Youth Lagoon «July»

Una voz casi fantasmal trata de decir algo y adviertes que aquella voz está cargada de melancolía como si añorara un tiempo pasado e irreversiblemente perdido. Pero el dolor desaparece, y Trevor Powers hace catarsis de ese sentimiento en este tema. Grabado de forma casera en la intimidad de su habitación y con una manera bastante peculiar de cantar, que recuerda por momentos al gran Daniel Johnston, crea la atmosfera densa y emotiva que caracteriza a The Year of Hibernation, el álbum debut del joven cantautor de Idaho.

La vida parece transcurrir en slow motion para Youth Lagoon. Estemos atentos para saber si algún día abandona ese refugio.

Youth Lagoon “July”
Del álbum The Year of Hibernation (2011)

Torreblanca «Si»

Delicadeza pop que baila de puntas de pie al lado del piano. Torreblanca cubre de inocencia las indecisiones amorosas que parecen exclusivas de la adolescencia, donde las dudas tienen rostro de niña y la felicidad se resume en una sílaba afirmativa. Tan sencillo y melodioso que terminarás dándole la razón y preguntándote qué más se puede pedir.

Torreblanca “Si”
Del álbum Bella Época (2011)

François & the Atlas Mountains «City Kiss»

Prefiero visitar una nueva ciudad luz. Alejada del ruido y los mismos parajes sin sentido. En ella me cantarás en un inglés afrancesado. Pensaré por un momento en Phoenix y me sentiré como Julian Barnes hurgando en los anaqueles de la literatura francesa. Me llenaré de clichés y no prestaré atención a lo que flota en el aire. Por un momento volveré a creer que todo viene a nosotros desde los sesentas. Finalmente, y como casi siempre, todo regresará a la normalidad cuando ponga la pista número 4 de un disco al azar.

François & the Atlas Mountains “City Kiss”
Del álbum E Volo Love (2012)
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Banda de Turistas «Cada Día»

“Cada Día” es el primer sencillo del tercer álbum de Banda de Turistas titulado Ya, programado para ser editado los primeros días de marzo, y que cuenta en la producción con Diego Uma y Diego Tuñón de Babasónicos, la otrora agrupación desfachatada que ahora se orienta hacia el tedio y el aburrimiento.

Este nuevo episodio de la historia de la banda porteña evidencia un cambio en su música y hasta en la forma de cantar. Un ejemplo de ello es el otro tema adelanto, “Mil Veces Más”, en donde suenan por momentos más pesados, distorsionados y ruidosos a lo que nos tenían acostumbrado en sus dos primeras entregas. ¿Será este el disco de consolidación de los bonaerenses? Conoce el camino que ha tomado BDT en este video dirigido por el artista visual Martín Borini (Ailaviu).

Goldfrapp «Melancholy Sky»

Mientras todas creen merecer el trofeo por ser la más grande zorra, al margen de ese lío, ella prefiere volver a un paraje más cómodo y acogedor. Deja en espera al electro, olvida los compases ochenteros y los saqueos del pasado al estilo Ciccone. La rubia ha dejado de bailar y se desencanta de las representaciones teatrales y los vestidos cubistas. Ahora ella pasea sus miedos y paranoias meciéndose entre vientos y cuerdas. Cierra los ojos y nuevamente lo bucólico ha desterrado a la compulsión dance; los beats ya no agitan más ese corazón confundido.

Goldfrapp “Melancholy Sky”

Los mejores videos de 2011

1. Metronomy «She Wants»

2. Is Tropical «The Greeks»

3. Woodkid «Iron»

4. Parenthetical Girls «Doughnut»

5. Röyksopp«Senior Living»

6. Slow Club «Two Cousins»

7. Spoek Mathambo «Control»

8. Justice  «Civilization»

9. Die Antwoord «Fok Julle Naaiers»

10. Battles «Ice Cream»

11. Times New Viking «No Room To Live»

12. Radiohead «Lotus Flower»

13. DYE «Fantasy»

14. Karl X Johan «Flames»

15. The Vaccines «All in White»

16. Fleet Foxes «The Shrine / An Argument»

17. Azealia Banks «212»

18. Lykke Li «Sadness is a Blessing»

19. Evelyn Evelyn «Have You Seen My Sister Evelyn»

20. Esben and the Witch «Chorea»

Sonic Youth es calle

Kool Thing

Acababa de almorzar y me encontré con los Sonic Youth en el jirón Quilca. Conversamos y nos fuimos a comprar discos de vinilo. ¿No me crees? Piña, pues. Yo todavía me acuerdo.

Escribe: Fidel Gutiérrez M.

El gringo no dejaba de tomar fotos. Parecía hipnotizado por las portadas descoloridas de los DVD pirata ofrecidos en la puerta de uno de esos tantos puestos especializados en todo que subsisten en la cuadra dos del jirón Quilca; el foco (contra)cultural del centro de Lima.

