Poplin // Une Débutante Au Jeu

Estar en la periferia y añorar el continente. Vivir en uno de los países más desarrollados del mundo y no permitir que eso anule tu sensibilidad. Consumir con devoción el riquísimo legado cultural francés y pretender (muy al estilo de la relación UK–USA) elaborar algo distinto que evite el cliché. Sonar cosmopolita y elegante cuando solo se ha mirado Louvre a través de Godard.

Guy Poplin acomete la ambiciosa tarea de aprehender la esencia del sonido galo desde Singapur. Sin caer en el disfuerzo, pasea con naturalidad por las calles parisinas y recoge el pulso de la ciudad: embriagándose de chanson, capturando la frescura y calidez de los arreglos y las instrumentaciones de Gainsbourg. Absorbe el ánimo juguetón y rupturista de la nouvelle vague para incorporar en un delicado collage: bossa nova, chamber pop y jazz. Toma una fotografía a contraluz y queda alelado por el cerquillo caprichoso de una chica yéyé.

La mujer es el centro de esta obra. O mejor dicho cuatro mujeres que se corresponden con cada una de las canciones que la componen. Las imágenes se alternan y los escenarios, como las emociones, van cambiando. El esteta solo observa. Ellas susurran su alegría y tararean la esperanza. Las melodías son colores tan vistosos como los vestidos orientales que reflejan el sol de marzo. El compositor busca desesperadamente una oquedad para poder callar.

Poplin “Une Débutante Au Jeu” (con Bridget Low)
Del EP Une Débutante Au Jeu (2010)
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Golden Triangle // Double Jointer

Alexander Mc Queen ha diseñado el vestuario para el remake de Barbarella. La odisea esta vez no se desarrolla en el espacio sino en Brooklyn, entre los desechos industriales que comparten el lugar con las bandas y bares que no dejan de aparecer. Tres chicos y tres chicas a los que les gusta disfrazarse forman parte de este carnaval. Mallas y tacones, glamour y licor barato. Madrugadas neoyorquinas donde se van ahogando las descargas de la nueva promesa surgida del underground yonqui. Las jeringas cruzan el aire y una máscara desgastada se estrella contra el sillón antes que todos los instrumentos sean abandonados buscando una próxima dosis.

Princesas de risas burlonas, payasos sin alma, adivinos desesperados por conseguir roomate para conservar el alquiler del piso en Williamsburg; todos ansían un poco de evasión esta noche. Los Black Lips ruedan a los pies de las cantantes de Golden Triangle. Vashti y Carly juguetean con sus copas aguardando el turno para tocar. Un blogger completamente sobrio y aparentemente desvelado se acerca a las chicas y les pregunta si el nombre del grupo es un guiño al lugar donde se produce la mayor parte del opio que circula en esa fiesta. Un tren fantasma arrolla al curioso y ellas retocan su maquillaje antes de empezar la performance.

El rockabilly no da tregua. Un cavernícola es agitado de un lado a otro de la sala. John Waters en versión albina se acomoda el mostacho y celebra la llegada del amanecer encendiendo un puro frente al neón. El cuero brilla en el escenario y envía un reflejo decadente a los sedientos de garage. Jay Reatard desde el backstage observa detenidamente los taco aguja de sus cómplices y desea que este carrusel no deje de girar hasta que el sol anuncie el final.

Golden Triangle “I Want to Know”
Del álbum Double Jointer (2010)
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Gonjasufi // A Sufi and A Killer

El disco inicia como un caos. Se disparan infinitas piezas al vacío. Los beats cambian constantemente, el pulso pierde el control, las pupilas se dilatan y parece que el tornamesa recibe los ritmos del mundo y un DJ frenético quisiera construir con ellos un edificio perfectamente irregular, un tótem de sonido, una Babelia de melodías.

El viajero llega a Glastonbury tiende su carpa, toma la dosis y desde la colina ve atardecer envuelto en dub y una luz intermitente. Monterrey. Una playa de California. La mezquita de Córdoba. Arthur Lee escuchando The Turtles. El sol está en el pasado y sobre el sampler, el sacerdote va recitando su mantra. Su voz flota en el ambiente, se refugia en la distorsión y sugiere colores y formas diversas. Lo heterodoxo reina en el templo de Gonjasufi, todas las sangres recorren los cuerpos y responden al llamado de la danza.

