Sonic Youth es calle

Kool Thing

Acababa de almorzar y me encontré con los Sonic Youth en el jirón Quilca. Conversamos y nos fuimos a comprar discos de vinilo. ¿No me crees? Piña, pues. Yo todavía me acuerdo.

Escribe: Fidel Gutiérrez M.

El gringo no dejaba de tomar fotos. Parecía hipnotizado por las portadas descoloridas de los DVD pirata ofrecidos en la puerta de uno de esos tantos puestos especializados en todo que subsisten en la cuadra dos del jirón Quilca; el foco (contra)cultural del centro de Lima.

El gringo escudriñaba también los estantes de libros y yo lo miraba a él desde la acera del frente. Retornaba raudo a mi trabajo tras disfrutar de un nutritivo menú en un restaurante ubicado un poco más allá, cuando la visión de este personaje con facha de añejo mochilero achibolado aletargó mi paso. “Este pata se parece mucho al de Sonic Youth”, pensaba, mientras me acercaba. La conchudez –por las puras uno no es periodista– le metió un codazo a la vergüenza y aceleró las cosas. “¿Thurston?”, le dije, acercándome. “¿Thurston Moore?”. “Yeah, right. How are you?”, me contestó, dándome la mano. Por suerte mi mandíbula se despegó rápido del piso. “¿Qué, qué haces por acá?”. “Buscamos discos de vinilo. Allá están Steve y otros amigos”. Su dedo señalaba hacia la vereda opuesta, pero yo no le quitaba a él los ojos de encima, pensando que tal vez todo esto era tan solo efecto de algún alucinógeno esparcido por error sobre la chispeante merienda que acababa de engullir.

“¿Tú conoces dónde es que venden los discos?”, me pregunta, y vuelvo a la realidad. “Of course!” exclamo. Tras saludar a los otros tres miembros de la comitiva –el baterista Steve Shelley, y un joven estadounidense amigo del grupo y una chica peruana que trabajaba con la productora del concierto, cuyos nombres el aturdimiento del momento me impide recordar– trato de orientarlos y les digo que me sigan, pero es imposible mantener un orden. Moore se muestra entusiasmado en extremo, y con movimientos propios de alguien que corre contra el tiempo y que además ha tomado demasiado café, va de una acera a otra fotografiando fachadas y graffitis (“este es muy punk rock”, dice, cuando ve la palabra ‘kaos’ escrita con tiza). Le digo que mejor fotografíe El Averno, al que se lo describo como el foco de actividad contracultural que en efecto suele ser cuando sus visitantes todavía están sobrios. Me hace caso y apunta la cámara hacia su colorido frontis. Mientras, pienso que mejor sería llevarlos adentro de ese local; pero este está cerrado. Por una parte mejor, porque –¡verdad, ¿no?!– se supone que yo estaba apurado por regresar a trabajar.

“Tenemos que ir por acá”, les digo, tratando subliminalmente de acelerarles el paso; pero es inútil: Thurston sigue con la fotomanía. De pronto, de ese enorme garaje en el que uno encuentra todo tipo de libros y música, una pareja bastante joven, de aspecto emo, se dirige decidida hacia el músico. “¿Nos das un autógrafo?”, le dice la pequeña en castellano, levantando el cuello y alcanzándole un papel y un lapicero. “Claro”, responde él en inglés, y tras firmar, les pide que ambos posen para su cámara. “¡No puedo creerlo!”, dice el chiquillo. “Yo tampoco”, pienso yo. Serán los únicos que reconocerán al célebre neoyorquino hasta que crucemos la avenida Wilson.

“¿Por allí no roban?”, me pregunta la chica que supuestamente oficia de cicerone de los ilustres visitantes. “A esta hora no”, le respondo a su cara de susto. Recién son las tres de la tarde. A las cinco empieza el peligro. “¿Qué fue de los otros?”, le pregunto a Thurston. “Se han ido a la playa”, dice, y se desentiende del asunto, seguro porque ello implicaría hablar de la que ya es su ex esposa. “Kim se fue a comer”, me dice Shelley, mientras sonríe con ese aire bonachón que en nada se condice con la brutal energía que horas después mostraría sobre el escenario del Centro de Convenciones Scencia. “Ella y Lee salieron para allá, pero nosotros quisimos venir a este lugar, porque anoche nos hablaron de él”.

