
Cuando estoy arriba escucho aullidos, alianzas secretas y promesas vacías. Acompañan a las palabras el latido vibrante de una locomotora que parece llegar desde Alemania, oscilan insistentemente frecuencias emitidas en alguna estrella lejana, reverbera con inquietud una guitarra adolescente de mediados de los noventa. Cuando estoy abajo, la atmosfera es más relajada. Apenas se distinguen algunos instrumentos y una voz femenina. Hay semillas y cenizas, y encuadrado por un circulo multicolor, el mar. Para unir esos extremos me ayudo de un imperdible brillante que conseguí en Pamplona.
En este espacio día y noche son equivalentes; al promediar la jornada Cernuda, Dalí y Lorca suelen reunirse para ver pasar a los jóvenes. En aquel limbo también se puede encontrar el espíritu que inspiró a la banda que registró uno de los discos más frescos y psicodélicos de 1964 en el 2010, ese que podía jugar con las estructuras de la canción, ironizar sobre el flower power y demostrar que Nueva York no es solo la ciudad de las sitcom de cafetería o una fantasía creada por un judío neurótico. Conviviendo con ellos retozan las parejas disfrutando la inmediatez del verano, sueños de universidad que acaban cuando ella se ha marchado y son exorcizados como un himno frenético que servirá de pretexto para que nuevas duplas fatiguen la hierba. Un pastor se acerca a estos parajes, alejado del ruido y ahora refugiado en el zen, mira con agrado a una bestia hermosa y atemporal disfrutando plenamente del ocio.
El Columpio Asesino “Dime Que Nunca Lo Has Pensado”
Del álbum Diamantes (2011)