La oración se proclama devotamente en hip hop. El lenguaje va mutando. Colisiona con el rock. La banda sonora de Bollywood gira en torno al kraut y lo lleva por los aires y los suelos. Beck en su momento más desprolijo graba en un cuatro canales a la primera M.I.A. Hipnotizados y ebrios de amor creemos que el collage y la diversidad marcan el presente. La canción está enferma y suenan todas y una a la vez.

Gonjasufi “DedNd”
Del álbum A Sufi and A Killer (2010)
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María y José // Espíritu Invisible

Las plegarias no se elevan a las alturas en olor a incienso. Las visiones extáticas no se producen entre santos de yeso. Las andas de las imágenes sagradas se disuelven en ácido. La muerte, la vida y el amor se sufren y se beben en los templos y los bares como acostumbramos en esta parte del planeta. Aquí la vida es más sabrosa y dolorosa. Lo trágico se convierte en fiesta, la procesión no lleva solo la comparsa regional tradicional, sino que se reviste juguetonamente de la electrónica casera: el diablo dirige una mirada lasciva a la Virgen y esta pierde la cabeza en medio del carnaval. Los santos y frailes observan desde la plaza de Tijuana las cruces de las iglesias y sienten la pesadez en sus cuerpos, postergan la siesta dejando que el groove los acerque a las puertas del cielo. Los parroquianos buscan un salmo o un sampler que alivie sus corazones en miércoles de ceniza. La chicha, el pulque o cualquier aguardiente aporta razones y hierve el ritmo para que la danza nunca acabe. Antonio Jiménez lanza al fuego su alba para poder descansar en paz.

María y José “Oye Satanás”
Del álbum Espíritu Invisible (2010, descarga gratuita)
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The Fieros // The Fieros EP

El beat viene desde los sesenta. Las melodías y voces cruzan el tiempo y el espacio llegando a Nueva York directo de Inglaterra. Se celebra a la juventud y el verano, se canta a la libertad y a la mujer, no se toman riesgos ni se busca la experimentación: guitarras afiladas y una base rítmica contundente al servicio de la canción. Alejados de la afectación y las imposturas se recuerda la belleza de lo simple, la efectividad de un estribillo pegajoso, se proclama que la perfección musical no exceda los tres minutos para un single. Una propuesta que naciendo del Merseybeat suena refrescante y demuestra que la invasión británica a América aún es una ola embriagadora que no termina de reventar en nuestros oídos.

The Fieros “In My Veins”
Del EP The Fieros (2010)
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Blood Red Shoes // Fire Like This

– ¿Seguimos jugando a ser grunges?

– Como siempre, Steven, te equivocas. Ya te he dicho, menciona a Fugazi, Pixies o Sonic Youth. Si te siguen diciendo que parecemos una banda de Seattle, tú réplica con un “Gracias por darte cuenta que sonamos a The Melvins”.

– ¿Vamos a continuar gritando a los cuatro vientos que queremos poner a bailar a la gente? Porque quizá lo conseguimos, pero en los festivales. Sigo pensando que en el directo está nuestro real sonido…

– Para que lo entiendas bien rubiecito: Boonie y Clyde, Sid y Nancy, Kurt y Courtney, Dharma y Greg… O sea se encarga de registrar la tensión, la pulsión enfermiza que surge de la convivencia de nuestros egos, reproducir en un álbum el je ne sais quoi de las relaciones modernas, captar en la dinámica guitarra-bateria, en esa alternancia finita el desarraigo y la abulia del homo ludens…

– ¿Algo así como el Nevermind?

– ¿Por qué no eres como Jack White? Por último di que somos los nuevos Babes in Toyland. Podrías decir, por ejemplo, que mientras The White Stripes con su blues minimalista toca las notas negras de la América profunda, nosotros reelaboramos el lado blanco y desencantado del alma norteamericana…

– ¡Diablos! Yo pensé que hacíamos pop…

– En las conferencias tú te quedas callado, ¿ok?