En esos segundos trato de reconstruir los antecedentes. Los Sonic Youth arribaron una noche antes, el miércoles 9 de noviembre, a Lima, y a su llegada al lujoso hotel Westin, de San Isidro –por cierto, uno de los lugares menos indie rock, no solo del Perú sino del planeta entero– fueron recibidos por un contingente de fans que se habían pasado el dato pese al secretismo de los organizadores, que solo querían a la prensa en el lugar. ¿Quién les habrá dicho que fueran a Quilca, un lugar del centro de Lima al que incluso algunos dizque bravos rockeros ven como una sucursal del penal de Lurigancho? ¿Alguno de los músicos (o no-músicos) locales que fueron a esperarlos al hotel para tentar, mismos fans enamorados, foto, charla o autógrafo, o si se podía, todo junto? ¿Algún colega de esa pequeña prensa hiperespecializada en rock de los años 90’s que hoy tanto extrañamos y que también hizo acto de balbuceante presencia? Nunca se sabrá con certeza. No es que importe mucho, en realidad, pienso, mientras retomo la conversación con Steve.

“Si se han ido a la playa han encontrado sol”, le digo, pensando en la oscura sensualidad de Kim Gordon mientras miro el luminoso cielo y agradezco a éste por tan lindo día. “No han ido a nadar”, responde. “Dijeron que iban a comer a la playa. A comer ceviche”. No aguanto la sonrisa por lo gracioso que suena esta última palabra en su boca de gringo y, apelando al reportero de televisión que todos llevamos dentro, le pregunto “¿y tú ya probaste ceviche?”. “No. Me dijeron que era delicioso, pero no puedo comer mucha comida marina por mi estómago”. Miro a Thurston al frente seguir fotografiando entusiasmado las pintas y graffitis. “Hay mucho punk por acá”, dice. “Este es el punto de encuentro de varias tribus urbanas”, le digo, sintiéndome el anfitrión de A la Vuelta de la Esquina. De pronto reparo en un detalle, y le suelto un dato a ver qué pasa. “De acá a unos 200 metros hay un local en el que suelen tocar muchas bandas de hardcore y punk”, le digo, aludiendo al Black Angel Bar, del jirón Camaná. “¿Has ido por allí últimamente?”, me pregunta, sorprendiéndome. “Hace unas cuantas semanas” contesto, sin poder evitar que mi cuerpo se encoja al recordar ese reciente concierto gratuito y vibrante de Kade, Los Mortero y otras joyitas del underground local, en el que cada vez que alguien abría la puerta de la calle, cinco personas teníamos que arrimarnos por la falta de espacio. En ese rato los demás miembros de la comitiva se nos acercan. Parecen impacientes por llegar al destino planeado. “¿No es peligroso ir por allá?”, insiste la chica representante de la productora. “Lo más peligroso es cruzar la pista”, mascullo.

«Son solo dos locales en los que deben estar; procuren no ir más allá», les advierto, un poco contagiado de los temores de la simpática y recelosa fémina (que, por cierto, me confesó no tener idea sobre qué tipo de música hacían sus acompañantes…). Antes, les enseño la puerta del Nuclear Bar. “Este es uno de los pocos locales de Lima dedicados al metal”, les digo. Thurston vuelve a sacar la cámara. Steve pregunta: “¿Acá tocan black metal también?”. “The blackest and sataniest metal in the city”, respondo, improvisando. Les señalo la puerta del costado, una iglesia evangélica, pero parecen no reparar en la ironía, porque ya han visto que están muy cerca de dónde venden sus tan buscados vinilos.

“¿Quiénes son?”, me pregunta uno de los veteranos vendedores del lugar. Las visitas de gringos coleccionistas no son escasas aquí, así que estos resultan ser tan solo unos turistas más, susceptibles a que se les aumente unas cuantas decenas de soles por cada long play comprado “Son Sonic Youth”, respondo. “…Ah, ya… Si puedes mándalos al fondo”, recomienda, sin evidenciar emoción alguna en su rostro, y señalando su puesto de venta. “Pero pregúntales qué están buscando”.