El gringo escudriñaba también los estantes de libros y yo lo miraba a él desde la acera del frente. Retornaba raudo a mi trabajo tras disfrutar de un nutritivo menú en un restaurante ubicado un poco más allá, cuando la visión de este personaje con facha de añejo mochilero achibolado aletargó mi paso. “Este pata se parece mucho al de Sonic Youth”, pensaba, mientras me acercaba. La conchudez –por las puras uno no es periodista– le metió un codazo a la vergüenza y aceleró las cosas. “¿Thurston?”, le dije, acercándome. “¿Thurston Moore?”. “Yeah, right. How are you?”, me contestó, dándome la mano. Por suerte mi mandíbula se despegó rápido del piso. “¿Qué, qué haces por acá?”. “Buscamos discos de vinilo. Allá están Steve y otros amigos”. Su dedo señalaba hacia la vereda opuesta, pero yo no le quitaba a él los ojos de encima, pensando que tal vez todo esto era tan solo efecto de algún alucinógeno esparcido por error sobre la chispeante merienda que acababa de engullir.

“¿Tú conoces dónde es que venden los discos?”, me pregunta, y vuelvo a la realidad. “Of course!” exclamo. Tras saludar a los otros tres miembros de la comitiva –el baterista Steve Shelley, y un joven estadounidense amigo del grupo y una chica peruana que trabajaba con la productora del concierto, cuyos nombres el aturdimiento del momento me impide recordar– trato de orientarlos y les digo que me sigan, pero es imposible mantener un orden. Moore se muestra entusiasmado en extremo, y con movimientos propios de alguien que corre contra el tiempo y que además ha tomado demasiado café, va de una acera a otra fotografiando fachadas y graffitis (“este es muy punk rock”, dice, cuando ve la palabra ‘kaos’ escrita con tiza). Le digo que mejor fotografíe El Averno, al que se lo describo como el foco de actividad contracultural que en efecto suele ser cuando sus visitantes todavía están sobrios. Me hace caso y apunta la cámara hacia su colorido frontis. Mientras, pienso que mejor sería llevarlos adentro de ese local; pero este está cerrado. Por una parte mejor, porque –¡verdad, ¿no?!– se supone que yo estaba apurado por regresar a trabajar.

“Tenemos que ir por acá”, les digo, tratando subliminalmente de acelerarles el paso; pero es inútil: Thurston sigue con la fotomanía. De pronto, de ese enorme garaje en el que uno encuentra todo tipo de libros y música, una pareja bastante joven, de aspecto emo, se dirige decidida hacia el músico. “¿Nos das un autógrafo?”, le dice la pequeña en castellano, levantando el cuello y alcanzándole un papel y un lapicero. “Claro”, responde él en inglés, y tras firmar, les pide que ambos posen para su cámara. “¡No puedo creerlo!”, dice el chiquillo. “Yo tampoco”, pienso yo. Serán los únicos que reconocerán al célebre neoyorquino hasta que crucemos la avenida Wilson.

“¿Por allí no roban?”, me pregunta la chica que supuestamente oficia de cicerone de los ilustres visitantes. “A esta hora no”, le respondo a su cara de susto. Recién son las tres de la tarde. A las cinco empieza el peligro. “¿Qué fue de los otros?”, le pregunto a Thurston. “Se han ido a la playa”, dice, y se desentiende del asunto, seguro porque ello implicaría hablar de la que ya es su ex esposa. “Kim se fue a comer”, me dice Shelley, mientras sonríe con ese aire bonachón que en nada se condice con la brutal energía que horas después mostraría sobre el escenario del Centro de Convenciones Scencia. “Ella y Lee salieron para allá, pero nosotros quisimos venir a este lugar, porque anoche nos hablaron de él”.

En esos segundos trato de reconstruir los antecedentes. Los Sonic Youth arribaron una noche antes, el miércoles 9 de noviembre, a Lima, y a su llegada al lujoso hotel Westin, de San Isidro –por cierto, uno de los lugares menos indie rock, no solo del Perú sino del planeta entero– fueron recibidos por un contingente de fans que se habían pasado el dato pese al secretismo de los organizadores, que solo querían a la prensa en el lugar. ¿Quién les habrá dicho que fueran a Quilca, un lugar del centro de Lima al que incluso algunos dizque bravos rockeros ven como una sucursal del penal de Lurigancho? ¿Alguno de los músicos (o no-músicos) locales que fueron a esperarlos al hotel para tentar, mismos fans enamorados, foto, charla o autógrafo, o si se podía, todo junto? ¿Algún colega de esa pequeña prensa hiperespecializada en rock de los años 90’s que hoy tanto extrañamos y que también hizo acto de balbuceante presencia? Nunca se sabrá con certeza. No es que importe mucho, en realidad, pienso, mientras retomo la conversación con Steve.

