Spike Jonze // I’m Here

Para Spike Jonze la felicidad perfecta consistía en tener una tienda de galletas solo para chicas skater. Pero un buen día asumió que esa era una utopía y se dedicó a animar la vida a través del video. Se convirtió entonces en un cronista de la urbe moderna. Su misión fue registrar la intensidad de lo rutinario, captar la irrupción de lo insólito, de lo que pasa desapercibido y es ignorado por los demás. En cada uno de sus proyectos esbozó la bandera de la libertad creativa e hizo hincapié en la (in)capacidad del lenguaje para aprehender la realidad.

I’m Here, su último cortometraje disponible online, es un ejemplo destacado de cómo los efectos especiales y los avances tecnológicos deben estar al servicio del relato, potenciando el discurso y colaborando con la narración, no estando supeditada ésta a la parafernalia 3D de los avatares sin alma que se proyectan en la actualidad. La cinta de Jonze nos presenta a Francesca y Sheldon, una pareja de robots y el descubrimiento del amor por parte de ambos. I’m Here es un cortometraje de amor y música o de amor hecho música. Una entrañable historia que, como las de Pixar, obliga a resetear nuestro corazón y formatear nuestro cerebro.

Jonze no cae en el simplismo o las buenas intenciones. No se ampara en los clichés visuales o en lo autoreferencial (ojalá algún día recuperemos a Gondry). El director de la genial Where the Wild Things Are constantemente renueva su visión en esa búsqueda incesante por hallar el enfoque inédito que rescata el pulso vital. Artesano meticuloso que filtra una realidad en proceso de descomposición y que la reconfigura a través de sus imágenes.

Este proyecto además demuestra que el mejor cine independiente americano (Korine, Jarmusch, Lynch, etc.) no se limita solamente a abordar la disfuncionalidad, mostrando un coctel de drogas rápidas y sexo al por mayor. En I’m Here dos seres maravillosos se encuentran y abrazan sus diferencias, se pierden en el otro dejando atrás las paranoias modernas. Viven su amor sin miedo, de cara al sol, revelando en ese preciso momento la que debería ser la esencia de la humanidad.

Jim Jarmusch // The Limits of Control

Al principio era la forma. Puede que me equivoque pero por un momento supongamos que no. Supongamos que al principio era la forma. Y la forma se convirtió en una historia cerrada sobre sí misma, o mejor aún, despojada de sí misma, exigua y elusiva, obstinadamente tenue, como un hilo antes de romperse. El hilo, desde luego, es el protagonista de esta historia: un hombre -¿un asesino, un extremista, un lunático?- y su inescrutable travesía desde un aeropuerto hasta una estación de tren. En el camino, una cita de Rimbaud, una España espectral a fuerza de ser reconocible, un puñado de personajes desmesuradamente alegóricos, diálogos que no son tales y el aliento clandestino de la conspiración en medio de una realidad arbitraria. Y arbitraria quiere decir aquí sin centros de donde asirse o bordes a los cuales ceñirse.

Bienvenidos a Los límites del control.

Surgido vagamente de un ensayo de William Burroughs y definido por su propio autor como una película de acción sin acción, el último trabajo de Jim Jarmusch bien podría calificarse de una vuelta de tuerca a su filmografía, una especie de giro. Ciertamente, lo sería si es que el de Ohio no se las ingeniase para estar siempre tan lejos y tan cerca de sus películas más entrañables, propias como ajenas ¿O es que acaso no existe paralelo entre el viaje que emprende El Hombre Solitario en esta cinta y el de Don Johnston en Broken Flowers o el de Allie en Permanent Vacation, entre otros? El encuentro imposible de Jacques Rivette y John Boorman –o de Manuel el Sevillano y Boris– le da vida al filme de un cineasta que a lo largo de treinta años se ha puesto el estandarte minimalista en el hombro. Pero esta vez llega hasta el paroxismo. Las pausas, las superficies, los silencios. Las remisiones a sí mismo en un juego de espejos infinito. La reiteración como argumento, el tiempo muerto como trama, el lirismo de la imagen como única estrategia para narrar todo aquello que pasa cuando no pasa nada. Y la percepción. Distorsionada, por supuesto, como lo está buena parte de la banda sonora.

Sin embargo, a contrapelo de lo que todo el mundo piensa, aquí no hay embeleso en el estilo. Burroughs decía que el control empieza con las palabras. En un mundo donde todo mundo habla, guardar silencio siempre es una opción. Y ese es el tren que toma Jarmusch, a quien parece no inquietarle el vacío. La suya es una cinta sobre mirar y saber mirar. Sobre la posibilidad de imaginar los modos en que se puede atravesar un muro sin puertas ni ventanas. El Arte contra el Sistema, por idealista o manido que suene. Al final tienes razón, Jim, también a mí me gusta cuando en las películas la gente se sienta. Y no dice nada.