Ya lo había hecho. “Música folk de protesta peruana” fue lo que me dijo Thurston antes de cruzar la avenida Wilson. “Está difícil”, respondí, confundido, mientras en mi mente trataba recordar a algún émulo local de Silvio Rodríguez o de Pete Seeger que haya sacado vinilos, porque –prejuicioso yo– suponía que a ese cliché –el del trovador rebelde y marxista, provisto de una guitarra por toda arma– se estaba refiriendo. “La verdad es que de ese tipo de música no se hicieron muchos discos en esa época”, añadí, con esa certeza atrevida propia de la ignorancia, y con el estereotipo del trovador revolucionario bien enquistado en el cerebro. El desconocimiento de los vendedores al respecto haría que me sintiera menos mal. Así, ni ellos ni yo –ignorantes supinos– atinamos a recomendarle al neoyorkino los discos de gente como Tiempo Nuevo, Kiri Escobar, N.E.P.E.R. o Alturas, sobre cuya existencia reparé recién al día siguiente, gracias a alguien que sí sabe del tema y que no teme compartir sonriente sus luces con neófitos como el autor de estas líneas.

Ya enfrentados a la vasta oferta disquera del local, los músicos se olvidaron de cualquier etiqueta. De pronto Moore ya tenía en sus manos un par de discos de Joao Gilberto por los que el vendedor le estaba pidiendo entre 30 y 40 soles. “¿Está bien ese precio?”, le pregunta a la chica de la productora. “Creo que te los puede dejar a 30 cada uno”, me entrometo. El vendedor no quiere dar su brazo a torcer, pero finalmente acepta. “Si regresamos, vendremos a comprarte más”, dice la chica. El disquero sonríe y comenta, todo galante él, que sería bueno que ella regresara porque a los demás no los conoce. Poco después, seguramente tras ser ilustrado al respecto, el mismo zalamero personaje les pediría a los dos neoyorkinos que le firmaran sendos autógrafos en la funda de un disco de… ¡Joy Division! “Yo no soy de esta banda”, le dirá Shelley. Lo traduzco, y el compadre disquero encuentra la precisa: “Sí, pero tienen su influencia…”

Pero esto ocurriría luego de que me despidiera por primera vez de estos viejos melómanos. “¡Gracias, Thurston; gracias Steve! ¿Podemos tomarnos una foto?”. “Claro”, dicen ambos. Mi trofeo ya estaba ganado y archivado en mi precario celular, y se sumaba al sorpresivo buen rato propiciado por la casualidad. Ahí estaba yo, retratado junto a dos de los tipos que ayudaron a cambiar el sonido del rock. Yo, al lado de dos de los responsables de discos como Evol, Sister o Dirty, que contribuyeron al resquebrajamiento de mi cerebro y a ampliar mis horizontes auditivos. Yo, abrazado a parte viva de la historia. Al salir de la tienda estaba a un paso de dar gracias a quién correspondiera por el solo hecho de estar vivo. Miren lo huachafos que nos pone estar tan cerca de nuestros ídolos.

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La Tornado Lost Band “Saico Girl”

Inspirada en una fan del grupo peruano que más ha contribuido a nuestra autoestima en la última década, “Saico Girl” es la esperanzadora carta de presentación de La Tornado Lost Band, dúo de perfil todavía bajo que nos pide graciosamente “Imaginarse a un chalán peruano en medio del Oeste Americano. Sin pistolas”, pero que al menos en esta canción nos hace imaginar más bien a unos Turbopótamos (otra banda de nombre fenomenal que también le entra al inglés) en onda indie pop country. No perderse tampoco su reposada versión de “Police and Thieves” que, según Wikipedia, no es original de The Clash.

La Tornado Lost Band “Saico Girl”

Turbopótamos “Bigote”

¿Es la nueva canción de Turbopótamos una metáfora sobre el desencanto de la adultez? ¿Es acaso una velada nostalgia por las épocas en que era una despreocupada banda que sólo quería divertirse (y no una que debe enfrentar retos gigantes como el de ser teloneros de Oasis)? ¿Es la respuesta del rock peruano a “Mi Barba Tiene Tres Pelos”? Naa, es sólo una bonita canción con guitarra slide sobre un bigote y un amor perdido. Con ustedes no es, lampiños.

