
Todos buscan el 3D, escapar de la virtualidad y atrapar la realidad. En los noventa The Flaming Lips proponía la experiencia cuadrafónica con Zaireeka, y lo hacía desde el caos y la psicodelia. Porque en un principio, Wayne Coyne veía el sonido como un riesgo, como una tormenta eléctrica infinita, como una sinfonía de baterías aporreadas con algarabía y frenesí. Un día eso se interrumpió y en Oklahoma se desenchufaron las guitarras, frenando la distorsión e iniciando la búsqueda desesperada de la belleza a través del sampler y las texturas sublimadas: había llegado el tiempo de Yoshimi. Desde ese momento, Wayne, el hombre de la eterna camisa rosada, quedó atrapado indefinidamente en una burbuja, rodeado de una fauna aterciopelada que nada tenía que ver con las deliciosas excursiones psicotrópicas por un zoológico navideño que editara bajo el nombre de Cloud Taste Metallic.
Wayne se acerca a la naturaleza, huye de su prisión. Es un mago, un poeta o el miembro de una secta. Ha tenido una epifanía. Recuerda los setenta, se sienta a escuchar sus viejos vinilos de Zeppelin, invoca a Miles Davis mientras Dave Fridmann le alcanza el vocoder y una dosis de midazolam, propofol y lorazepam. Un nuevo acto de libertad creativa para la banda insignia de Oklahoma: guitarras desenfrenadas, baterías y bajos que parecen grabados en la Berlín del siglo pasado, sampleos de risas femeninas, líneas melódicas que escapan a las capas recargadas de efectos y saturación. Ahora miran los bosques de Ávalon, se solazan en las arenas de Canido: tranquilidad e intensidad se funden y hacen una. El universo se ha detenido, la tensión ha cesado, todas las constelaciones son visibles en este instante.
The Flaming Lips “Evil”
Del álbum Embryonic (2009)
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