Sonic Youth es calle

Kool Thing

Acababa de almorzar y me encontré con los Sonic Youth en el jirón Quilca. Conversamos y nos fuimos a comprar discos de vinilo. ¿No me crees? Piña, pues. Yo todavía me acuerdo.

Escribe: Fidel Gutiérrez M.

El gringo no dejaba de tomar fotos. Parecía hipnotizado por las portadas descoloridas de los DVD pirata ofrecidos en la puerta de uno de esos tantos puestos especializados en todo que subsisten en la cuadra dos del jirón Quilca; el foco (contra)cultural del centro de Lima.

El gringo escudriñaba también los estantes de libros y yo lo miraba a él desde la acera del frente. Retornaba raudo a mi trabajo tras disfrutar de un nutritivo menú en un restaurante ubicado un poco más allá, cuando la visión de este personaje con facha de añejo mochilero achibolado aletargó mi paso. “Este pata se parece mucho al de Sonic Youth”, pensaba, mientras me acercaba. La conchudez –por las puras uno no es periodista– le metió un codazo a la vergüenza y aceleró las cosas. “¿Thurston?”, le dije, acercándome. “¿Thurston Moore?”. “Yeah, right. How are you?”, me contestó, dándome la mano. Por suerte mi mandíbula se despegó rápido del piso. “¿Qué, qué haces por acá?”. “Buscamos discos de vinilo. Allá están Steve y otros amigos”. Su dedo señalaba hacia la vereda opuesta, pero yo no le quitaba a él los ojos de encima, pensando que tal vez todo esto era tan solo efecto de algún alucinógeno esparcido por error sobre la chispeante merienda que acababa de engullir.

“¿Tú conoces dónde es que venden los discos?”, me pregunta, y vuelvo a la realidad. “Of course!” exclamo. Tras saludar a los otros tres miembros de la comitiva –el baterista Steve Shelley, y un joven estadounidense amigo del grupo y una chica peruana que trabajaba con la productora del concierto, cuyos nombres el aturdimiento del momento me impide recordar– trato de orientarlos y les digo que me sigan, pero es imposible mantener un orden. Moore se muestra entusiasmado en extremo, y con movimientos propios de alguien que corre contra el tiempo y que además ha tomado demasiado café, va de una acera a otra fotografiando fachadas y graffitis (“este es muy punk rock”, dice, cuando ve la palabra ‘kaos’ escrita con tiza). Le digo que mejor fotografíe El Averno, al que se lo describo como el foco de actividad contracultural que en efecto suele ser cuando sus visitantes todavía están sobrios. Me hace caso y apunta la cámara hacia su colorido frontis. Mientras, pienso que mejor sería llevarlos adentro de ese local; pero este está cerrado. Por una parte mejor, porque –¡verdad, ¿no?!– se supone que yo estaba apurado por regresar a trabajar.

“Tenemos que ir por acá”, les digo, tratando subliminalmente de acelerarles el paso; pero es inútil: Thurston sigue con la fotomanía. De pronto, de ese enorme garaje en el que uno encuentra todo tipo de libros y música, una pareja bastante joven, de aspecto emo, se dirige decidida hacia el músico. “¿Nos das un autógrafo?”, le dice la pequeña en castellano, levantando el cuello y alcanzándole un papel y un lapicero. “Claro”, responde él en inglés, y tras firmar, les pide que ambos posen para su cámara. “¡No puedo creerlo!”, dice el chiquillo. “Yo tampoco”, pienso yo. Serán los únicos que reconocerán al célebre neoyorquino hasta que crucemos la avenida Wilson.

“¿Por allí no roban?”, me pregunta la chica que supuestamente oficia de cicerone de los ilustres visitantes. “A esta hora no”, le respondo a su cara de susto. Recién son las tres de la tarde. A las cinco empieza el peligro. “¿Qué fue de los otros?”, le pregunto a Thurston. “Se han ido a la playa”, dice, y se desentiende del asunto, seguro porque ello implicaría hablar de la que ya es su ex esposa. “Kim se fue a comer”, me dice Shelley, mientras sonríe con ese aire bonachón que en nada se condice con la brutal energía que horas después mostraría sobre el escenario del Centro de Convenciones Scencia. “Ella y Lee salieron para allá, pero nosotros quisimos venir a este lugar, porque anoche nos hablaron de él”.

En esos segundos trato de reconstruir los antecedentes. Los Sonic Youth arribaron una noche antes, el miércoles 9 de noviembre, a Lima, y a su llegada al lujoso hotel Westin, de San Isidro –por cierto, uno de los lugares menos indie rock, no solo del Perú sino del planeta entero– fueron recibidos por un contingente de fans que se habían pasado el dato pese al secretismo de los organizadores, que solo querían a la prensa en el lugar. ¿Quién les habrá dicho que fueran a Quilca, un lugar del centro de Lima al que incluso algunos dizque bravos rockeros ven como una sucursal del penal de Lurigancho? ¿Alguno de los músicos (o no-músicos) locales que fueron a esperarlos al hotel para tentar, mismos fans enamorados, foto, charla o autógrafo, o si se podía, todo junto? ¿Algún colega de esa pequeña prensa hiperespecializada en rock de los años 90’s que hoy tanto extrañamos y que también hizo acto de balbuceante presencia? Nunca se sabrá con certeza. No es que importe mucho, en realidad, pienso, mientras retomo la conversación con Steve.

“Si se han ido a la playa han encontrado sol”, le digo, pensando en la oscura sensualidad de Kim Gordon mientras miro el luminoso cielo y agradezco a éste por tan lindo día. “No han ido a nadar”, responde. “Dijeron que iban a comer a la playa. A comer ceviche”. No aguanto la sonrisa por lo gracioso que suena esta última palabra en su boca de gringo y, apelando al reportero de televisión que todos llevamos dentro, le pregunto “¿y tú ya probaste ceviche?”. “No. Me dijeron que era delicioso, pero no puedo comer mucha comida marina por mi estómago”. Miro a Thurston al frente seguir fotografiando entusiasmado las pintas y graffitis. “Hay mucho punk por acá”, dice. “Este es el punto de encuentro de varias tribus urbanas”, le digo, sintiéndome el anfitrión de A la Vuelta de la Esquina. De pronto reparo en un detalle, y le suelto un dato a ver qué pasa. “De acá a unos 200 metros hay un local en el que suelen tocar muchas bandas de hardcore y punk”, le digo, aludiendo al Black Angel Bar, del jirón Camaná. “¿Has ido por allí últimamente?”, me pregunta, sorprendiéndome. “Hace unas cuantas semanas” contesto, sin poder evitar que mi cuerpo se encoja al recordar ese reciente concierto gratuito y vibrante de Kade, Los Mortero y otras joyitas del underground local, en el que cada vez que alguien abría la puerta de la calle, cinco personas teníamos que arrimarnos por la falta de espacio. En ese rato los demás miembros de la comitiva se nos acercan. Parecen impacientes por llegar al destino planeado. “¿No es peligroso ir por allá?”, insiste la chica representante de la productora. “Lo más peligroso es cruzar la pista”, mascullo.

«Son solo dos locales en los que deben estar; procuren no ir más allá», les advierto, un poco contagiado de los temores de la simpática y recelosa fémina (que, por cierto, me confesó no tener idea sobre qué tipo de música hacían sus acompañantes…). Antes, les enseño la puerta del Nuclear Bar. “Este es uno de los pocos locales de Lima dedicados al metal”, les digo. Thurston vuelve a sacar la cámara. Steve pregunta: “¿Acá tocan black metal también?”. “The blackest and sataniest metal in the city”, respondo, improvisando. Les señalo la puerta del costado, una iglesia evangélica, pero parecen no reparar en la ironía, porque ya han visto que están muy cerca de dónde venden sus tan buscados vinilos.

“¿Quiénes son?”, me pregunta uno de los veteranos vendedores del lugar. Las visitas de gringos coleccionistas no son escasas aquí, así que estos resultan ser tan solo unos turistas más, susceptibles a que se les aumente unas cuantas decenas de soles por cada long play comprado “Son Sonic Youth”, respondo. “…Ah, ya… Si puedes mándalos al fondo”, recomienda, sin evidenciar emoción alguna en su rostro, y señalando su puesto de venta. “Pero pregúntales qué están buscando”.