Turbopótamos “Bigote”

Top 10 de cumbia peruana + rock

Odas a los efectos psicotrópicos producidos por ciertos vegetales, el líder de Leusemia infiltrando su épica poesía en un clásico tropical (y mandando saludos a media escena subterránea), Los Ecos versionando a The Beatles, y un grupo de muchachos arequipeños buscándole un lado “positivo” a la visita de cierto ex presidente a su tierra: sí, es una lista pequeña, incompleta y caprichosa, pero nada aburrida.

1. Juaneco y su Combo “Vacilando con Ayahuasca”
2. Los Mojarras “Sarita Colonia”
3. Daniel F “Karamelo de Limón”
4. Los Blacanguay “La Negrita”
5. Los Destellos “Ons’ta la Yerbita”
6. Los Chapillacs “El Mitin del Chino”
7. Los Ecos “Aquí en la Fiesta”
8. La Mente “Radio Funeral”
9. Barrio Calavera “Ska Multiracial”
10. La Sarita “Guachimán”

 

5 grandes momentos del tropirock peruano

1. En 1981, “Chapulín El Dulce”, Jaime Moreyra y los demás miembros de Los Shapis son dibujados como irredentos rockers, con casaca de cuero, jeans rotos y zapatillas blancas en la portada de su primer LP (Los Auténticos Shapis), inspirada casi totalmente en la del Road to Ruin de The Ramones.

2. En el estudio Nazca, Daniel F oficia de productor de los tres primeros LP de Los Jharis, grupo de chicha guitarrera que, al igual que Los Sanders y Pascualillo Coronado, provenía de Ñaña y formaba parte junto a ellos del “Sonido de la Carretera Central”.

3. Los Mojarras, la banda más importante que haya surgido del distrito de El Agustino, editan a mediados de 1992 Sarita Colonia. El álbum, grabado por el ex Narcosis Wicho García en el estudio de Miki González, trae de nuevo y con más fuerza y cohesión que nunca a la música popular peruana la fusión entre el rock y la cumbia.

4. Bareto hace su primer “Homenaje a Juaneco y su Combo” el 30 de noviembre de 2007, en un Sargento Pimienta repleto. Este vibrante concierto –en el que debutaron sus ferrandescas camisas y un par de serpenteantes bailarinas– fue el primer paso para dejar de ser aquella banda instrumental puntillosa pródiga en incursiones algo aletargantes en terrenos del ska y el reggae, para convertirse en la megaexitosa orquesta que es ahora.

5. En el festival La Barrankumbia, el 19 de marzo de 2008, por primera vez una banda clásica como Los Mirlos comparte escenario con grupos de rock actuales, como Barrio Calavera y Los Protones. El escenario también resulta inusual para el legendario combo de Pucallpa: el bar La Noche de Barranco.

¿Es la cumbia peruana el nuevo rock nacional?

Placeres y peligros del affaire entre el rock y la cumbia peruana

Parece haber vida inteligente más allá de Bareto y de las nuevas versiones de “Ya Se Ha Muerto Mi Abuelo”, pero todo indica que corre peligro.

Por Fidel Gutiérrez M.

“¡Oh, no, otro artículo sobre rock y cumbia peruana!”… Seguro que lo acabas de pensar, o tal vez tu hastío te ha llevado a decirlo en voz alta y ha hecho que los que están a tu lado te miren como a un loco. Lamentablemente tienes razón, pero era inevitable. A toda agresión debe seguir una reacción, así sea por escrito, y más aún cuando este maridaje entre el “rock alternativo” (¿todavía significa algo esta etiqueta?) y los ritmos tropicales del pasado empieza a despedir un hedor oportunista y a caer en lo redundante y conformista; todo lo contrario al espíritu que en un primer momento animó a los músicos protagonistas de esta historia, de uno y otro bando.

