Un carnaval se ha formado alrededor de una beldad pelirroja, esbelta presencia de inacabable y geométrico peinado. Gitanos y payasos lanzan al aire todas sus suertes. Un trovador se anima a recitar una pícara copla dispuesto a engatusar a la primera ingenua que aparezca en su camino. Ella se mantiene callada y contempla con atención toda la vorágine y desenfreno que la envuelve. En un momento toma el megáfono y su voz origina que todos los antifaces de la fiesta caigan de los rostros. Gabby Young ha revelado la verdad y toda la fauna, postrada a sus pies, la escucha en silencio.
Acabada la jornada en el cabaret, los empleados se preocupan por devolver las sillas a sus lugares y a los borrachos a las calles. Una luna antojadizamente enmarcada en lo alto lleva algo de luz al salón prácticamente en penumbras. Las chicas que aún no han retornado a sus habitaciones beben los últimos sorbos de licor a tiempo que acomodan sus portaligas para el próximo encuentro con la pista de baile. La banda improvisa sin apuro alguna tonada que acompañe el amanecer entre volutas de humo y miradas perdidas que observan como las bocanadas se estrellan contra el vacío. Una voz rompe la monotonía y se adueña del espacio. Cobija a todos en su regazo, y guía a esas almas oscuras entre las copas que se agitan al compas del jazz. Amenaza el sol con cubrir ese ambiente olvidado. La música no cesa y todos creen escuchar una grabación de Elle Fitzgerald. El canto proviene de la barra: unos rizos que dibujan arabescos deliciosamente caprichosos son la fuente de la hipnosis. Cuando finalmente amanece, un rojo eterno se proyecta en toda la sala.
Jeff la sigue sin descanso por todo Londres. Ella no cede a los ruegos del cantante, y no detiene su marcha sin mirar atrás. Su voz la estremece, pero sabe que no puede dejarse arrastrar por la llamada tentadora de los dioses. No debió cantar nada en el pub, ahora lo entiende muy bien. Su fijación por Grace la está llevando a límites insospechados. Pero ella se siente desnuda al piano cada vez que toca cualquier canción de él. Esta tarde la acompañaba. Creyó escuchar que le pedía una plegaria o quizá una caricia. Cuando sintió que unos dedos inquietos jugueteaban con su cabello salió corriendo hacia la calle. Los susurros la siguen acompañando incluso en su cuarto y se van convirtiendo en melodías reconocibles. Anula cualquier tipo de pensamiento y decide abandonarse por completo cuando él le dice: “Kiss me, please, kiss me… and made me your animal.»
Gabby Young & Other Animals “We’re All In This Together”
Del álbum We’re All in This Together
(2009)
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