Ya lo había hecho. “Música folk de protesta peruana” fue lo que me dijo Thurston antes de cruzar la avenida Wilson. “Está difícil”, respondí, confundido, mientras en mi mente trataba recordar a algún émulo local de Silvio Rodríguez o de Pete Seeger que haya sacado vinilos, porque –prejuicioso yo– suponía que a ese cliché –el del trovador rebelde y marxista, provisto de una guitarra por toda arma– se estaba refiriendo. “La verdad es que de ese tipo de música no se hicieron muchos discos en esa época”, añadí, con esa certeza atrevida propia de la ignorancia, y con el estereotipo del trovador revolucionario bien enquistado en el cerebro. El desconocimiento de los vendedores al respecto haría que me sintiera menos mal. Así, ni ellos ni yo –ignorantes supinos– atinamos a recomendarle al neoyorkino los discos de gente como Tiempo Nuevo, Kiri Escobar, N.E.P.E.R. o Alturas, sobre cuya existencia reparé recién al día siguiente, gracias a alguien que sí sabe del tema y que no teme compartir sonriente sus luces con neófitos como el autor de estas líneas.

Ya enfrentados a la vasta oferta disquera del local, los músicos se olvidaron de cualquier etiqueta. De pronto Moore ya tenía en sus manos un par de discos de Joao Gilberto por los que el vendedor le estaba pidiendo entre 30 y 40 soles. “¿Está bien ese precio?”, le pregunta a la chica de la productora. “Creo que te los puede dejar a 30 cada uno”, me entrometo. El vendedor no quiere dar su brazo a torcer, pero finalmente acepta. “Si regresamos, vendremos a comprarte más”, dice la chica. El disquero sonríe y comenta, todo galante él, que sería bueno que ella regresara porque a los demás no los conoce. Poco después, seguramente tras ser ilustrado al respecto, el mismo zalamero personaje les pediría a los dos neoyorkinos que le firmaran sendos autógrafos en la funda de un disco de… ¡Joy Division! “Yo no soy de esta banda”, le dirá Shelley. Lo traduzco, y el compadre disquero encuentra la precisa: “Sí, pero tienen su influencia…”

Pero esto ocurriría luego de que me despidiera por primera vez de estos viejos melómanos. “¡Gracias, Thurston; gracias Steve! ¿Podemos tomarnos una foto?”. “Claro”, dicen ambos. Mi trofeo ya estaba ganado y archivado en mi precario celular, y se sumaba al sorpresivo buen rato propiciado por la casualidad. Ahí estaba yo, retratado junto a dos de los tipos que ayudaron a cambiar el sonido del rock. Yo, al lado de dos de los responsables de discos como Evol, Sister o Dirty, que contribuyeron al resquebrajamiento de mi cerebro y a ampliar mis horizontes auditivos. Yo, abrazado a parte viva de la historia. Al salir de la tienda estaba a un paso de dar gracias a quién correspondiera por el solo hecho de estar vivo. Miren lo huachafos que nos pone estar tan cerca de nuestros ídolos.

Continuar leyendo «Sonic Youth es calle»

Canta Victoria Mil

Poco antes de su arribo a Lima, donde este jueves 3 de junio tocará por primera vez, hablamos con Miguel Castro, cantante y tecladista de la banda argentina Victoria Mil. La charla recorrió diversos temas: su rara longevidad en un medio como el indie, en el que lo efímero es la norma; su indómito eclecticismo y su afición por Los Auténticos Decadentes, a quien considera los Kraftwerk de Sudamérica.

La prestigiosa agrupación viene fresca de su primer periplo por México, país convertido de un tiempo a esta parte en la meca del rock independiente latinoamericano. Los comentarios sobre sus presentaciones no han podido ser mejores, así que lo que nos espera ver a los limeños promete ser algo de un muy buen nivel.

La cita es en la discoteca miraflorina Bizarro (junto a los locales Kinder –que presentan su primer CD de largo aliento-, y Resplandor –organizadores del encuentro). Es una buena oportunidad de ver a una buena banda sudamericana cuya propuesta nada tiene que envidiar a la de tanto anglosajón poco original que suele caer por acá en los últimos tiempos.

Por Fidel Gutiérrez M.

Ya que es la primera vez que hablamos, me gustaría saber directamente por qué al comienzo se llamaron Victoria Abril. ¿Tanto admiraban a esa actriz española?
No. La verdad es que lo que más me gustaban eran las palabras. Es un mes y una palabra muy simple. Ella es muy buena actriz, pero nuestro fanatismo no llegaba hasta ahí.

¿Y cómo fue que ella les dio ese jalón de orejas que terminó cambiándoles el nombre?
Nos mandaron una carta de un estudio de abogados muy importante de Buenos Aires. Entonces éramos muy inocentes y recién empezábamos. Quizás hoy en día lo hubiéramos peleado más, pero en aquella época éramos muy jóvenes y los abogados que consultábamos nos decían que no íbamos a ganar, que esos abogados eran muy importantes. Y todo quedó en cambiar las palabras. Fue parte de una anécdota, nada más.

¿Qué crees que diferencia al Victoria Abril de los dos primeros discos con el Victoria Mil de ahora?
Hay un montón de cosas muy similares, pero creo que es una situación igual a como cuando vas construyendo algo que no sabes terminará siendo, y que cada vez va tomando más forma. Entiendo que entre el primer disco y ahora hay un montón de diferencias, pero es porque también hemos crecido en un montón de sentidos. Como compositores crecimos. Nuestras letras son mejores. No noto que algo se esté degradando. No noto que Victoria Mil y sus discos sean peores que antes, sino que vamos creciendo y cada vez a pasos más grandes. Además tenemos con Leo Santos (baterista) y con Julián Della Paolera (guitarrista) una conexión desde niños. Con una mirada podemos decirnos muchas cosas.

Lo que encuentro diferente a todo lo demás es el sonido que tenían en la época Este Cielo de Estrellas Caerá (2003); mucho más tirado a lo electrónico.
Ese disco representa un quiebre, porque en ese momento se fue nuestro baterista original, que vuelve para el disco Estoy Bien Bien Bien; y también se va el bajista. En ese disco empieza a tocar el bajo quien hoy nos acompaña, Sebastián Velásquez, y también Gabo Manelli (de Babasónicos), pero nos encontramos solos Julián y yo, y como ya en el disco Armas (2000) preparábamos algo de ese tipo, dimos ese vuelco electrónico, con programaciones. Además, nos faltaban personas. Allí quedó bien claro que el grupo éramos nosotros dos.

En ese disco está «G-13», una de las canciones suyas que más me gusta. Comparo su letra y la de otras de entonces con las de las canciones de Muy Lejos, que es su último álbum, y veo que ahora sus textos son menos crípticos. ¿Es su intención ahora ser más directos?
Es más directo el último disco en muchos sentidos. Hay letras de Julián muy directas. A la vez buscamos encontrar la forma de sintetizar. Hay todo un halo de locura; hay como palabras muy lindas, con mucha belleza. Hay cosas taoístas, con filosofía china. Creo que a medida que pasaron los años sintetizamos un montón de cosas y cada vez somos más claros; entonces, a la gente que te escucha esas letras les tocan en donde tienen que tocar.

No decir cosas concretas durante tanto tiempo implicaría decaer como letristas, ¿no?
Pues yo siento que Victoria Mil siempre fue un grupo disparador… Con el tiempo nuestras letras van tomando diferentes connotaciones porque van envejeciendo muy bien. Y nunca hemos sido un grupo de esos a los que les gusta explicar sus letras. Cada frase de Victoria Mil se puede interpretar para cualquier lado.

Me parece genial una frase tan directa como la del estribillo de «Cada Golpe», la canción con la que empieza el último disco. Es un gran ejemplo de síntesis.
(ríe) A mi también me encanta. Es como si hablara un grupo lleno de buenas intenciones.