La revaloración de la cumbia peruana (en un inicio, la amazónica) y su asimilación por parte de sectores no complacientes del rock local prometían precisamente cambiar un estado de cosas monótono y previsible. Basta recordar qué era lo que predominaba en nuestra escena hace un lustro y aparecerán, cual pesadillas, los últimos estertores de bandas nu-metaloides y un enjambre de grupos chikipunk clonados entre sí.

En ese contexto, resultaba sorprendente que gente de background ecléctico e irreprochable, como la de La Mente, empezara a proclamar abiertamente las bondades y la influencia de la cumbia clásica amazónica y a mezclarla con el reggae y sus distintas vertientes. Lo mismo podría decirse de Bareto, quienes fueron los primeros en abiertamente rendir homenaje a referentes concretos; específicamente a los pucallpinos Juaneco y Su Combo, en un memorable concierto en Barranco hace dos años. Desde entonces, su camino hacia la notoriedad ha transcurrido sin problemas y con un imprevisto desvío hacia la inconsecuencia, quizás producto de aquella pérdida de la perspectiva inherente a los ajetreos propios del estrellato.

En este punto sería fácil cargar las tintas y someter a un justificable fuego cruzado de reproches y diatribas a la banda que encabeza Joaquín Mariátegui, por determinados deslices (si hablamos de homenajear a la cumbia peruana, ¿qué diablos hacen “Caballo Viejo” y “Llorando Se Fue» en su muy vendido Cumbia y en sus presentaciones? ¿qué fue de su repertorio propio?). Dado el reconocimiento masivo que ahora tiene el grupo y al papel de iniciadores de esta corriente que le ha endilgado la gran prensa, cualquier incongruencia en la que incurra contribuirá a que toda esta onda de fusión urbana y redescubrimiento de nuestra música popular empiece a parecer una simple francachela. Pero, ¿qué hay de quienes, desde las sombras, arruinan la esencia de una buena idea (hacer confraternizar por vez primera a bandas de punk rock con los grandes nombres de la cumbia peruana en el denominado Festival Bizarro, de octubre de 2008) colando a La Tigresa del Oriente? ¿Qué diferencia este tipo de movidas de aquellas montadas en el balneario de Asia, con Tongo como protagonista de patéticas presentaciones en las que “la gentita” va para soltar una risa antes que por un genuino interés?

Por suerte, la mayoría de encuentros entre bandas rockeras y grupos como Los Mirlos, Los Destellos y Juaneco y su Combo resultan positivas, gracias al buen hacer y al instinto de los integrantes de estas bandas; músicos experimentados que ven con algo de asombro, pero también con cautela este interés de un sector de la juventud limeña que ha terminado sacándolos de sus circuitos habituales (clubes provinciales y locales de baile) para llevarlos a pubs barranquinos y discotecas pachangueras de nuevo cuño.

La Barrankumbia, concierto realizado en el bar La Noche en marzo de 2008, por iniciativa de Barrio Calavera (grupo formado por gente de pasado “subterráneo”), fue el primero de este tipo de encuentros y reunió a esta banda y al garage rock de Los Protones con el “poder verde” y amazónico de Los Mirlos en una fiesta impresionante (con globos, serpentinas y cimbreantes féminas en shortcito, incluidos). Si bien, desde entonces, grupos cumbieros y combos rockeros han compartido escenarios y público sin mayor problema, quedó en claro en ese concierto específico que los venerables músicos de antaño se centran más que nada en divertir al auditorio (desde siempre su meta final y principal indicador de éxito) antes que resaltar aquellos detalles y características por las que las nuevas generaciones los buscan y respetan.

Así, durante el referido recital, la orquesta que lidera Jorge Rodríguez Grandez, prefirió desarrollar ajenos temas de moda (como “El Embrujo”) y recurrir a pistas y teclados, en vez de hurgar un poco más en su propio catálogo e incidir en los mágicos e hipnóticos despliegues guitarreros del señor Danny Johnston.
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Novalima “Coba Guarango”

