

“Tenemos que ir por acá”, les digo, tratando subliminalmente de acelerarles el paso; pero es inútil: Thurston sigue con la fotomanía. De pronto, de ese enorme garaje en el que uno encuentra todo tipo de libros y música, una pareja bastante joven, de aspecto emo, se dirige decidida hacia el músico. “¿Nos das un autógrafo?”, le dice la pequeña en castellano, levantando el cuello y alcanzándole un papel y un lapicero. “Claro”, responde él en inglés, y tras firmar, les pide que ambos posen para su cámara. “¡No puedo creerlo!”, dice el chiquillo. “Yo tampoco”, pienso yo. Serán los únicos que reconocerán al célebre neoyorquino hasta que crucemos la avenida Wilson.

“¿Por allí no roban?”, me pregunta la chica que supuestamente oficia de cicerone de los ilustres visitantes. “A esta hora no”, le respondo a su cara de susto. Recién son las tres de la tarde. A las cinco empieza el peligro. “¿Qué fue de los otros?”, le pregunto a Thurston. “Se han ido a la playa”, dice, y se desentiende del asunto, seguro porque ello implicaría hablar de la que ya es su ex esposa. “Kim se fue a comer”, me dice Shelley, mientras sonríe con ese aire bonachón que en nada se condice con la brutal energía que horas después mostraría sobre el escenario del Centro de Convenciones Scencia. “Ella y Lee salieron para allá, pero nosotros quisimos venir a este lugar, porque anoche nos hablaron de él”.

En esos segundos trato de reconstruir los antecedentes. Los Sonic Youth arribaron una noche antes, el miércoles 9 de noviembre, a Lima, y a su llegada al lujoso hotel Westin, de San Isidro –por cierto, uno de los lugares menos indie rock, no solo del Perú sino del planeta entero– fueron recibidos por un contingente de fans que se habían pasado el dato pese al secretismo de los organizadores, que solo querían a la prensa en el lugar. ¿Quién les habrá dicho que fueran a Quilca, un lugar del centro de Lima al que incluso algunos dizque bravos rockeros ven como una sucursal del penal de Lurigancho? ¿Alguno de los músicos (o no-músicos) locales que fueron a esperarlos al hotel para tentar, mismos fans enamorados, foto, charla o autógrafo, o si se podía, todo junto? ¿Algún colega de esa pequeña prensa hiperespecializada en rock de los años 90’s que hoy tanto extrañamos y que también hizo acto de balbuceante presencia? Nunca se sabrá con certeza. No es que importe mucho, en realidad, pienso, mientras retomo la conversación con Steve.

“Si se han ido a la playa han encontrado sol”, le digo, pensando en la oscura sensualidad de Kim Gordon mientras miro el luminoso cielo y agradezco a éste por tan lindo día. “No han ido a nadar”, responde. “Dijeron que iban a comer a la playa. A comer ceviche”. No aguanto la sonrisa por lo gracioso que suena esta última palabra en su boca de gringo y, apelando al reportero de televisión que todos llevamos dentro, le pregunto “¿y tú ya probaste ceviche?”. “No. Me dijeron que era delicioso, pero no puedo comer mucha comida marina por mi estómago”. Miro a Thurston al frente seguir fotografiando entusiasmado las pintas y graffitis. “Hay mucho punk por acá”, dice. “Este es el punto de encuentro de varias tribus urbanas”, le digo, sintiéndome el anfitrión de A la Vuelta de la Esquina. De pronto reparo en un detalle, y le suelto un dato a ver qué pasa. “De acá a unos 200 metros hay un local en el que suelen tocar muchas bandas de hardcore y punk”, le digo, aludiendo al Black Angel Bar, del jirón Camaná. “¿Has ido por allí últimamente?”, me pregunta, sorprendiéndome. “Hace unas cuantas semanas” contesto, sin poder evitar que mi cuerpo se encoja al recordar ese reciente concierto gratuito y vibrante de Kade, Los Mortero y otras joyitas del underground local, en el que cada vez que alguien abría la puerta de la calle, cinco personas teníamos que arrimarnos por la falta de espacio. En ese rato los demás miembros de la comitiva se nos acercan. Parecen impacientes por llegar al destino planeado. “¿No es peligroso ir por allá?”, insiste la chica representante de la productora. “Lo más peligroso es cruzar la pista”, mascullo.