Un grupo que también tiene un lado “polémico” cuando hablan de ciertos temas. Me sorprendió saber que «Intelligent», que está en su penúltimo disco, y que es casi un instrumental, había levantado tanta polvareda porque mencionan ciertas drogas. ¿Aún hay en tu país ese temor a hablar de cosas que finalmente resultan cotidianas, gusten o no?
(ríe) Hay gente a la que le gusta, pero hay otra que le quitaría lo que se escucha al inicio del tema [el diálogo entre un usuario y un dealer]. Hay gente a la que le da bronca porque no se anima. Creo que los estados alucinógenos o la alteración de la conciencia se han utilizado siempre. En Perú también hay mucho de ello, y para nosotros no es tabú. Claro, tampoco es que hagamos apología, pero mientras se sepan hacer las cosas para divertirse o para aprender, está bien. También nosotros hemos tomado plantas. Es algo que nos gusta y lo tomamos como un aprendizaje.

Y ya que estamos en el tema ¿existe este Robotino del que hablas en la canción del mismo nombre del último disco?
(ríe) ¿Quieres saber si es una droga nueva?

¿O es parte del imaginario de la banda?
Es parte de nuestro imaginario, y del efecto mismo que tiene la voz en la canción. Y es parte de lo que le pasa también a mucha gente. ¿Quién no ha sentido alguna vez que no iba a poder llegar a su casa?

El Rock Vive en Ellos

Al revisar las notas que les han hecho en tu país por la salida del disco Muy Lejos, encuentro que en todas ellas hay sorpresa por la longevidad de la banda. ¿Será que ya hay suficiente espacio en Argentina como para que una banda inclasificable e independiente como Victoria Mil pueda subsistir más de una década?
Hay poco espacio en realidad, pero igual hay un montón de bandas surgiendo y un montón de cosas pasando, pero la verdad es que lo que nos mantuvo hasta hoy en día vigentes fue nuestro desinterés hacia los medios, porque siempre fuimos una banda de verdad y nunca estuvimos atados a una cuestión de moda o época. Siempre lo primordial en Victoria Mil fue la música. Quisimos crear nuestro propio universo y siempre supimos que se iban a tardar en comprenderlo, porque al estar afuera de los medios, recién la gente empieza a descubrirte pasado el tiempo.

Continuar leyendo «Canta Victoria Mil»

Natasha Luna en español

No quiere que entiendas ni que te identifiques con lo que dice en su música; pero sí que la escuches. Natasha Luna inicia este jueves 18 de febrero una nueva etapa. Será la primera vez que se presente en público –junto a Dolores Delirio, anfitriones de la velada, y los rocanroleros Tempo- junto al sexteto de músicos que logró ensamblar tras un poco concurrido casting.

Luego de dos años dedicados a los estudios, la sorprendente cantautora retoma su faceta musical y en esta y en las posteriores presentaciones que tiene pactadas para marzo, repasará Emilio (2005) y su secuela, apodada N (2008), a falta de un título formal. Confluirán pues por vez primera sobre los escenarios limeños, las intensas y melancólicas melodías del primero y las complejas composiciones que convirtieron a ese segundo y poco difundido CD en objeto de asombro y culto. A la vez, ya prepara un nuevo disco, que, para no perder la costumbre, parece que será distinto al anterior.

Entrevista Fidel Gutiérrez M.

Sacaste tu segundo disco a fines del 2008. ¿Aún te sientes metida en él o ya estás componiendo nuevas canciones?
Desde hace un tiempo estoy con lo del tercer disco; pero los ensayos que estoy teniendo para los conciertos que se vienen me han hecho volver a vivir de otra forma el tanto este como el anterior disco, porque ahora estoy tocando con una banda que conseguí a partir de un casting.

Eso fue el año pasado, ¿no? Recuerdo que la palabra que usaste fue “concurso” y no “casting”.
Sí. Vino muy poca gente, pero los que se quedaron están muy bien; ninguno es divo. Es una cosa muy rara… Con eso he vuelto de alguna manera a los discos anteriores, y tengo que hacerlo para que los conciertos tengan sentido. Pero mi cabeza ya está en el tercer disco. Desde hace un año estoy componiendo temas y creo que lo que salga será de algún modo, por momentos, mucho más simple que el segundo, pero (piensa)… No sé si el segundo puede ser más conchudo que el primero y el primero más simple que el segundo…

Para el oyente de hecho que el segundo es mucho menos simple que Emilio. Sus temas tienen muchos movimientos distintos dentro de sus estructuras. Y también usas más instrumentos.
Eso tuvo que ver con todo lo que yo llevaba en la cabeza en ese momento. El segundo disco es mucho más fuerte y con diversos ambientes, y más uso de batería y guitarra. Pero el tercero probablemente no tenga ni batería ni bajo ni guitarra, salvo en un par de temas.

¿Por qué?
No lo sé. Creo que esa energía que me dio para el segundo disco ya bajó.

Entonces, ¿retornará el predominio de tu piano?
Será más simple, pero no más debilucho. Tendrá la fuerza del segundo, solo que sin la guitarra o la batería.

En N participaron más músicos que en Emilio. ¿Hubo momentos de creación colectiva o tú llevabas las ideas definidas al estudio?
Fue como en el primero. Ya tenía las ideas definidas. Algunas cosas se fueron dando en el estudio… A veces les digo a los músicos que participen libremente, pero en general todo este proyecto sigue siendo personal.

En un par de temas del segundo disco (“Some Day the Lake Will Come to Me” y “Waltz for an Albatross”) se nota presencia del metal pesado. Incluso hay quien ha escrito que en ese disco te acercaste al metal progresivo. ¿Fue algo intencional?
Puede ser. Hay algunas cosas del metal que me gustan, pero la mayoría no; pero supongo que si quería ir hacia la fuerza tenía que llegar a lo que sí me gusta de ese estilo, que es cierto tipo de batería y de guitarra, pero no el rock pesado como tal… Pero son cosas que se me dieron en ese momento.

¿A qué crees que se debió?
Quizás porque cuando salió el primer disco me dijeron mucho que tenía una influencia medio caleta del doom metal me animé a escuchar un poco de eso. Nunca había escuchado ese estilo. Quizás algunas cosas se me quedaron… Pero no escucho mucho eso. Pueden haber sido dos o tres temas los que más influyeron, pero no un disco entero. No escucho mucho el metal. Me desgasta.

¿Y en tus nuevos temas mantienes la característica de no cantar en español?
Sí. Incluso estoy usando más un idioma inventado, el machtechense, que utilicé un poco en el primer disco y más en el segundo…Es que creo que ya perdí todas las ganas de decir algo concreto en la música… Pero lo del inglés es porque sonoramente se emparentaba más con lo que hacía. No era por usar un determinado idioma. El español todavía me resulta muy de balada. Hay algo muy seco en él. No tiene la fluidez de sonido que siento en el inglés.

Esto de crearte un idioma propio ¿a qué responde? ¿Quizás a hacer una realidad propia, ajena a esta?
Siempre he jugado con los idiomas de esa forma, sin pensar mucho en por qué. Si lo pienso mucho, veo que todo tipo de letra llega en algún momento a ser pobre, incluso la mejor escrita. No llega a cubrir las cosas que quiero o, peor aún, a no interesarme; y me parece que inventar un idioma es más que nada inventar sonidos, y eso me permite meterlo como un instrumento más en la música. Me sirve para… No se qué pensará la gente respecto a mi música, pero yo me estoy divirtiendo mucho con lo que hago (risas). Tal vez no doy esa imagen.

El concepto de diversión no está asociado para nada con tu música.
Es todo lo contrario, pero la paso muy bien.

La gente que se interesa por tu música ¿qué no tendría que esperar de ella? Es un hecho que muchos quieren saber de qué estás cantando, pero en el segundo disco, a diferencia de Emilio, ni siquiera pusiste las letras de las canciones.
Ni siquiera le puse título. La “N” sale porque estaba obligada a poner algo… Hay una idea que tiene la mayoría sobre la expresión de sentimientos. En base a ella se identifican con tal o cual cosa, y yo no voy mucho por ese lado. No busco ser expresiva. Me dicen que lo que hago es muy hermético. De algún modo es así adrede pero también tiene que ver con cómo soy. Entonces, puede ser que con el machtechense o que con que el tipo de música que hago me esté blindando. No estoy buscando que alguien me diga que se identifica con lo mío. Tal vez porque no suelo andar con mucha gente es que esta idea del emparentamiento con lo que escuchas no tiene sentido para mi. Lo mío no es buscar sentimientos y experiencias con las que te puedas identificar. Es muy frío en ese sentido y soy consciente de ello. Lo que me perturba es que la gente confunda frío con deshonestidad. A veces pasa, aunque ese criterio de la honestidad es muy ambiguo y no debería usarse en la música.