Vivo en un país donde la música que se escucha en la calle es llamada “world music” en otras partes del mundo. Será por eso que nunca me he sentido motivado ni impulsado a escuchar música “exótica”. Más como etiqueta que como experiencia, la world music es para mí música de otro planeta, un ghetto global de sonidos que sólo visito por accidente o arranques de esnobismo. Y fue precisamente sin querer que aterricé hace un rato en un prestigioso ranking europeo dedicado a este “género”, y donde descubro, además de la presencia en lugar expectante de Sonido Amazónico!, disco de la banda neoyorkina Chicha Libre que recrea la cumbia peruana, que el primer puesto lo ocupa nada menos que el álbum más reciente de Novalima (¿nuestro propio Vampire Weekend?), el combo nacional que ha logrado con gran éxito, de crítica y público, lo que parecía, a juzgar por los fracasados intentos por parte de otros músicos (criollos de pura cepa y oportunistas del nacionalismo por igual) una utopía, si no una pésima idea: modernizar la música afroperuana. ¡Dénles ya los laureles deportivos!

Novalima “Coba Guarango”
Del álbum Coba Coba (2008)

Los Protones “Come On”

En el único tema cantado de su álbum debut, el combo instrumental peruano Los Protones nos ofrece una sorprendentemente sensual reinterpretación del clásico de Los Saicos (¿qué canción de ellos no lo es a estas alturas?) de la manito de su insólita invitada, Natasha Luna (también con su propio disco bajo el brazo). ¡Qué esperan para unir fuerzas, manganzones!

Los Protones “Come On”
Del álbum Los Protones (2009)

Como Un Fan: Beto Ortiz

Habitual kamikaze televisivo, aparentemente Beto Ortiz no tendría nada que decirnos acerca de las reglas jamás escritas del buen gusto en música. Tampoco creo que le interesaría cumplir con aquella aburrida e innecesaria asignatura. Y sinceramente, tampoco a nosotros publicarla, los fundamentalismos y dogmas sonoros se los dejamos a los tenores de la Sra. Mabela Martínez. En Como un Fan, flamante sección de la edición impresa de 69, e inaugurándola en su etapa bloguera, Beto comparte con nosotros sus gustos musicales, digamos que oficiando como una Diana García reciclada (sí, la de «Tú, yo y mis discos»), se acerca a su colección de álbumes y fetiches sonoros. ¿Conseguimos con ello revelar el otro lado de Beto? Esa labor le corresponde a eminencias como Jorge Bruce, no a nosotros. Buscamos las respuestas de Ortiz por una simple y sencilla razón: nos gusta como escribe. Así de sencillo y sin rodeos. Digamos que nuestro universo sonoro discurre en márgenes distantes: los musicales no son santos de nuestra devoción (uno de los pocos que nos encadila, Hedwig and the Angry Inch fue masacrado en su adaptación teatral por el insufrible Giovanni Ciccia) y no nos vamos a dormir escuchando el lloriqueo en clave emo de Evanescence, pero hay algo que nos une más que todo, algo que marca en fuego vivo quizá el inicio de una gran amistad: nuestro desprecio y odio absoluto a la canción más horrible que pudo haber grabado Andrés Calamaro.

¿Qué canción ha estado sonando en tu cabeza todo el día?
«Blame it on the rain, yeah, yeah!!!…», canción de los negros bamba Milli Vanilli que fueran desafiados por Luis Miguel quien sostiene exactamente lo contrario: «No culpes a la noche, no culpes a la lluvia…»

¿Cuál fue el primer CD que compraste o te compraron? ¿Cuánto te costó y qué año era?
El primer disco que me compraron era un vinilo. Un 45, para ser exactos. La canción, una orgía de sintetizadores llamada «Funkytown» del grupo Lipps Inc. Debe haber sido a finales de los 70.

¿Cuál es el disco que más has escuchado de tu colección?
No es uno, son diez que incluso llevo conmigo cuando viajo cual kit de primeros auxilios; Nat King Cole en español, Corazones de Los Prisioneros, The Lion King (la música de la obra de Broadway), Chet Baker, Tres Gimnopedias de Eric Satie, Sin Documentos de Los Rodríguez, el Réquiem de Mozart, la banda sonora de Bleu, Pink Martini (Sympathique) y Ciudad Naufragio de Pelo Madueño.

¿Qué disco te ha decepcionado abrumadoramente?
La insufrible y pelotuda pompa de los Episodios Sinfónicos de Cerati y toda la bazofia tonerita del infecto Grupo 5 en cualquiera de sus putrefactas presentaciones. Cuando los escucho sonar en algún departamento contiguo en mi edificio, llamo automáticamente al serenazgo.

