Tulsa // Espera la Pálida

Desborde pasional que parece tocado desde una cantina, pero en español. Aquí el discurso desolado y la catarsis en onda country folk se reflejan en el paisaje castellano y no en el desierto norteamericano. En el segundo disco de la banda de Miren Iza la desesperanza y el dolor marchan contenidos. Tanto como las guitarras y la base rítmica que no ceden al frenesí y distorsión del género. Una mujer se queja sin susurrar desde la oscuridad, desprovista de fe, amor y familia. Eso sí, sin apelar al melodrama o el registro kitsch, que no estamos en una película de Almodóvar.

En el universo de Tulsa, como en el de otros actos ibéricos (Klaus & Kinski o Sr. Chinarro, por ejemplo) hay una fascinación por el elemento religioso que se deja ver claramente en las letras de este álbum. Así, la culpa y el desconsuelo se viven como una experiencia sagrada y profana al mismo tiempo. Se bebe generosamente el vino en el templo y el bar, que finalmente terminan siendo equivalentes.

Entre Russian Red y Christina Rosenvinge, los labios (el inferior y el superior) de Miren relatan un vía crucis personal y universal. Símbolos que brillan entre lo místico y lo trivial. Oraciones que por la gracia de la melodía se han transfigurado en canciones.

Tulsa “Matxitxako”
Del álbum Espera la Pálida (2010)
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The Go Find // Everybody Knows It’s Gonna Happen Only Not Tonight

Tenderse en una hamaca y no hacer absolutamente nada. Que viva no solo el tiempo de los enamoramientos sino también el de la siesta. Revisitar una y otra vez todos los malecones del mundo. Alejarse de una vez por todas de las ciudades y tomar la ruta del mar. Abolir los lunes de los calendarios y hacer de nuestras vidas el imperio de la procastinación. Un catálogo de canciones reivindica nuevamente la evasión, la búsqueda del paraíso perdido, mira de reojo a los atardeceres del pasado y estalla como una goma de mascar intensamente roja en los labios de ella. La narrativa de iniciación se solaza en cada uno de los temas del tercer disco de The Go Find y deja que la nostalgia por la adolescencia reine en toda la grabación.

La remembranza de Dieter Sermeus (artesano responsable de este proyecto) como la del pop europeo de este tiempo se apoya en la sutil comunión de guitarras acústicas y arreglos electrónicos. Melodías evanescentes, estribillos agridulces y un apego decidido por el formato de canción. Suites que nacen de los hallazgos de Air y la nueva ola francesa. Casi como observar a Antoine Doinel contemplando extasiado a las hermanas Lisbon retozando en su campo de juegos.

Una plegaria, un deseo susurrado casi desde el limbo de lo onírico: volver a los 90, a un tiempo mejor, de licor barato y de complicidades deliciosas. Una resaca con sabor a Coca Cola que no necesitaba aún de ibuprofenos y demás prescripciones médicas. El sueño adolescente estrellándose contra las nubes a la velocidad de la luz, desencadenando explosiones celeste y rosa. Jornadas interminables que concluían con un silbido alegre perdiéndose entre las calles que empezaban a despertar.

The Go Find “Everybody Knows It’s Gonna Happen Only Not Tonight”
Del álbum Everybody Knows It’s Gonna Happen Only Not Tonight (2010)
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Massive Attack // Heligoland

Un cisne azulado planeó sobre Bristol durante la década de los noventa. Recogió el sonido de la calle, captó el silencio de la madrugada desolada. Tomó absolutamente todo lo que tuvo a la mano y jugó con ello como le dio la gana: lo destrozó, lo fragmentó, miró con curiosidad al interior de esos desechos y luego volvió a darle forma; era un latido hermosamente oscuro que brillaba desde el vinilo. Desde Gran Bretaña nuevamente se intervenía la rica tradición de la música negra norteamericana, se dotaba de vida a esa extraña y anodina etiqueta llamada R&B, el hip hop mutaba y se fundía con los arreglos de cuerda con insospechada naturalidad, un ejército de divas que podía figurar en un coro gospel o en el Studio 54 inundaba el ambiente con sus cánticos desesperanzados. Desde las consolas, el colectivo lanzaba las pistas y fraseos que entre la paranoia y la neurosis (des)aparecían en el espacio. Esa obra se llamó Blue Lines.