Continuar leyendo «Natasha Luna en español»

Zoé: Psicodelia brit-mex

Es el grupo mexicano que más británico suena y el que mayor éxito ha tenido durante esta década en su país. Desde que en 2001 editaran su primer disco, los miembros del grupo Zoé han mostrado que sus pretensiones creativas y sus ambiciones no son minúsculas.

Tras un primer disco (Zoé) de variedad casi esquizofrénica (en el que convivían la onda “madchester”, trip hop, northern soul, rock sicodélico y, en general, casi todo el catálogo del pop británico de los años 90), el quinteto empezó a definir su propia personalidad, sin dejar de rendir cuentas a sus principales influencias.

Rocanlover, lanzado en 2003, fue su primer gran hito. Una canción como “Veneno” pagaba con creces el precio de un disco de sonido más directo y cuajado, desprovisto de adornos efectistas. Sería el último que grabarían para un sello multinacional, antes de pasar a la independiente Noiselab y de obtener en 2005 un inesperado éxito de ventas con el EP The Room, que se prolongaría con el estupendo Memo Rex Commander y el Corazón Atómico de la Vía Láctea.

La confirmación de su impensada (se trata, finalmente, de una banda de indie rock en un país latinoamericano) masividad, se dio con la tremenda convocatoria de su concierto de celebración por sus diez años de existencia. El show fue inmortalizado en el CD / DVD 281107, de idéntico éxito de ventas.

Con el disco Reptilectric, editado el año pasado, el quinteto confirmó que la fama no ha devaluado su propuesta artística. El tema título, y singles melódicos como “Nada” o “Poli”, difundidos incesantemente por los canales musicales de televisión por cable, son solo una muestra de las diversas facetas de la banda. Una de ellas es la de la exploración sónica, desplegada con mayor énfasis en Reptilectric Revisitado; editado hace poco, en el que grandes de diversos países, como Mad Professor, Colder, Sebastien Tellier y Pánico, rehacen sus canciones.

Es en medio de este buen momento creativo y comercial que Zoé visitará Lima. Su esperado concierto, programado para el jueves 10 de diciembre en la discoteca Vocé, de Lince, sirvió de oportuno pretexto para conversar con su guitarrista, Sergio Acosta, y así saber más de ellos.

Entrevista Fidel Gutiérrez

La mayoría de grupos mexicanos que son populares en Perú suelen introducir elementos propios de la música de tu país. Parece que ese no es el caso de Zoé ¿o no hemos reparado en ello aún?
Creo que te refieres a una generación de bandas anterior, donde había más referentes musicales y geográficos de la mexicanidad. Pero en nosotros no hay eso. No es planeado. Partimos de una música que es la que nos sale y nace. Es un rock más universal. Crecimos oyendo mucha más música inglesa que mexicana. Sí escuchamos a Caifanes [Saúl Hernández participó en la canción “Electricidad”, de su primer disco], o a bandas de afuera como Soda Stereo, pero somos parte de una generación que está haciendo música más universal. Hay muchas bandas muy interesantes y en ellas ves lo mismo que te digo: no tienen mexicanismos a la hora de hacer música, y eso es algo que ha enriquecido mucho a la escena nacional, porque se están haciendo cosas muy diversas, que no tienen necesariamente que ver con elementos folclóricos. Pero finalmente somos mexicanos y eso de alguna manera debe expresarse en la música.

¿Conoces algo de la música que se hace en Perú?
A lo mejor he escuchado algo más folclórico, pero de rock no. Algo sé sobre Libido, pero muy poco. Sé quiénes son porque estuvimos en el mismo sello, Sony, pero no los he escuchado.

En el disco Reptilectric vemos una estética que remite a lo maya, y hay canciones de desolación y pesimismo. ¿Algo tiene eso que ver con esos temores a las profecías sobre el “fin del mundo”, y el rollo del año 2012 que tan de moda está?
El nombre del disco apareció cuando León Larregui, el cantante, estaba investigando sobre dragones en internet y salió tal cual. En la gráfica del disco también puedes ver la forma de un dragón, y para la canción que le da título lo primero que tuvimos fue el nombre, antes de la música. Era como una guía abstracta, pero la letra sí se refiere al regreso de Quetzalcóatl. Hasta ahí no más llega la cosa. No tiene que ver con lo del fin del mundo

Me refería a letras como las de como “Neandertal” o “Nada” que transmiten pesimismo, aunque finalmente las letras de ustedes siempre han sido bastante metafóricas ¿no?
Sí. León siempre ha escrito de esa manera y por eso es que sus canciones se prestan a varias interpretaciones. En el caso de “Neandertal”, lo que menciona es a los personajes oscuros que están al mando o encargados de las corporaciones, los gobiernos y de todo lo que rige negativamente al mundo, a la economía y a todo.

Y ya que hablamos de significados. ¿De dónde salió el nombre del grupo?
Lo sacamos de una amiga, la hermana de mi novia. Nos gustó porque era un nombre corto y porque nos gustaba la connotación femenina que tiene.

¿Las letras de las canciones que León hace son lo primero que tienen en cuenta para componer, o se basan más en las armonías y música para ello?
Las letras siempre van al final. Empezamos con una línea melódica y después, en la última etapa, León las trabaja muchísimo. Siempre lleva un cuaderno donde escribe y reescribe las letras. Hace un trabajo muy intenso, te lo puedo asegurar. Hace un trabajo con mucha dedicación. Pero es la línea melódica la que va definiendo la letra.

Continuar leyendo «Zoé: Psicodelia brit-mex»

De la chicha su gringo

Chicha Libre le abre a la cumbia peruana la puerta de la mezcla cosmopolita

Por Fidel M. Gutiérrez

Cuatro gringos y dos franceses haciendo cumbia peruana en un bar de Brooklyn. La escena se repite cada lunes en Barbès, un pequeño local especializado en lo que el etnocentrismo anglosajón suele llamar “world music”. El barullo y el bailongo perpetrados allí desde hace ya un año han tenido eco incluso en la gran prensa (The New York Times les dedicó no muy poco espacio) y animaron a Chicha Libre –así se llama el grupo- a editar ¡Sonido Amazónico!, su primer álbum, en el que conviven la influencia de aquellas bandas de la selva que en los años 70 le dieron una dimensión más intensa y hasta psicodélica al baile tropical en nuestro país, con elementos propios del rock y la chanson francesa.

Pero Barbès también es un sello discográfico, que lanzó con explosivo éxito de crítica en 2007 el recopilatorio The Roots of Chicha: Psychedelic Cumbias from Peru, que hizo que la atención del mundo occidental se enfoque hacia la cumbia amazónica originada hace cuatro décadas (acaba de hacer lo propio con Juaneco y su Combo en Masters of Chicha, Vol. 1).

El cuidado puesto en la selección del repertorio de ambos discos y las respuestas que nos da en la siguiente entrevista despejan cualquier sombra de oportunismo de parte del parisino Olivier Conan, propietario del bar y el sello, y vocalista de Chicha Libre; un raro ejemplo de músico melómano y conocedor profundo de la música peruana y latinoamericana.

Sabemos que en tu primera visita al Perú conociste la cumbia amazónica y quedaste prendado de ella, a tal punto que al regresar a New York editaste The Roots of Chicha. Antes de venir acá, ¿conocías algo de la música peruana?
Fui allá con mi novia porque quería conocer el país, pero también porque estaba interesado en la música. Varios años atrás un amigo mío me trajo desde Lima una cinta de Oscar Avilés y Zambo Cavero y me quedé enganchado. Estuve escuchando música criolla desde entonces y esperaba oír algo de ella en vivo o aprender un poco más sobre ella. Para mí, estar en Barranco, escuchar a músicos callejeros cantar “Cada domingo a las doce después de la misa” era el paraíso absoluto.

