Yo solo les ofrezco paz. Ese es mi modesto servicio. Por lo general llegan ansiosos por comenzar sus sesiones. Una rústica cabaña, cercana a un lago, distanciada y aislada por completo de la tecnología y la urbe oficia de campo de relajación y estudio musical. Suelen llegar de todas partes, pero últimamente recibo a muchos visitantes que provienen de Brooklyn, específicamente de Williamsburg. A ellos les doy el trato especial que se merecen. Sus grabaciones son místicas y legendarias. Plasmo la plenitud de sus espíritus en mis placas. En esas cintas rescato la esencia de sus vidas y la última chispa que escapa de sus cuerpos.
He ganado una considerable fama entre los folkies y hippies que pueblan la escena musical actual. Estos románticos empedernidos llegan a mí con la esperanza de hacer el mejor disco del mundo. Siento pena por ellos. Acostumbran acariciar como si fuera el Santo Grial los afiches de Drake, Lee y Cohen que están ubicados estratégicamente en todos los ambientes de la casa. Repasan una y otra vez la colección de vinilos que tengo en la sala. Casi lloran de placer por todo lo que encuentran en mi refugio. Dicen que es un sitio en definitiva mágico, que algo ancestral se deja sentir en el ambiente. Yo les replico que eso viene desde las entrañas de la tierra y que simplemente somos médiums de las almas que se hallan cautivas en el lugar. Ellos asienten en silencio ante mis palabras.
Pocos pueden darse el lujo de contar que han grabado conmigo más de una vez. Rufus y Wayne figuran en este selecto grupo de habituales colaboradores. A ambos los ha salvado su excelente sentido del humor y su bien celebrada fama para combinar las camisas en su vestuario. A veces los llamo simplemente para invitarlos a tocar algunas canciones al piano. Coyne aprovecha en traer su burbuja al lago y jugamos durante la tarde al interior de ella. Wainwright acostumbra obsequiarnos generosamente un vino dulzón de principios del XIX, directo de la bodega familiar en Quebec. Cuando la fogata comienza a alumbrarnos iniciamos nuestra clásica reinterpretación del Forever Changes.
Muy distinta ha sido la suerte de la mayoría de músicos que han pedido mi protección. Los selecciono cuidadosamente. Leo algunos portales, escucho sus discos y declaraciones, incluso reviso sus videos. Luego bastan un par de comentarios, algunas llamadas a representantes y casas disqueras para que ellos mismos busquen mi ayuda. Escrupulosamente preparo la cabaña para cada uno de mis visitantes. Voy dejando por toda la casa elementos que tientan el ego y la vanidad de los artistas que llegan a ella para encontrar la ansiada inspiración. Con el tipo de Dirty Projectors, por ejemplo, bastó una rara edición de un diccionario arameo-catalán del siglo XVII para tenerlo a mi entera disposición. Mientras me comentaba su intención de realizar un álbum que celebrara la obra de Salinger y al mismo tiempo esbozara una exégesis de una antigua crónica cusqueña de inicios de la Colonia, Kesha comenzaba a sonar en los parlantes de la habitación. Su mueca de horror me recordó algún viejo ritual azteca. Mi carcajada apagada fue lo último que escuchó el nuevo Prince de Brooklyn. Llevé a Grizzly Bear a un nivel de epifanía inédito. Estallaron como juegos de artificio chino en un templo cercano a mi lago. Nunca escuché un coro de ángeles tan bien entonado. Tenté a Animal Collective mostrándoles un vinilo de finales de los 50 que recogía los sonidos de apareamiento de la fauna de Nueva Guinea. Panda Bear se ruborizó al inicio pero finalmente accedió a oírlo. Cuando el trío bajaba al sótano para su sesión final, les prometí que en esa jornada haríamos historia porque samplearíamos hasta a la propia muerte. No me equivoqué, ese álbum fue elegido disco del año y la década el día mismo de su póstuma edición.
Anoche terminé uno de mis mejores trabajos. Aún siento el efecto del ácido. He tenido que viajar y ver el otro lado para poder convencer a este grupo. Ellos querían captar la esencia de los setentas, tentar a la cultura de drogas de la época, recrearla con propiedad. Vale, teníamos que vivir nuestro propio Vanishing Point para conseguir el objetivo. Estos tipos son una gran familia, un colectivo, si hasta parecen la tropa malcriada que comandaban Peter Fonda y Dennis Hopper. Han cruzado el limbo fraternalmente, en unidad. La excursión final la han hecho luego de una maratón de gore italiano que organicé para generar la atmósfera ideal. Los gritos del coro de hadas opacaban el sonido de la última película de Argento que se proyectaba. Todavía las veo danzando frenéticamente y esparciendo sin cesar un rojo digno hacia las paredes de mi cuarto. La pira de cuerpos arde en la parte trasera de la cabaña y ya ha llegado a mi casa aquello que tanto tiempo he anhelado. Creo que descorcharé una de las botellas de Rufus, la ocasión lo amerita: Benjamin Gibbard llama a mi puerta esta mañana.
The Phenomenal Handclap Band “Baby”
Del álbum The Phenomenal Handclap Band (2009)