Luego el sampleo se torno esquizoide: la Velvet e Isaac Hayes se iban de juerga mientras Kraftwerk tirado en una playa jamaiquina deformaba las bases sobre las que el maestro Horace Andy erigía un altar para su musa morena. Massive Attack se refugió en las tormentas eléctricas, proyectó haces de luz junto a Liz Fraser para después callar. Pugnas creativas, egos y fantasmas del pasado harían que Robert del Naja se quedara solo. Ahora él tenía todo el control: el muro de sonido de la banda al fin estaba a su disposición. 3D en un acto de ansiedad hizo estallar todas las ventanas a su alrededor para poder escuchar su propio corazón, pero el ritmo estaba ausente. La oscuridad, esta vez sí se había instalado en Bristol.

El beat ha regresado al cerebro del artista. Daddy G es nuevamente el compañero de batalla y el viejo Horace sigue llorando las canciones. Todas las voces del mundo quieren grabar con Massive Attack porque solo ellos las pueden hacer “sonar”. Shara Nelson desde un rincón olvidado puede dar fe de ello. Intensidad y espiritualidad que reptan y flotan desde este nuevo hito, frágil y nervioso, como los seres atormentados que divagan en sus historias. El ritmo protege la confesión, acompaña el delirio y se deshace ácidamente junto con él. El tándem creativo ha reelaborado los tratados musicales del pasado, retomado sus raíces negras: dub y groove forman otra vez parte del juego. Lento y brumoso se agita este magma sonoro y sirve de apoyo para que Damon Albarn en medio de la noche lance la única pregunta realmente importante en esta vida.

Massive Attack “Saturday Come Slow” (con Damon Albarn)
Del álbum Heligoland (2010)
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The Ruby Suns // Fight Softly

Exotismo y pachanga que exalta lo tropical, pero no desde lo tradicional. Los ritmos y cadencias provienen del sampler y el desencanto de las letras son cosecha de la rutina diaria. Pop que abraza la idea de globalidad y que se refresca en los hallazgos de Wilson, Byrne y Gabriel. La atención de The Ruby Suns se posa en el Pacífico y cubre la idílica ruta que une California y Nueva Zelanda.

Sintetizadores y reverberaciones que no vienen del mar, pero que lo reflejan en su vibrante intensidad. Melodías que hermanan el proyecto de Ryan McPhun con otros celosos amantes del océano como Panda Bear o The High Llamas, aunque estas no siempre fluyan libremente y tengan que soportar el corsé de la parafernalia electrónica. Este provocador cóctel sonoro alcanza su mejor punto cuando cesa de intentar alcanzar el sol y las frecuencias estelares para tumbarse plácidamente en la arena, desnudándose de artilugios innecesarios y dejando que coquetamente la canción oscile de un lado a otro, cual pareo a punto de revelar una preciosa piel morena.

The Ruby Suns “Cinco”
Del álbum Fight Softly (2010)
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Gigi // Maintenant

Solo un melómano desbocado puede aspirar a una utopía como la que inspira el proyecto de Gigi. Una celebración de la canción pop de los 60: el culto a las melodías, a los juegos corales, a las bandas de chicas, a los arreglos grabados suntuosamente. Sí, este es un disco que se mueve en los terrenos de Phil Spector.

Con un horizonte más claro que el taimado Murdoch, Nick Krgovich y Colin Stewart retoman la estética de esa época auroral. Cuatro años les ha demandado reconstruir la banda sonora añorada junto a una decena de embelesados colaboradores. Se han rodeado de émulas de las chicas Motown y el espíritu de The Zombies flota en el ambiente. Los pianos y orquestaciones recorren todo el álbum y sirven de fondo a las narraciones que, a pesar del paso del tiempo, se mantienen vigentes: silbidos, palmadas y reverberaciones armoniosas que acompañan una historia de amor que nace con el verano o un encuentro furtivo en un suburbio cualquiera. Un carnaval de emociones que se resuelve en tres minutos y se renueva todas las tardes al caer el sol.