Blood Red Shoes “It Is Happening Again”
Del álbum Fire Like This (2010)
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Mejor Disco del 2009: Kasabian // West Ryder Pauper Lunatic Asylum

La artillería británica lo volvió a conseguir. Tomó lo que es suyo por justicia. Y lo hizo como siempre, sin pedir permiso, con una mezcla de soberbia y desfachatez. Remeció todo con el arma infalible que siempre tuvieron las mejores bandas de Gran Bretaña: grandes canciones. El tercer disco de Kasabian giró sin cesar durante el año que pasó. Nos hizo bailar, soñar, cantar, saltar, ladear la cabeza y devolvió nuestra fe en el rock and roll. Ni más ni menos.

Temas que sonarán en estadios, pistas de baile o en la intimidad hogareña pero que no nos dejarán definitivamente indiferentes. Guitarras afiladas, bases electrónicas, arreglos que parecen extraídos de alguna banda sonora de Morricone. Actitud y melodías que en un flashback delirante nos traen a la mente la riquísima tradición británica que desde The Who a Primal Scream inquietó las hormonas y expandió los sentidos de generaciones ávidas de la excitación y el descontrol que solo una banda de rock puede provocar en una alma adolescente.

De “Underdog” a “Happiness” (con semejantes títulos cómo no prestarles nuestra atención) Kasabian se maneja con una soltura impresionante por todos los registros. Puede sonar con la potencia descomunal de un grupo que arrollará con sus singles en Glastonbury, para luego componer atmósferas más bucólicas y contemplativas. Himnos para ser coreados por mareas humanas que buscan desesperadamente la evasión o piezas delicadas que resuenan como un mantra en tus oídos. Coqueteos con el gore o el spaghetti western, y la marcada debilidad que los ingleses siempre han tenido por las tonadas orientales y el gospel esbozan una aproximación a este depurado mosaico musical. Un disco que desestabilizó nuestros corazones y alborotó nuestros pies. La simple y prístina belleza de un “She’s my baby… He’s my baby”, (acaso la frase más trillada en la historia del pop) que suenan aquí como si nunca antes hubieran sido entonados.

Una declaración de principios brillante y sensual. West Ryder Pauper Lunatic Asylum significa el retorno de la provocación al rock británico. Nuevamente el caos y la catarsis no son un remedo estéril y lleno de clichés, sino un espacio para soñar y renovar la esperanza (utópica) en la música como revolución.

Kasabian “Secret Alphabets”
Del álbum West Ryder Pauper Lunatic Asylum (2009)
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Gabby Young & Other Animals // We’re All In This Together

Un carnaval se ha formado alrededor de una beldad pelirroja, esbelta presencia de inacabable y geométrico peinado. Gitanos y payasos lanzan al aire todas sus suertes. Un trovador se anima a recitar una pícara copla dispuesto a engatusar a la primera ingenua que aparezca en su camino. Ella se mantiene callada y contempla con atención toda la vorágine y desenfreno que la envuelve. En un momento toma el megáfono y su voz origina que todos los antifaces de la fiesta caigan de los rostros. Gabby Young ha revelado la verdad y toda la fauna, postrada a sus pies, la escucha en silencio.

Acabada la jornada en el cabaret, los empleados se preocupan por devolver las sillas a sus lugares y a los borrachos a las calles. Una luna antojadizamente enmarcada en lo alto lleva algo de luz al salón prácticamente en penumbras. Las chicas que aún no han retornado a sus habitaciones beben los últimos sorbos de licor a tiempo que acomodan sus portaligas para el próximo encuentro con la pista de baile. La banda improvisa sin apuro alguna tonada que acompañe el amanecer entre volutas de humo y miradas perdidas que observan como las bocanadas se estrellan contra el vacío. Una voz rompe la monotonía y se adueña del espacio. Cobija a todos en su regazo, y guía a esas almas oscuras entre las copas que se agitan al compas del jazz. Amenaza el sol con cubrir ese ambiente olvidado. La música no cesa y todos creen escuchar una grabación de Elle Fitzgerald. El canto proviene de la barra: unos rizos que dibujan arabescos deliciosamente caprichosos son la fuente de la hipnosis. Cuando finalmente amanece, un rojo eterno se proyecta en toda la sala.