¿Qué artista o grupo, que algunas vez odiaste prejuiciosamente, es ahora uno de tus imprescindibles?
Evanescence.

¿Qué canción de alguno de tus grupos favoritos te parece un auténtico mamarracho?
Esa en la que Calamaro canta: «Maradona no es una persona cualquiera…» Está bien que opines eso, zambo, pero, por el amor de Dios, no lo cantes, pues, no jodas…

¿Cuál es tu película favorita y si pudieras ponerle una sola canción como soundtrack, ¿cuál sería?
El Perfecto Asesino. Y le pondría: «Tranquila, baby, baby, baby…pronto saldrás de aquí…» de Pelo Madueño.

¿Qué hit de un one hit wonder te hubiera gustado componer?
«Tenderness» de General Public.

Si pudieras elegir una banda de cualquier época de la historia del rock y uno solo de sus temas para un concierto en tu cuarto, ¿a quiénes y qué tema eliges? ¿Por qué?
«Bohemian Rhapsody» de Queen. Porque es la mejor canción de la historia de la humanidad y del universo. Y eso incluye a Beethoven y a la música de las esferas.

¿Hay algo que extrañes de los cassettes?
Sí, rewindear o fast-forwardear con el botón de play apretado para escucharlo todo acelerado.

¿Hay algo que no te guste de los CDs?
Sí, las cajas. Se hacen mierda en los viajes. Y los precintos de seguridad. Me demoro tres cuartos de hora en abrirlos.

¿Tienes algún álbum en casette, CD y vinilo a la vez?
Sí. Tea for the Tillerman de Cat Stevens, la banda sonora de Jesus Christ Superstar, la de Grease, Thriller, Flashdance, Footloose, Lucha Reyes…

¿Has preparado alguna vez un mix tape? ¿Qué canción nunca faltaría en un recopilatorio tuyo?
No, nunca. Canto horrible. Supongo que incluiría «Gopher Mambo» de Yma Súmac.

¿Cuál es el mejor cover que has escuchado?
Creo que uno cabrísimo: «Lay All Your Love on Me» de Abba cantada por Erasure, aunque no estoy muy seguro de qué significa cover. ¿Es eso?

¿Qué disco considerado clásico te parece sobrevalorado?
Cualquier cosa de Hendrix, Joplin o Marley. Porque engordan. O sea, tanta marihuana me da tanta hambre que, o sea, me engorda.

¿Compras discos por qué te gustan las portadas? ¿Compras discos porque lees reseñas favorables en los medios?
No. Por las portadas se elige a los libros, no a los discos. Y no, jamás he leído la reseña de un disco. ¿Angel Páez filosofando sobre Wilindoro Cacique? No, thanks. Tengo a Marguerite Duras esperándome años en la repisa y me voy a poner a leer a Angel Páez. No hay forma.

¿Qué grupo es too much cuando estás sensible, pero igual lo escuchas?
¿Cómo que «cuando estoy sensible»? Sensible estoy siempre, por favor, me ofende la pregunta. And the winner is: Los Zañartu: «Toda, toda mi ternura, mi esperanza pura, te voy a entregar. Nada, nada de temores, yo de mil amores, te voy a adorar». ¿Hay idiotez más sublime?

¿Qué canción le dedicarías a la novi@ que te está dejando?
Esa de Bebe que dice: «Malo, malo, malo eres, no se daña a quien se quiere, no…» Qué tal maric@ éste.

¿Qué canción no debería dejar de programarse en una discoteca que se precie de serlo?
¿Cómo es una discoteca que se precie de ser una discoteca? ¿Una discoteca con autoestima? No sé, no entiendo. Pero en mi otra vida, cuando tenía discoteca, solía prohibir la ma-yo-ne-sa, la macarena, el perrito y el meneíto, ahí, ahí, ahí. Supongo que hoy vetaría la culebrítica. Una generación completa de peruanos es hoy testimonio vivo de que esos temitas legaron a la patria una masiva e irreparable hecatombe cerebral.