Gigi «The Marquee» (con Katie Eastburn)
Del álbum Maintenant (2010)
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Charlotte Gainsbourg // IRM

Charlotte, vamos a probarlo todo, que solo se vive una vez. En este punto reniego de lo que diga mi iglesia. Dejemos que la música sea terapéutica. A mí me sirvió en el pasado si lo recuerdas. Hagamos un disco conceptual y ensayemos referencias diversas, demos mucha información. No tengamos miedo a que nos tilden de pretenciosos, igual lo harán: tú eres francesa y yo, a pesar del tiempo transcurrido, sigo siendo un folkie de Los Angeles.

Este álbum, no importa lo que digan los créditos, ha nacido en tu cerebro, literalmente. Busquen allí su génesis. Los románticos decían que transmitían directamente al verso los latidos ahogados de un corazón. Yo puedo presumir de haber traducido en música las frecuencias de tu cerebro lastimado. Eso y no menos dirán las crónicas. Recuerdo, sueño y memoria, que vuelven como un boomerang a ser el centro de tu universo creativo. Esta vez podemos decir que la poética la dictan tus neuronas.

En esta ocasión no suenas solo a electrónica de cuarto en alta definición. No evado los beats, pero dejo que el sonido fluya libremente, sea analógico o digital. Nos hemos disfrazado de T. Rex y Dylan en esta aventura. Una guitarra acústica o un sampler han servido para que dejes flotar tu voz sobre ella.  Ya no pensamos en las eternas comparaciones: sí, cómo no sonar a Gainsbourg, que me acusen de tomar prestadas las orquestaciones de tu padre en Histoire de Melody Nelson. Es inevitable que el espíritu de Serge esté presente: allí están sus arreglos hedonistas y las melodías preciosistas. El disco está marcado indeleblemente por nuestro ADN, si incluso mi padre, David Campbell, participa en él.

Sí, IRM nace de tu coqueteo con la muerte, pero tú has bebido la vida de Jane. Por eso, el sonido debía ser dulcemente pop. Irreverente, alegremente desfachatado. Dramático y apasionado. Finamente latino. Ahora, tú y yo, hemos renacido para la canción.

Charlotte Gainsbourg “In the End”
Del álbum IRM (2010)
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Bear in Heaven // Beast Rest Forth Mouth

La elección parece evidente: el espacio como objetivo, reproducir el sonido del nacimiento de una estrella, captar las frecuencias estelares y reproducirlas en tu garaje. No renegar del pop o la melodía, pero tener como principal foco de atención terrenos más cercanos a la experimentación y no a la inmediatez de ser la sensación del verano. Esa es la ruta tomada por Bear in Heaven.

El grupo de Brooklyn trabaja con las texturas. Se complace en generar atmósferas plagadas de efectos y reverberaciones. Sigue el legado de proyectos de inspiración retro futurista (Laika o el Stereolab más apegado al theremin), y asemeja su propuesta a la que actualmente perpetran los colectivos sónicos canadienses. Si miras a las estrellas también necesitas una dosis de Manchester, evocar el Berlín de finales de los 70 y retomar los silencios y estallidos instrumentales del primer Slint. Ahora sí, ya estás preparado para entrar en órbita.

Pero como Grizzly, Panda y Sea, estos Bear también añoran el paisaje terrestre, el paraíso melómano. Y a pesar de lo dicho anteriormente, retoman el sendero de la canción. Regresan a la Tierra: unos sintetizadores juguetones y unos coros inequívocamente pop los atan a la superficie, ya han dejado de flotar y solo se limitan a ladear la cabeza.

Bear in Heaven “Ultimate Satisfaction”
Del álbum Beast Rest Forth Mouth (2009)
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Holly Miranda // The Magician’s Private Library

Una fotografía fue el inicio de mi obsesión. Leí tu nombre y por eufonía recordé una tarea aplazada. Comencé a seguirte: divagué hacia Madrid, pero luego aterricé en Williamsburg. Nuevamente la bohemia neoyorquina. No me preguntes la diferencia entre un bar y una librería de Brooklyn, solo sé que de vez en cuando se deja escuchar una verdad entre tanto bullicio arty. Luego apareció tu voz. Silencio. Fuegos artificiales. Ciertamente, las palabras son el inicio del control.

Te he visto en movimiento. Vincent Moon ha sido el culpable. Robar un instante cualquiera y hacerlo eterno, convertir lo cotidiano en excepción es la tarea del artífice de La Blogotheque. Tu canto desnudo y cálido, sin arreglos innecesarios. Un violín in crescendo como cómplice para ver caer la tarde.