«Son solo dos locales en los que deben estar; procuren no ir más allá», les advierto, un poco contagiado de los temores de la simpática y recelosa fémina (que, por cierto, me confesó no tener idea sobre qué tipo de música hacían sus acompañantes…). Antes, les enseño la puerta del Nuclear Bar. “Este es uno de los pocos locales de Lima dedicados al metal”, les digo. Thurston vuelve a sacar la cámara. Steve pregunta: “¿Acá tocan black metal también?”. “The blackest and sataniest metal in the city”, respondo, improvisando. Les señalo la puerta del costado, una iglesia evangélica, pero parecen no reparar en la ironía, porque ya han visto que están muy cerca de dónde venden sus tan buscados vinilos.

“¿Quiénes son?”, me pregunta uno de los veteranos vendedores del lugar. Las visitas de gringos coleccionistas no son escasas aquí, así que estos resultan ser tan solo unos turistas más, susceptibles a que se les aumente unas cuantas decenas de soles por cada long play comprado “Son Sonic Youth”, respondo. “…Ah, ya… Si puedes mándalos al fondo”, recomienda, sin evidenciar emoción alguna en su rostro, y señalando su puesto de venta. “Pero pregúntales qué están buscando”.

Ya lo había hecho. “Música folk de protesta peruana” fue lo que me dijo Thurston antes de cruzar la avenida Wilson. “Está difícil”, respondí, confundido, mientras en mi mente trataba recordar a algún émulo local de Silvio Rodríguez o de Pete Seeger que haya sacado vinilos, porque –prejuicioso yo– suponía que a ese cliché –el del trovador rebelde y marxista, provisto de una guitarra por toda arma– se estaba refiriendo. “La verdad es que de ese tipo de música no se hicieron muchos discos en esa época”, añadí, con esa certeza atrevida propia de la ignorancia, y con el estereotipo del trovador revolucionario bien enquistado en el cerebro. El desconocimiento de los vendedores al respecto haría que me sintiera menos mal. Así, ni ellos ni yo –ignorantes supinos– atinamos a recomendarle al neoyorkino los discos de gente como Tiempo Nuevo, Kiri Escobar, N.E.P.E.R. o Alturas, sobre cuya existencia reparé recién al día siguiente, gracias a alguien que sí sabe del tema y que no teme compartir sonriente sus luces con neófitos como el autor de estas líneas.

Ya enfrentados a la vasta oferta disquera del local, los músicos se olvidaron de cualquier etiqueta. De pronto Moore ya tenía en sus manos un par de discos de Joao Gilberto por los que el vendedor le estaba pidiendo entre 30 y 40 soles. “¿Está bien ese precio?”, le pregunta a la chica de la productora. “Creo que te los puede dejar a 30 cada uno”, me entrometo. El vendedor no quiere dar su brazo a torcer, pero finalmente acepta. “Si regresamos, vendremos a comprarte más”, dice la chica. El disquero sonríe y comenta, todo galante él, que sería bueno que ella regresara porque a los demás no los conoce. Poco después, seguramente tras ser ilustrado al respecto, el mismo zalamero personaje les pediría a los dos neoyorkinos que le firmaran sendos autógrafos en la funda de un disco de… ¡Joy Division! “Yo no soy de esta banda”, le dirá Shelley. Lo traduzco, y el compadre disquero encuentra la precisa: “Sí, pero tienen su influencia…”

Pero esto ocurriría luego de que me despidiera por primera vez de estos viejos melómanos. “¡Gracias, Thurston; gracias Steve! ¿Podemos tomarnos una foto?”. “Claro”, dicen ambos. Mi trofeo ya estaba ganado y archivado en mi precario celular, y se sumaba al sorpresivo buen rato propiciado por la casualidad. Ahí estaba yo, retratado junto a dos de los tipos que ayudaron a cambiar el sonido del rock. Yo, al lado de dos de los responsables de discos como Evol, Sister o Dirty, que contribuyeron al resquebrajamiento de mi cerebro y a ampliar mis horizontes auditivos. Yo, abrazado a parte viva de la historia. Al salir de la tienda estaba a un paso de dar gracias a quién correspondiera por el solo hecho de estar vivo. Miren lo huachafos que nos pone estar tan cerca de nuestros ídolos.