¿Conoces la cumbia colombiana? ¿Qué diferencia encuentras entre ella y la peruana?
Como la mayoría de gente que vive fuera del Perú tuve familiaridad con la cumbia colombiana antes de saber de la peruana. Discos Fuentes editó recopilaciones maravillosas y soy fan de bandas de cumbia clásica como la de Lisandro Meza, de Los Corraleros de Majagual y de Alejo Durán, así como de lo que hacía Lucho Bermudez con grandes bandas. Y la cumbia peruana suena completamente diferente en mis oídos. No sé cómo expresarlo con palabras, pero no tiene el mismo groove, no es tan polirrítmica. Mucha cumbia colombiana se alimenta de la tensión entre 3 y 4. Más aún, los acordeones y el bombardino tienden a enfatizar más el ritmo y la síncopa. La cumbia peruana es un poco más directa; menos africana, me parece. El énfasis está en la guitarra eléctrica, que la hace más melódica. De hecho, creo que Perú debe tener los mejores guitarristas del mundo.

Tus compañeros en el grupo ¿conocían la cumbia peruana antes de que les hablaras de ella?
Al regresar de Perú me traje un montón de discos pero ninguno de mis compañeros músicos estaba familiarizado con esa música. Sin embargo conectaron con ella muy rápidamente y casi de inmediato empezaron a divertirse con ella.
Continuar leyendo «De la chicha su gringo»

Top 10 de cumbia peruana + rock

Odas a los efectos psicotrópicos producidos por ciertos vegetales, el líder de Leusemia infiltrando su épica poesía en un clásico tropical (y mandando saludos a media escena subterránea), Los Ecos versionando a The Beatles, y un grupo de muchachos arequipeños buscándole un lado “positivo” a la visita de cierto ex presidente a su tierra: sí, es una lista pequeña, incompleta y caprichosa, pero nada aburrida.

1. Juaneco y su Combo “Vacilando con Ayahuasca”
2. Los Mojarras “Sarita Colonia”
3. Daniel F “Karamelo de Limón”
4. Los Blacanguay “La Negrita”
5. Los Destellos “Ons’ta la Yerbita”
6. Los Chapillacs “El Mitin del Chino”
7. Los Ecos “Aquí en la Fiesta”
8. La Mente “Radio Funeral”
9. Barrio Calavera “Ska Multiracial”
10. La Sarita “Guachimán”

 

5 grandes momentos del tropirock peruano

1. En 1981, “Chapulín El Dulce”, Jaime Moreyra y los demás miembros de Los Shapis son dibujados como irredentos rockers, con casaca de cuero, jeans rotos y zapatillas blancas en la portada de su primer LP (Los Auténticos Shapis), inspirada casi totalmente en la del Road to Ruin de The Ramones.

2. En el estudio Nazca, Daniel F oficia de productor de los tres primeros LP de Los Jharis, grupo de chicha guitarrera que, al igual que Los Sanders y Pascualillo Coronado, provenía de Ñaña y formaba parte junto a ellos del “Sonido de la Carretera Central”.

3. Los Mojarras, la banda más importante que haya surgido del distrito de El Agustino, editan a mediados de 1992 Sarita Colonia. El álbum, grabado por el ex Narcosis Wicho García en el estudio de Miki González, trae de nuevo y con más fuerza y cohesión que nunca a la música popular peruana la fusión entre el rock y la cumbia.

4. Bareto hace su primer “Homenaje a Juaneco y su Combo” el 30 de noviembre de 2007, en un Sargento Pimienta repleto. Este vibrante concierto –en el que debutaron sus ferrandescas camisas y un par de serpenteantes bailarinas– fue el primer paso para dejar de ser aquella banda instrumental puntillosa pródiga en incursiones algo aletargantes en terrenos del ska y el reggae, para convertirse en la megaexitosa orquesta que es ahora.

5. En el festival La Barrankumbia, el 19 de marzo de 2008, por primera vez una banda clásica como Los Mirlos comparte escenario con grupos de rock actuales, como Barrio Calavera y Los Protones. El escenario también resulta inusual para el legendario combo de Pucallpa: el bar La Noche de Barranco.

¿Es la cumbia peruana el nuevo rock nacional?

Placeres y peligros del affaire entre el rock y la cumbia peruana

Parece haber vida inteligente más allá de Bareto y de las nuevas versiones de “Ya Se Ha Muerto Mi Abuelo”, pero todo indica que corre peligro.

Por Fidel Gutiérrez M.

“¡Oh, no, otro artículo sobre rock y cumbia peruana!”… Seguro que lo acabas de pensar, o tal vez tu hastío te ha llevado a decirlo en voz alta y ha hecho que los que están a tu lado te miren como a un loco. Lamentablemente tienes razón, pero era inevitable. A toda agresión debe seguir una reacción, así sea por escrito, y más aún cuando este maridaje entre el “rock alternativo” (¿todavía significa algo esta etiqueta?) y los ritmos tropicales del pasado empieza a despedir un hedor oportunista y a caer en lo redundante y conformista; todo lo contrario al espíritu que en un primer momento animó a los músicos protagonistas de esta historia, de uno y otro bando.

La revaloración de la cumbia peruana (en un inicio, la amazónica) y su asimilación por parte de sectores no complacientes del rock local prometían precisamente cambiar un estado de cosas monótono y previsible. Basta recordar qué era lo que predominaba en nuestra escena hace un lustro y aparecerán, cual pesadillas, los últimos estertores de bandas nu-metaloides y un enjambre de grupos chikipunk clonados entre sí.

En ese contexto, resultaba sorprendente que gente de background ecléctico e irreprochable, como la de La Mente, empezara a proclamar abiertamente las bondades y la influencia de la cumbia clásica amazónica y a mezclarla con el reggae y sus distintas vertientes. Lo mismo podría decirse de Bareto, quienes fueron los primeros en abiertamente rendir homenaje a referentes concretos; específicamente a los pucallpinos Juaneco y Su Combo, en un memorable concierto en Barranco hace dos años. Desde entonces, su camino hacia la notoriedad ha transcurrido sin problemas y con un imprevisto desvío hacia la inconsecuencia, quizás producto de aquella pérdida de la perspectiva inherente a los ajetreos propios del estrellato.

En este punto sería fácil cargar las tintas y someter a un justificable fuego cruzado de reproches y diatribas a la banda que encabeza Joaquín Mariátegui, por determinados deslices (si hablamos de homenajear a la cumbia peruana, ¿qué diablos hacen “Caballo Viejo” y “Llorando Se Fue» en su muy vendido Cumbia y en sus presentaciones? ¿qué fue de su repertorio propio?). Dado el reconocimiento masivo que ahora tiene el grupo y al papel de iniciadores de esta corriente que le ha endilgado la gran prensa, cualquier incongruencia en la que incurra contribuirá a que toda esta onda de fusión urbana y redescubrimiento de nuestra música popular empiece a parecer una simple francachela. Pero, ¿qué hay de quienes, desde las sombras, arruinan la esencia de una buena idea (hacer confraternizar por vez primera a bandas de punk rock con los grandes nombres de la cumbia peruana en el denominado Festival Bizarro, de octubre de 2008) colando a La Tigresa del Oriente? ¿Qué diferencia este tipo de movidas de aquellas montadas en el balneario de Asia, con Tongo como protagonista de patéticas presentaciones en las que “la gentita” va para soltar una risa antes que por un genuino interés?

Por suerte, la mayoría de encuentros entre bandas rockeras y grupos como Los Mirlos, Los Destellos y Juaneco y su Combo resultan positivas, gracias al buen hacer y al instinto de los integrantes de estas bandas; músicos experimentados que ven con algo de asombro, pero también con cautela este interés de un sector de la juventud limeña que ha terminado sacándolos de sus circuitos habituales (clubes provinciales y locales de baile) para llevarlos a pubs barranquinos y discotecas pachangueras de nuevo cuño.

La Barrankumbia, concierto realizado en el bar La Noche en marzo de 2008, por iniciativa de Barrio Calavera (grupo formado por gente de pasado “subterráneo”), fue el primero de este tipo de encuentros y reunió a esta banda y al garage rock de Los Protones con el “poder verde” y amazónico de Los Mirlos en una fiesta impresionante (con globos, serpentinas y cimbreantes féminas en shortcito, incluidos). Si bien, desde entonces, grupos cumbieros y combos rockeros han compartido escenarios y público sin mayor problema, quedó en claro en ese concierto específico que los venerables músicos de antaño se centran más que nada en divertir al auditorio (desde siempre su meta final y principal indicador de éxito) antes que resaltar aquellos detalles y características por las que las nuevas generaciones los buscan y respetan.