Eras la compañera de coro de Victoria Legrand, ella a veces callaba para no desentonar a tu lado. Sales de paseo con las gemelas de Múm y Kristín te pide que cantes para que el bosque brille como nunca con tu voz. Antes de grabar, buscas a Sierra y Bianca para escuchar Grace y Bryter Layter: cierran los ojos para que el beso y la canción nunca terminen.

Melodía y vanguardia. Pop etéreo, trompetas que estallan entre arrullos y guitarras encendidas para la excursión nocturna que me propones hoy, querida Holly. Una coqueta cajita musical para que el mundo enmudezca y solo se oiga tu voz.

Holly Miranda “Joints”
Del álbum The Magician’s Private Library (2010)

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Beach House // Teen Dream

Beach House es como drogarse en Hawai en Navidad. Es un órgano en llamas en el interior de un templo: lugar sagrado que puede ser tu cuerpo. Es el sonido de los recuerdos agolpados. Es dolor, sonrisas, emociones contenidas desfilando ante tus ojos. Música visual, sinestesia hecha canción. Todos los colores de una paleta en la voz de Victoria, la hipnosis y sugerencia de la guitarra de Alex dándole pleno sentido a la etiqueta dream pop.

Tres discos a cuestas. Un chico y una chica de Baltimore. Un nombre que suena a felicidad veraniega y nostalgia invernal. Una guitarra psicodélica y minimal, un órgano avejentado, una four track y una bellísima voz. Así comienza este sueño. “Love is suprise” cantaba la Legrand en Devotion, y el amor era una revelación que arrasaba con todo a su paso, flotaba entre espacios vacíos, y terminaba retozando, completamente narcotizado en la arena del desierto.

Ahora la explosión se da en un cuarto adolescente. Todo se llena aún de más luz. Hay incertidumbre, pasión vivida al límite, y la veleidad inherente a la vaporosa juventud: Beach House es pop exultante y melancólico. Es confesión susurrada al atardecer, es la risa nerviosa y complaciente de quien empieza a soñar y sabe que muy pronto deberá despertar.

El dúo termina sonando más cuajado que nunca: épicos, pero sin perder la sutileza. Sombríamente optimistas. Una sinfonía sobre el viaje inicial tocada desde una vitrola, donde el diálogo establecido entre él y ella, casi en silencio, se vuelve comunión perfecta en forma de canción.

Beach House “10 Mile Stereo”
Del álbum Teen Dream (2010)
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Daniel Melero // Por

Daniel Melero se sienta al piano. Luego se aburre y toma la Mac. Juega con las frecuencias, escucha el latido de un sampler, busca transmitir emociones, demostrar una vez más que no importa el canal o el discurso, sino el todo. El artista porteño se aleja de la posición cómoda, de lo que impera en el momento, resiente de las tendencias. Ahora toma la guitarra, y desde ella nacen las canciones de su último disco. Melodías, coros y estribillos, como en la época de Travesti.

“Una de las peores cosas que te pueden pasar es la total disponibilidad. Hoy vivís con la ansiedad del link. Mi criterio es, más que buscar, salir a encontrar. Yo utilizo mucho Hakia, un buscador semántico que construye significado en base a los resultados de las búsquedas. Te da 10 y vos elegís algo en particular. El problema es que no lo usa nadie. Es una búsqueda más interesante que Google, que de todas formas es uno de los mejores robots después de Bender.”

Reflexiona sobre el autismo tecnológico del que vive solo mediante las redes sociales. La esperanza de conseguir infinitos amigos gracias a la exhibición de las menudencias del día a día: la búsqueda del flash virtual, luz finita sobre un avatar gris.

Inquietud y libertad que dejan de ser una potencia y pasan a ser sonido. La complicidad de Babasónicos para urdir este nuevo catálogo de piezas minimalistas, artefactos pop con actitud rockera. Temas que parten de la diversidad para plasmar algo original: heterogeneidad que destierra la autocomplacencia. De las ondas oscilantes y el ejercicio avant garde de Operación Escuchar a la sutil magia pop de Rocío, Melero hizo suya la canción: muto sin cesar, terrenal o espacial, rumor o estallido. Sencillamente, creación.

Daniel Melero “Celular”
Del álbum Por (2009)
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