Continuar leyendo «Sonic Youth es calle»

Francois Peglau «We Know We Won’t Make It»

Zurdo de corazón, Francois Peglau ha vuelto. Ya no hay superhéroes, zombies o recuerdos limeños a la vista. El blanco y negro nuevamente aparece como un guiño a la Nueva Ola. El sueño puede convertirse en pesadilla. La princesa al despertar puede seguir inmersa en la rutina londinense. La canción juguetonamente ha cambiado de nombre, pero sigue invitando a bailar como en el pasado. Finalmente, todo lo sólido parece desvanecerse en el aire.

Francois Peglau “We Know We Won’t Make It”
Del album The Imminent Failure of Francois Peglau (2010)

La Tornado Lost Band “Saico Girl”

Inspirada en una fan del grupo peruano que más ha contribuido a nuestra autoestima en la última década, “Saico Girl” es la esperanzadora carta de presentación de La Tornado Lost Band, dúo de perfil todavía bajo que nos pide graciosamente “Imaginarse a un chalán peruano en medio del Oeste Americano. Sin pistolas”, pero que al menos en esta canción nos hace imaginar más bien a unos Turbopótamos (otra banda de nombre fenomenal que también le entra al inglés) en onda indie pop country. No perderse tampoco su reposada versión de “Police and Thieves” que, según Wikipedia, no es original de The Clash.

La Tornado Lost Band “Saico Girl”

Francois Peglau «Terminal»

Ahora que el humo empieza a disiparse, y todas las bebidas energéticas no pueden aliviar ese malestar interminable, que las fiestas de amor y paz no hacen sino resaltar, llega la hora del post villancico. Un tinto al lado para olvidar las esperas en los aeropuertos y terminar con las benditas colas de nuestros días. Una delicada guitarra, el rumor de bolero, de melodía entonada en la intimidad del hogar. Es además para Francois Peglau un retorno a la lengua materna. Un pretexto para esperar que el próximo fin de semana sea mejor.

Francois Peglau “Terminal”
[audio:http://boxstr.net/files/7008093_re0yr/francois%20peglau%20-%20terminal.mp3]

Smashing Pumpkins en Lima

Escribe: Oscar García

El día de ayer The Billy Corgans (alias The Smashing Pumpkins) ofreció un concierto intenso que superó largamente mis expectativas –que eran pocas, la verdad–. Lo dije en otra oportunidad, nunca fui un gran fan de la banda. Suficiente es decir que no me sé el orden de la lista de canciones de ningún disco suyo. Eso ya me pinta de cuerpo entero. Pero en mis lejanas épocas de adolescente, su música estaba en el ambiente. En reuniones de amigos, en la MTV, en Miraflores y Doble 9. Así que al concierto fui con un conocimiento básico y sin esperar mucho, y la verdad es que recibí un montón.

Entiendo que algunos fans hayan echado de menos varios temas clásicos. Al respecto me parece encontrar una curiosa dicotomía. Algunos no fueron porque consideran que el grupo encaja en la categoría de «banda del ayer». Pues varios de los que sí fueron más bien se quejan de que Corgan y compañía no se portaran en San Marcos como otro acto más del ayer, evitando tocar varios hits y presentando canciones que no se enmarcan dentro de su periodo clásico, además de varias nuevas. Cuestión de gustos. A mí me parece lo más obvio que una banda que aún edita discos de material original se niegue a mandarse con un concierto de grandes éxitos.

No extrañé «1979» porque esa canción nunca me gustó. Pero me divertí a morir con «Zero» (la que más gente saltó por mi zona), «Ava Adore» y «Cherub Rock». Otro highlight fue «Heavy Metal Machine», que terminó con un larguísimo set entre space rock y noise que alucinó mis sentidos y maltrató mis oídos, que hasta ahorita no se recuperan. La tocada presentó varios jams que mostraron la solvencia de sus músicos actuales. Nicole Fiorentino, excelente en el bajo, se convirtió en el soporte escénico indispensable para que los dos guitarristas se abandonen en varias oportunidades a la locura de hacer solos a dos guitarras, sin que el ambiente caiga. Menudo logro. Pero el músico que la rompió fue el baterista Mike, de 20 años, reemplazo del llorado Jimmy Chamberlin, que fue un espectáculo por sí solo. Su ejemplar ejecución pagaba solito el 15 por ciento de la entrada. Pequeño genio que ya debería tener su propia banda en lugar de estar tocando entre tanto tío.