Así, durante el referido recital, la orquesta que lidera Jorge Rodríguez Grandez, prefirió desarrollar ajenos temas de moda (como “El Embrujo”) y recurrir a pistas y teclados, en vez de hurgar un poco más en su propio catálogo e incidir en los mágicos e hipnóticos despliegues guitarreros del señor Danny Johnston.
Continuar leyendo «¿Es la cumbia peruana el nuevo rock nacional?»

Javiera Mena

A primera vista parece tener menos que los 25 años que registra su pasaporte, pero cuando uno conversa con ella, Javiera Mena parece tener las cosas mucho más claras que cualquiera de las adolescentes que la siguen y admiran.

La cantautora chilena nos visita para dar hoy su primer concierto en Lima. No viene sola. La acompaña Cristián Heyne, ex integrante de Christianes (banda sureña de efímera vida, muy influenciada por el indie rock británico de fines de los 80 y comienzos de los 90) y hoy al mando del misterioso sonido de Shogun, pero también productor de gente como Supernova o Kudai y de Esquemas Juveniles, el debut de Mena y uno de los mejores discos pop de la década en Hispanoamérica.

Mientras él y su manager la esperaban, charlamos con Javiera sobre cómo será el sucesor de su ya clásico álbum debut y sobre otros temas menos trascendentes.

Por Fidel M. Gutiérrez

¿Por qué tanto tiempo entre Esquemas Juveniles y el que será tu segundo disco?
Llevo trabajándolo un año y medio. Estoy haciéndolo independientemente y estoy pagando el estudio de grabación. Lo mismo pasó con Esquemas Juveniles. Se hace la grabación en los ratos libres y de repente pasan dos meses y Cristián Heyne de pronto está produciendo a Kudai o a lo que sea, porque también tiene que trabajar. Esta situación tiene cosas a favor porque uno de repente escucha más las canciones. Pasa un tiempo y ves en ellas cosas diferentes y les voy cambiando las letras. No se si es más positivo trabajar así o cuando te dicen que tienes dos meses para hacer el disco, aunque no me sentiría tan cómoda trabajando así. Lo mío no es como trabajar con una banda que llega con las canciones del disco las toca, las graba y listo. La composición se va dando en el mismo estudio.

¿No hay músicos apoyándote en la grabación?
El disco lo programé todo en mi computadora. Es todo electrónico. Hay un par de grabaciones que compusimos en el estudio completamente, armando la batería y todo. Llevé las programaciones midi y allí empezamos a cambiar sonidos, a abrir los midi. Hay un chico que me ayudó con las cuerdas, Kelley Polar. Es un gringo que hace música electrónica, del cual soy fan. La bajista del grupo argentino No Lo Soporto grabó un par de canciones. Cristián ha grabado algunas guitarras pero soy más que nada yo sola tocando y la programación que se hizo en el estudio.

Suponía que por lo bien que te ha tratado la crítica en tu país y por la repercusión que has tenido en Argentina y Japón iba a interesarse por tu nuevo disco alguna disquera grande. En México, por ejemplo, Esquemas Juveniles lo editó EMI.
Fue una licencia lo que hicimos allá. Pero lo que quiero es tener el disco terminado para empezar a conversar. No me cierro a una disquera, pero cuando te pasan plata para hacer un disco te piden muchos cambios y yo no quiero eso, cachay. Te piden ser el dueño del 80 por ciento de tu master a cambio de que te paguen el disco. Creo que me conviene terminar el disco y de ahí ver qué hacemos con el material terminado.

Entonces tendremos que esperar algún tiempo más para escuchar el nuevo disco.
El disco está prácticamente terminado. Lo que falta es la mezcla. Cristián es una persona muy obsesiva para encontrar el sonido adecuado. Se toma su tiempo y estoy de acuerdo con eso; pero sale en la primera mitad de 2009, sí o sí.

¿Cómo así te vinculas con Cristián y él se llega a interesar por tu música?
Somos muy amigos. Hemos hecho una amistad fuerte. Él cree mucho en lo que hago. Para él es gratificante trabajar conmigo como lo es para mí trabajar con él. A pesar de que no le estoy pagando, igual quiere trabajar conmigo porque le motiva mucho más que otras cosas que sí le dan plata.

¿Cómo tomas que gente como Cristián, Jorge González o Julieta Venegas, que son de una generación mayor que la tuya, se te acerquen y busquen hacer cosas contigo?
Es súper gratificante que gente a la que yo admiro mucho como Jorge, que hizo el disco Corazones, que para mí es como el disco pop chileno más fuerte e importante, se interese en mí y hable cosas buenas de mí. Para mí eso es la felicidad. Me he hecho un poco amiga de él y quiero hacer cosas con él en el futuro. El ha hecho algunas cosas para mi disco. Con Julieta Venegas pasa lo mismo. Cuando fue a Chile le di mi disco y nos hicimos amigas. Me invitó a hacer una canción en su recital y hubo muy buena onda con ella. Ambos son gente muy abierta que siempre están escuchando cosas nuevas. Julieta es una persona de la que siempre aprendo mucho de música porque en su Myspace siempre está recomendando bandas. Es súper bueno tener contacto con personas que te entregan información.

¿Habrá alguna versión en el nuevo disco, así como en el primero incluiste “Yo No Te Pido la Luna” (la canción de la italiana Fiordaliso que en Latinoamérica popularizara Daniela Romo)?
Este disco no tendrá covers, pero me gusta seguir haciéndolos en vivo.

¿Por qué coordenadas de la electrónica se moverá el nuevo disco? ¿A qué referente se aproximarán los temas?
Creo que a Pet Shop Boys, a quienes veo como un patrón muy importante. Me gustan ese tipo de cortes que hacen en sus canciones para darles una estética sonora bien sutil y no de marcha discotequera fuerte, porque hay que mantener la sutileza y la elegancia. Lo que estoy haciendo ahora son canciones ultrapop, con coros; más pop, más resumidas. Los estribillos son muy fuertes, intensos. La temática también es de otra época, ya no de adolescente.

¿Las letras de Esquemas Juveniles correspondían a tus vivencias personales o en ellas asumes el papel de otras personas distintas a ti?
La mayoría son letras autobiográficas pero también hay historias de amigos bien cercanos. En ese entonces llegaba un amigo y me contaba esto y esto; cosas que me llamaban la atención y que me sirvieron para hacer letras; pero principalmente son vivencias mías. Por eso son “esquemas juveniles”, propios de esa etapa que es como de primeras cosas: el primer amor, la primera decepción amorosa. Uno va aprendiendo y sorprendiendo. Es como una etapa fuerte la de la juventud.

¿Ya no seguirás esa línea temática en el nuevo disco?
Es una temática que me gusta tocar a pesar de que ya pasé por la adolescencia, pero creo que este disco es más nutrido en ese sentido porque ya no son los “esquemas juveniles”. Hay un par de cosas de ellos en las que me inspiré, pero creo que el disco va como por otra línea, ya no de la adolescencia.

Pet Shop Boys, “Yo No Te Pido la Luna”, Jorge González… ¿Te influye mucho el sonido de la década de 1980?
Le tengo un cariño muy especial a los sintetizadores análogos de esa época, cuando recién se entraba a lo digital. Esos sonidos me gustan muchísimo: el Casio CZ-101, el DX-7. A todo ese tipo de sintes les tengo un cariño especial y busco lograr esa sonoridad, pero a la vez no quiero sonar como una réplica de un sonido retro, sino que sea algo actual y fresco. No quiero copiar y ser totalmente ochentero o noventero. Es un influencia, pero no quiero sonar igual que eso.

