Antes de editar Precious Remedies Against Satan’s Device, el predicador y su esposa cantan armonías familiares, los himnos de toda la vida en la intimidad del hogar. La fuerza liberadora del salmo aún no se ha perdido y la melodía, como la zarza ardiente, sigue señalando el camino.
Salir del clóset punk para confesar que mi disco favorito de Los Prisioneros es Corazones. Que prefiero un millón de veces la confesión sentimental de González a sus declaraciones políticamente incorrectas respecto al devenir de un país y su gente: yo no necesito escuchar la voz de una generación en la pista de baile; elijo el puñal y el corazón en la oscuridad del salón.
Javiera Mena probablemente editó el disco más intenso y honesto que se publicó en la última década en esta parte del continente y de paso reafirmó que cantarle al amor no es un acto cursi e inútil, que las programaciones reviven en cualquier punto de la ciudad esa hoguera hermosa, que el hombre sintetizador también puede aspirar a ser un hombre cálido.
Daniel Melero dijo alguna vez que con Los Encargados no apelaron a la electrónica para sonar modernos o por obedecer una consigna estética determinada, lo hicieron por una necesidad histórica, casi ética: el rock en la Argentina de los ochenta se había alejado por completo de los ideales de provocación, riesgo e inquietud que lo deberían animar siempre; el rock se había domesticado y lo único que quedaban eran portadas llenas de pelos. Había que buscar la emoción en otra parte.
Alex Anwandter es un profeta del neón y la nostalgia, de las ciudades perdidas, de los amantes como fetiches y estaciones de ascensión. Un creador que hace a un lado las caretas y acompaña a sus personajes en el tránsito agitado de la educación sentimental. Las imágenes de su último video podrían ser las de un carnaval apasionado y traen el recuerdo de modas pasadas. Después de la celebración y detrás del maquillaje corrido por la faena queda una irremediable sensación de tristeza. Quizá ese sea el retrato de los rebeldes en la antesala del cielo.
El hermano perdido de Sébastien Tellier no vive anclado en los setentas ni está deslumbrado por los senderos orgiásticos que animan al Mesías del electro funk galo. Damien se orienta a parajes más reposados y no menos celestiales. Él se remonta a los sesentas para revisitar a Gainsbourg y rendir culto a su principal fetiche: aquellas presencias veleidosas que deciden el movimiento de los astros. De la cálida simpleza de una guitarra y un piano pasa a rodearse de vientos para contar nuevamente esa historia: un chico, una chica… Un péndulo salvaje que le sigue dando sentido a la vida.
Grabar aquellas hermosas melodías terminaron por hastiarlos. Un buen día prefirieron dejarlo todo y comenzar a experimentar. Quitemos las cuerdas y ensayemos con el blues, dejemos de imitar a Nick Drake y busquemos refugio en la Motown, a partir de ahora jugaremos a ser negros, quizás fueron sus consignas cuando decidieron ya no ser la mejor banda del planeta. Afortunadamente, ahora otros ocupan su lugar. Ellos no quieren entrar a un confesionario sentimental como si fueran el último dandy desencantado o ser el tipo irónico que funge de líder generacional: a Allo Darlin’ le bastan las sinfonías adolescentes y una lánguida voz femenina. El amor se da una vuelta por el mundo y toma una pausa en New York. Desde allí, Elizabeth Morris acaricia su ukelele y mira embelesada al otro lado del Atlántico.
El espíritu adolescente se torna amargado entre guitarras que remiten a los dorados sesentas. Las tablas se han vuelto skates y envueltos en llamas recorren calles anónimas iluminadas por la Luna. Los Wilson del presente encubren su desazón en juegos vocales y escapan de la modorra jugando a la ouija bajo el sol.
Las primeras víctimas del verano han llegado. Este dúo neoyorquino ha decidido apagar los sintetizadores y terminar con las tonadas de nostalgia tropical artificial. Prefieren ensayar ahora nuevos cortes de cabello y tentar otros horizontes. Quizás sea el momento propicio para hacer una pausa y transportar nuestras fantasías a otras orillas.
Al margen del tiempo, Jason Pierce sigue levitando sobre nosotros. Cómodo con su elección, regresa para encender el amplificador y que las guitarras discurran por mares de distorsión. El ancla a tierra nuevamente son las voces que guían al pastor narcotizado por los caminos del folk y el gospel. Estamos listos para una nueva dosis.
Nuevamente el trabajo de Takafumi Tsuhiya reconstruye cuerpo y espíritu. Un carnaval de colores en constante movimiento. Ondas de energía y calor fluyendo imparablemente. Ceros y unos; todos los artistas pop en estado catatónico. Un ritmo nervioso que anuncia un nuevo amanecer.
Los lutos por la madre han concluido. Las salas de opera esperan su retorno en un futuro próximo. Rufus le guiña el ojo a Mark Ronson para juntos hacer florecer todos los jardines de Europa. Es el momento del pop y no hay otro tiempo para este que el presente. Sin dejar los arabescos de costumbre y dando esperanzas a los corazones más allá de las opciones sexuales, solo él puede poner a las armonías a girar en torno de su figura. Las melodías y la fórmula cambiará: un bajo juguetón de filiación setentera se puede convertir en una sección de cuerdas que acompañan a la voz del divo. Wainwright invoca a las presencias por exorcizar, invita nuevamente a los amantes dramáticos a salir de los bastidores para proclamar su verdad.
Retomando su predilección por los talk shows y la estética vintage, en su último video el músico catalán se empareja con Russian Red. La conclusión es simple: Joe Crepúsculo se acaba de convertir en el Ben Gibbard del indie español.
Joe Crepúsculo“Enséñame a Amar”
Del álbum El Caldero (2012)