La tocada fue intensa, como dije. Varios segmentos sonaron con el volumen y la pesadez de una banda de metal, e incluso canciones lindas como «Tonight Tonight» se revistieron de un tono distorsionado ante la comprensible ausencia de una orquesta (mucha gente recién reconoció la canción tras la introducción, cuando las dos guitarras abandonan el acorde para hacer ese arpegio tan característico). Y ya que estamos en la gente, por mi zona (Campo A), ésta respondió con la frialdad habitual, pero al menos con respeto. Respeto que no tuvieron con Stereophonics, a los que que apenas aplaudieron en su salida al escenario. Espectáculo lamentable no por la banda, que hizo un show decente, sino por un público que les deparó una frialdad, ya no de témpano, si no de espacio exterior. Por mi zona la gente ESCUCHÓ a Smashing Pumpkins, situación poco frecuente en un público como el limeño que tiene déficit de atención. Si contamos que encima aplaudieron estas nuevas canciones, quizá por ahí podamos entender que Corgan considere que el de anoche fue un show épico. Lo fue, sí, pero por el lado de la banda, no por el público.

Lo bueno es que los limeños cantaron. Eso es nuevo. En la parte a capella de «Bullet with Butterfly Wings», el estadio semivacío se portó a la altura… y, encima, afinados. Lo mismo en «Disarm», que el pelado interpretó valiéndose de una pista karaoke que provocó algunas risas. Sobre las capacidades de showman de Corgan, éste se mandó un divertido speech contra el tráfico limeño y se las arregló para no incomodar al respetable cuando hizo el ademán de querer limpiarse el culo con la camiseta peruana que le arrojaron. En resumen, un excelente show en un festival que falló en llevar público y que dudo mucho tenga una tercera edición en vista del creciente desinterés que vienen mostrando los peruanos por los conciertos masivos de rock. Dicen que Tokio Hotel solo metió a 8 mil personas ese mismo día, en otro lugar de Lima. Y yo que pensaba que eso iba a ser un exitazo de público a lo Jonas Brothers o The Killers. Estamos perdidos.

Francois Peglau // The Imminent Failure of Francois Peglau

Tras repasar las películas del pasado, y esbozar una sonrisa por los episodios de la adolescencia, el cantautor (el viajero) se queda sentado en la orilla y ve acercarse una nueva ola. Una atmósfera extraña lo envuelve, por un momento le parece que está sentado en su oficina londinense; cuando intenta tomar algo del escritorio, un tipo le acerca un pulque y le pide que lo apure para encontrarse con la noche del D.F. Todo cambia, sí, y más los sonidos en la cabeza de Peglau.

La inquietud lo lleva de la guitarra acústica y delicadamente desnuda a los bajos zumbantes que agitaron la escena londinense y dilataron los corazones del resto del mundo directamente desde Jamaica. Las canciones de Francois son inquietas en su simpleza: juguetonas y vibrantes. Folk que escapa de la solemnidad y se lanza a bailar sacándote la lengua desde la playa. Consecuente con eso, cuando sus letras se decantan por el terreno del desarraigo y todo apunta al lado más nebuloso del camino, allí surge un ukelele, un sutil arreglo electrónico, un coro que replantea el panorama, una palmada en el hombro (la melodía) que lo tornó todo un carnaval atemporal.

Ciudades perdidas, íconos revisitados, un disco de R&B sonando por siempre en la tornamesa, una cámara cómplice y unos filtros traviesos, ella susurrando y riendo en los coros, las palmas de los amigos y muchos recuerdos. Lima. El viaje ha concluido. Los formatos han cambiado. La resaca de la ola se ha disipado, y es hora de volver a cantar.

Francois Peglau “If You Come Around”
Bonus track del álbum The Imminent Failure of Francois Peglau (2010)
[audio:http://boxstr.net/files/6741948_ibllo/francois%20peglau%20-%20if%20you%20come%20around.mp3]

Plug-Plug “Descontaminación Epica”

Un superhéroe chicha sale al rescate de la Naturaleza, para lo cual debe destruir la Civilización como la conocemos. Feroz enfrentamiento que parece perder finalmente, pues el Descontaminador termina contaminado. Singular video que recurre a la animación gráfica, el stop motion y harta imaginería religioso-cultural, y que sirve de introducción al inminente nuevo álbum de los Plug-Plug, la excelente banda peruana de “post hardcore”. May.

Plug-Plug “Descontaminación Epica”
Del álbum Moo Mua Moo Cow Crazy Love (2010)