¿Te sientes parte de una escena en particular en tu país? Aquí, por ejemplo, buena parte del público que te sigue, se considera “indie”.
Más que chilena me siento parte de una escena sudamericana. En Chile hay cosas pero no las siento como que se encierren ahí no más. Yo y Gepe viajamos muchísimo a Argentina y México. Como Chile es superchico hay que salir. Es por eso que no se encierra allí la escena. No puedes encerrarte. Allí tengo hartos amigos míos que ya están haciendo cosas, en lo que se podría llamar a una escena por lo cercanos que somos. Está Fredi Michel, un grupo que está haciendo cosas súper interesantes; está Teleradio Donoso… Hay mucha calidad… Los Bunkers, que ya se van a México; De Saloon, Gepe; hay mucha música hip hop pero ya no tan purista, sino que se mezcla con electrónica y folklore…

En este tiempo en que has tocado tanto en tu país como en el extranjero, ¿cuál ha sido el concierto en el que mejor te sentiste, tanto con tu ejecución como con la respuesta del público?
En Argentina me siento muy a gusto. Más que en los grandes festivales me siento mejor en lugares más chicos donde la gente forma una energía y un feedback muy buenos. También eso pasa en una discoteca de Santiago llamada Blondie. En México, en el festival Vive Latino, había muchísima gente que cantaba en masa “Sol de Invierno”, que es la canción mía que más ha sonado allá, porque Radio Reactor, que es una radio del gobierno que todo el mundo escucha, la difundió. En esa radio no se necesita pagar para sonar, como en casi todas las demás.

Parece que el antagonismo que parecía haber entre Argentina y Chile ya no es tanto. Tú has ido para allá y bandas argentinas independientes tocan constantemente en Santiago.
Está todo bien en Argentina. No he sentido para nada que digan “qué hace esta chilena aquí”. Al contrario, siempre me reciben muy bien. Creo que esa rivalidad es más de los 90, pero a pesar de eso en Chile suena pura música argentina… Es medio raro… A Argentina no llega mucho la música chilena porque ellos son una nación que consume mucho sus propias cosas y miran poco para afuera. Es lo que pasa con Brasil también. Los argentinos se quedan con Charly, Calamaro… Ven al rock un poco como al fútbol y siguen a sus bandas por todos los lugares. Son muy nacionalistas en ese sentido. Pero como mi música no va por el lado del rock barrial, mantiene un territorio que no es nacional ni nada y llega a un nivel menos grande, pero que tampoco es de solamente diez personas. Es que ahora la música alternativa ya es un mercado grande.

¿Sabías algo del rock que se hace aquí?
Escuché a Marco y Nico, que me pareció muy bueno. Es medio en onda Kings of Convenience; medio bossa nova pero en español. También escuché Libido hace tiempo, pero ahora vengo a conocer. Es lo que me pasó en Brasil: No conocía muchas cosas y me fui con el calor de la gente, miles de discos y conociendo a otras bandas. Hice contacto con ellas para ver si pueden ir a Chile, porque ahora todo es como el “boca a boca” por Internet.

¿Qué es lo que falta para que los grupos de la escena independiente formen parte de un boom del rock a nivel masivo en nuestros países?
En mi caso, creo que lo que falta es organización y convicción como las que tiene un empresario para hacer su empresa. Hay que ver esto como un negocio, porque no es nada malo verlo así. Hay que vivir de esto. Así como un médico le pone valor a su trabajo, un músico también lo tiene que hacer. Lo que pasa con los músicos es que a veces dicen que lo hacen por el arte, y eso no es así porque eso hace que la gente mire desde afuera a la música como una entretención para que todos la pasen bien, y no es así, porque también hay mucho trabajo detrás de ella, y ese trabajo también tiene valor.

R.E.M. en Lima: no, en serio (2da. parte)

¡The Band I Love!
REM en Lima y nosotros en el cielo (II)

Luego que un numeroso staff de plomos reajustara en aproximadamente quince minutos buena parte del instrumental ubicado en el escenario, fue el turno de Travis, la verdadera gran sorpresa de la noche.

El calificativo no es gratuito. A pesar de sus esfuerzos, la banda escocesa no ha podido despegarse del todo de la etiqueta de soft rock que se le endilgó tras alcanzar el éxito a nivel masivo.

Que se les hermane con grupos tipo Coldplay y con el sonido fácil-de-escuchar de ciertas radios de FM nunca le hizo mucha gracia al cuarteto (que para este festival tuvo a un guitarrista de apoyo), sobre todo pasada la euforia y las ventas generada por los melódicos lamentos contenidos en The Man Who y The Invisible Band, sus discos más populares. Desde entonces han tratado de retomar en alguna medida aquellas raíces rockeras que los distinguían cuando aparecieron hace más de diez años.

Esa puede haber sido una de las razones por las que Travis inició su set en el Lima Hot Festival con la estupenda «Selfish Jean», de su penúltimo disco; un tema cuya encantadora simplicidad y energía (ilustrado con un divertido y casi amateur video clip) los acercó a ese indie rock norteamericano del cual su muy reciente Ode To J. Smith toma algunas lecciones. Así, de pronto, teníamos sobre el escenario a una banda que sonaba con una contundencia rockera que no dejaba espacio para la indiferencia del público; algo derivado sin duda del buen quehacer de sus miembros pero también de un uso adecuado de la consola de sonido.

A diferencia de las bandas locales, las guitarras de Travis sonaban poderosas y con el volumen adecuado para un estadio. Fue un hecho que –para «variar»- las bandas foráneas tuvieron un mejor trato en lo que respecta al manejo del equipo; una tara que es recurrente en todos los países, pero que acá ya llega a niveles extremos y frente a la cual queda pendiente una reacción.

La potencia y energía iniciales de los escoceses se mantuvo a lo largo de todo el concierto, desconcertando a quienes tan solo unas horas antes hacíamos votos para que acortaran lo más posible su set y recurrieran al menor número de baladitas posible para ganarse al público; aunque en realidad el número de incondicionales suyos en la audiencia era bastante numeroso, a juzgar por los comentarios escuchados previamente (fue antes de que todo empezara, tras oír a un par de muchachones ponderar mejor las virtudes de Fran Healy y sus socios que las de REM, cuando decidí que era momento de empezar a ingerir cerveza…).

El ímpetu que le pusieron a cada tema (inclusive a la lectura totalmente acústica de «Flowers in the Window», cantada a coro por todos los integrantes puestos de pie) y el carisma y buen oficio de todo el grupo -especialmente de Healy y del bajista Doug Payne (quienes jugaron con el público a su antojo)- le ganaron la batalla al escepticismo. El mío sacó la bandera blanca cuando el vocalista empezó a frasear la genial «All I Want I Do Is Rock» de su primer disco, Good Feeling, cuyo tema título también tocaron, trayendo a la memoria una época en la que el pop/rock para las masas hecho en el Reino Unido aún guardaba cierta dignidad.

Antes de ello varios nos vimos repitiendo los efectivos coros de canciones como «Sing», «Re-Offender» o «Side», alguna vez aprendidos inconscientemente gracias a la radio y luego abandonados en algún polvoriento desván mental. Todas ellas, al igual que «Turn» y «Why Does It Always Rain on Me?» (previsibles remates para un verdadero «faenón»), fueron interpretadas con harta convicción y sin fisuras; como debe ser. ¿Algún reproche? No tocaron «The Beautiful Occupation». Por lo demás, todo estuvo OK gracias a las equilibradas dosis de profesionalismo y espíritu rockero que nos suministraron.

A la retirada de los escoceses le siguió la aparición de un ejército de «plomos» que en cuestión de minutos desvalijaron todo el escenario para reacomodarlo a la medida del grupo de fondo. Quizás haya sido en ese punto en que desapareció la bandera del Perú con una estrella roja en el medio muy semejante a la de cierto grupo político, pero que en el centro llevaba una «T», colgada sobre un parlante por -¿no lo adivinan aún?- los Turbopótamos. Lo cierto es que lo de Travis fue tan positivamente desconcertante que ni me fijé si durante su set ésta continuó en ese lugar.

Casi un cuarto de horas después, las luces se apagaron, provocando que diversos personajillos de la farándula limeña dejaran de «figuretear» y corrieran con sus vasos de cerveza en la mano a ubicarse entre el gentío. Afortunadamente para entonces el estadio ya estaba bastante lleno (los alarmantes y enormes vacíos vistos cuando el festival empezó, ahora eran escasos). Un amigo y colega me dice que voltee la cabeza y mi mirada se topa con la estampa del embajador estadounidense en Lima, acompañado por otras dos personas que felizmente no tienen pinta de ser sus guardaespaldas. Todos –ellos, nosotros y los demás 30 y tantos mil concurrentes- miran expectantes al escenario y a la enorme pantalla que se enciende al fondo de éste para mostrar imágenes en video de calles de una metrópoli similar a la que aparece en la portada de su último disco.