Jeff la sigue sin descanso por todo Londres. Ella no cede a los ruegos del cantante, y no detiene su marcha sin mirar atrás. Su voz la estremece, pero sabe que no puede dejarse arrastrar por la llamada tentadora de los dioses. No debió cantar nada en el pub, ahora lo entiende muy bien. Su fijación por Grace la está llevando a límites insospechados. Pero ella se siente desnuda al piano cada vez que toca cualquier canción de él. Esta tarde la acompañaba. Creyó escuchar que le pedía una plegaria o quizá una caricia. Cuando sintió que unos dedos inquietos jugueteaban con su cabello salió corriendo hacia la calle. Los susurros la siguen acompañando incluso en su cuarto y se van convirtiendo en melodías reconocibles. Anula cualquier tipo de pensamiento y decide abandonarse por completo cuando él le dice: “Kiss me, please, kiss me… and made me your animal.»

Gabby Young & Other Animals “We’re All In This Together”
Del álbum We’re All in This Together (2009)
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Petröleo // Viaje al Fin de la Noche

Un destello de luz en la isla parece venir desde el cielo o llegar a la playa confundido con la resaca que trae en sus ondas el mar. La obra proviene en realidad de un cuarto anónimo. El sonido no es fruto de la combinación antojadiza de una serie de números que alguien ha registrado en medio de la tormenta nocturna. En Mallorca se persevera y buscando captar el azul que viene y va, Alberto Petröleo sale del círculo de ceniza para contar su historia.

Si Chucho veía en estado de trance hacia el pasado gracias al filtro de los rayos catódicos en ese delicado legado musical que llamó Koniec y Antonio Luque pasea atemporalmente por el paisaje andaluz, Petröleo merodea las costas, se acerca a la orilla y divisa con calma y sutil lirismo todo lo que envuelve ese vaporoso ambiente. Una fotografía desenfocada de faros olvidados por el viento, rodeado por criaturas en formación que escuchan cerca de las peñas alguna tonada de Lambchop apagada por el rumor de las olas. La verdad se trasmite en castellano: el lenguaje fluye libremente y salta juguetonamente en el tiempo y el espacio. Petröleo danza próximo al océano mientras los dioses divisan callados en el fuego el reflejo de su creación.

Petröleo “Transparente”
Del álbum Viaje al Fin de la Noche (2010, descarga gratuita)
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Atlas Sound // Logos

Lo sé, querida. Aquel a quien aman los dioses muere joven. O enloquece. O contrae una enfermedad incurable y extraña. O tiene visiones de una armonía para siempre perdida y con ellas hace una música que invita abiertamente a la ensoñación, al desvarío. ¿Fuiste tú quien lo dijo mientras oíamos partituras de Danny Elfmann tumbados en la cama? ¿O fui yo, aquella noche en que se nos acabaron las historias de fantasmas contadas debajo de las sábanas, a la luz de las linternas, y decidiste desterrarme para siempre de tu cuarto?

Sólo entonces empezamos a vivir.

Porque nos cansamos de ser esos muchachos extravagantes sobre los que todo mundo tiene un rumor para contar. Porque nos cansamos de vagabundear en casas vacías que resultan ser nuestras. Porque nos cansamos de buscar el absoluto en las cintas de video, en los cassettes y no encontrar más que pedazos de algo que resplandece. Porque nos cansamos de lo hipnótico y lo lisérgico y lo onírico y de todas las palabras que la gente usa para decir cosas perfectamente indecibles. Porque siempre se puede planear una incursión nocturna a la calle premunidos de viejos discos de krautrock, encender alguna sombra y buscar estribillos en cada cruce de caminos. Porque todavía nos gusta esa tristeza que deviene en melodía, ese interregno donde la realidad queda suspendida y la experimentación se convierte en ensueño, en un leve sopor que nos abraza, que nos besa.

Ven, querida, ven a hundirte en este disco lleno de texturas, a naufragar en este océano saturado de sonidos. No habrá constelaciones que seguir y mucho menos viejos oráculos que nos guíen porque los dioses están mudos o muertos. He ahí la gran ironía en todo esto. Y la razón y la locura son parte del mismo principio que origina las cosas. Si aprietas play verás que este Logos no habla ni razona. Sólo resplandece.

Atlas Sound “Logos”
Del álbum Logos (2009)
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