De pronto salen los REM, con un Michael Stipe que se asoma al último, elegante y casual como siempre (siempre lo será, con o sin el auspicio de Lacoste), y se desata una larga y atronadora ovación, mientras la banda empieza el concierto con la acelerada «Living Well Is the Best Revenge», precisamente la canción No. 1 de Accelerate. El pelado, Mike Mills y Peter Buck (además de un pequeño contingente de músicos de apoyo) están allí al frente y ya no en un video o en una revista. Sin duda un momento trascendental… Pero no hay tiempo para pensar ni para ponerse reflexivo porque el ritmo es frenético y el sonido (tras superar un pequeño bache en una de las guitarras) atronador. «I Took Your Name» seguiría, junto a «What’s the Frequency, Kenneth?». Por fin algo que un poco más de gente reconoce. Seguro son muchos los que empezaron a gustar de la banda con Monster, el disco con el que hicieron suyo el lenguaje de la distorsión guitarrera noventera. Otros, por cuestión de edad, lo hicimos con Fables of the Reconstruction o Lifes Rich Pageant.

Es en este punto precisamente cuando aparece el clásico y añejo «Driver 8» («un pedido del piloto del avión que nos trajo aquí», dijo Stipe) el primer golpe emocional que propinan; tan fuerte que me dejan pensando si en efecto estar escuchando esa canción en vivo es parte de la realidad o tan solo una ilusión (más tarde y creo que hasta un par de veces, nos haríamos la misma pregunta en voz alta, espontáneamente y en pleno concierto con el just married Wilfredo Oliveros, otro de los 69 boys presente en este magno acontecimiento).

El segundo puñetazo viene ahí no más con «Drive», esa canción que siempre me pareció aludir juntas a la incertidumbre y a la música (no fue casual que apareciera cuando la muerte de Cobain aún ensombrecía la escena del rock mal llamado «alternativo» y las vidas de aquellos tontos que nos solemos tomar estas cosas muy en serio). Esta vez su triste belleza resonó en las paredes del estadio y no en las de nuestros cuartos… «Tick… tock… tick… tock…», coreábamos todos mientras levantábamos el brazo siguiendo los movimientos de Stipe… «Hey kids, rock’n’roll, nobody tells you where you go, baby»…La pregunta vuelve ahora porque uno no está acostumbrado a que las cosas sean tan perfectas en esta vida: ¿fue real ese momento?

Una dedicatoria a Barack Obama trae las cosas a la Tierra. Suena «Man Sized-Wreath» (el mejor y más potente tema de Accelerate) mientras en la pantalla aparece la leyenda «Obamatic for the people») y le sigue una contundente «Ignoreland» (si no recuerdo mal, Automatic for the People, donde está dicha canción, fue el álbum del que más temas tocaron). Stipe se la dedica al saliente presidente George W. Bush con una puya incluida y yo quisiera ver como lo toma el embajador, pero ya estoy felizmente estrujado en medio del gentío y no puedo ni voltear bien la cabeza.

Los más jóvenes (también me uno a ellos saltando) celebran emocionados «Imitation of Life» cantándola de cabo a rabo, y me pongo a pensar en el carácter «intergeneracional» que tiene la banda y en su carácter de clásicos en vida; pero felizmente «Electrolite» y el pedido de Stipe de que todos iluminen la noche con sus cámaras y celulares, corta tan monses reflexiones. Se viene un momento de calma, empezando con la preciosa «The Great Beyond» (del soundtrack de Man on the Moon que por mi sitio sólo identificó el super fan Oliveros) y la esperadísima «Everybody Hurts» que me deja al final con la garganta resentida. No ayuda mucho a recuperar bien el habla que el grupo se lance con una impresionante «The One I Love», pero poco importa si la voz se quiere ir; igual la canto, la cantamos, la saltamos y la empujamos todos.

Entre tanto movimiento vemos con retraso que Stipe ha bajado del escenario y canta, saluda y se estrecha las manos con los afortunados que, por llegar al Estadio a las 10 de la mañana, están en las primeras filas y pugnan algunos, desubicados o demasiado emocionados, por tocarle la pelada. ¡Malditos suertudos!

«Sweetness Follows» (otra de las joyas de Automatic…) inicia un set en el que el piano cobra protagonismo y la distorsión se va a descansar. «Let Me In» le sigue y todo se torna aun más bonito. La más reciente «Bad Day» nos saca de los años 90 y precede a otro de los grandes momentos de la noche: un «Orange Crush» casi de garage que desemboca en «It’s the End of the World as We Know It» y en un pogo (tal vez el único de verdad que hubo esa noche en la zona en la que estuve) que, entre otras cosas, también podría calificarse de fraternal, por la buena onda percibida y porque desconocidos totales se tomaban de los hombros para saltar juntos mientras cantaban a voz en cuello, como si fuesen «patas» de toda la vida.

Pero la felicidad inmensa de ese momento se vio frenada por la despedida del grupo. A su partida hacia camerinos siguió una estentórea barra futbolera («olé, olé, olé, olé», etc); la más imponente de todos los últimos conciertos internacionales celebrados en Lima. Los REM retornaron casi al toque con la reciente y efectiva «Supernatural Superserious», encajándonos luego «Losing My Religion», felizmente con la banda en pleno y no en la versión exclusiva para mandolina que interpretaron en otros puntos de su gira. Stipe recompensó el entusiasmo mayúsculo mostrado hacia esta canción por la concurrencia lanzándose sobre ella y recibiendo a cambio una bandera del Perú. Tras ello parecía que el concierto no podía ir para más arriba. Craso error, porque arrancó «Fall On Me», una de las canciones favoritas de mi vida por lo que expresa, por como suena y porque por su ambigüedad y tono angustioso siempre la sentí como un himno a mi incertidumbre adolescente. Traté de no gritarla para escuchar a Stipe cantarla, pero no pude. Traté de no moverme para ver por fin a sus autores tocarla, tras más de veinte años de escucharla en radio, casetes copiados, videos y CD, pero me fue imposible. Fue el momento del concierto que más intensamente viví. Despojado de todo cinismo me sentí nuevamente aliviado por la música y transportado hacia un lugar mejor, como cuando esta hace tanto tiempo parecía darme respuestas para salir de los hoyos de depresión en los que solía caer.

La energía continuó con una «She Just Wants to Be» que presentó el mejor trabajo de guitarra de Buck en todo el concierto. Las ovaciones no se hicieron esperar a pesar de no ser uno de los temas más populares de su repertorio. Obviamente el reconocimiento fue originado por la estupenda intervención del guitarrista y por la contundencia mostrada por toda la banda (incluido Stipe, quien, de espaldas a la audiencia, desarrolló aquí sus pasos de baile más andróginos).

La intensidad se mantuvo, más sosegada, en «Man on the Moon», una de las canciones más hermosas del siglo pasado, que marcó el final del concierto y fue cantada por todos con los restos de voz que todavía nos quedaban. La sorpresa final la daría Peter Buck, quien en vez de seguir a todo el grupo a los camerinos se quedó un minuto más en el escenario para levantar una copa y decir frente a un micrófono «¡pisco sour!», antes de desaparecer y seguramente sumergirse en algún otro brindis.

Al salir del estadio, viendo con alegría los rostros de perfectos desconocidos y de amigos de toda la vida iluminados por el júbilo, la nostalgia por lo ocurrido tan solo unos minutos antes empezó a molestar. Hasta ahora, ya pasados algunos días, lo hace, sin que ese escepticismo con el que convivo cotidianamente haga algo al respecto o busque algunos defectos que la aplaquen y que hicieran finalmente que esta crónica sobre el concierto de REM tenga por lo menos un ángulo distinto y más original que el que supongo tienen y tendrán las que ya se han escrito o están por escribirse.

Recurrir a ciertos amigos que la pegan de exquisitos para que me den sus listados de deficiencias y quejas y así trabajar algo más «sabroso» no fue fructífero. Por eso es que, finalmente, le di un empujón a mi objetividad para que se hiciera a un lado y me dejara expresar sin rubores mi admiración y cariño a esta mágica banda.

Ahora sólo espero que no se resienta y alguna vez vuelva. FIDEL M. GUTIÉRREZ