“Si se han ido a la playa han encontrado sol”, le digo, pensando en la oscura sensualidad de Kim Gordon mientras miro el luminoso cielo y agradezco a éste por tan lindo día. “No han ido a nadar”, responde. “Dijeron que iban a comer a la playa. A comer ceviche”. No aguanto la sonrisa por lo gracioso que suena esta última palabra en su boca de gringo y, apelando al reportero de televisión que todos llevamos dentro, le pregunto “¿y tú ya probaste ceviche?”. “No. Me dijeron que era delicioso, pero no puedo comer mucha comida marina por mi estómago”. Miro a Thurston al frente seguir fotografiando entusiasmado las pintas y graffitis. “Hay mucho punk por acá”, dice. “Este es el punto de encuentro de varias tribus urbanas”, le digo, sintiéndome el anfitrión de A la Vuelta de la Esquina. De pronto reparo en un detalle, y le suelto un dato a ver qué pasa. “De acá a unos 200 metros hay un local en el que suelen tocar muchas bandas de hardcore y punk”, le digo, aludiendo al Black Angel Bar, del jirón Camaná. “¿Has ido por allí últimamente?”, me pregunta, sorprendiéndome. “Hace unas cuantas semanas” contesto, sin poder evitar que mi cuerpo se encoja al recordar ese reciente concierto gratuito y vibrante de Kade, Los Mortero y otras joyitas del underground local, en el que cada vez que alguien abría la puerta de la calle, cinco personas teníamos que arrimarnos por la falta de espacio. En ese rato los demás miembros de la comitiva se nos acercan. Parecen impacientes por llegar al destino planeado. “¿No es peligroso ir por allá?”, insiste la chica representante de la productora. “Lo más peligroso es cruzar la pista”, mascullo.

«Son solo dos locales en los que deben estar; procuren no ir más allá», les advierto, un poco contagiado de los temores de la simpática y recelosa fémina (que, por cierto, me confesó no tener idea sobre qué tipo de música hacían sus acompañantes…). Antes, les enseño la puerta del Nuclear Bar. “Este es uno de los pocos locales de Lima dedicados al metal”, les digo. Thurston vuelve a sacar la cámara. Steve pregunta: “¿Acá tocan black metal también?”. “The blackest and sataniest metal in the city”, respondo, improvisando. Les señalo la puerta del costado, una iglesia evangélica, pero parecen no reparar en la ironía, porque ya han visto que están muy cerca de dónde venden sus tan buscados vinilos.

“¿Quiénes son?”, me pregunta uno de los veteranos vendedores del lugar. Las visitas de gringos coleccionistas no son escasas aquí, así que estos resultan ser tan solo unos turistas más, susceptibles a que se les aumente unas cuantas decenas de soles por cada long play comprado “Son Sonic Youth”, respondo. “…Ah, ya… Si puedes mándalos al fondo”, recomienda, sin evidenciar emoción alguna en su rostro, y señalando su puesto de venta. “Pero pregúntales qué están buscando”.

Ya lo había hecho. “Música folk de protesta peruana” fue lo que me dijo Thurston antes de cruzar la avenida Wilson. “Está difícil”, respondí, confundido, mientras en mi mente trataba recordar a algún émulo local de Silvio Rodríguez o de Pete Seeger que haya sacado vinilos, porque –prejuicioso yo– suponía que a ese cliché –el del trovador rebelde y marxista, provisto de una guitarra por toda arma– se estaba refiriendo. “La verdad es que de ese tipo de música no se hicieron muchos discos en esa época”, añadí, con esa certeza atrevida propia de la ignorancia, y con el estereotipo del trovador revolucionario bien enquistado en el cerebro. El desconocimiento de los vendedores al respecto haría que me sintiera menos mal. Así, ni ellos ni yo –ignorantes supinos– atinamos a recomendarle al neoyorkino los discos de gente como Tiempo Nuevo, Kiri Escobar, N.E.P.E.R. o Alturas, sobre cuya existencia reparé recién al día siguiente, gracias a alguien que sí sabe del tema y que no teme compartir sonriente sus luces con neófitos como el autor de estas líneas.

Ya enfrentados a la vasta oferta disquera del local, los músicos se olvidaron de cualquier etiqueta. De pronto Moore ya tenía en sus manos un par de discos de Joao Gilberto por los que el vendedor le estaba pidiendo entre 30 y 40 soles. “¿Está bien ese precio?”, le pregunta a la chica de la productora. “Creo que te los puede dejar a 30 cada uno”, me entrometo. El vendedor no quiere dar su brazo a torcer, pero finalmente acepta. “Si regresamos, vendremos a comprarte más”, dice la chica. El disquero sonríe y comenta, todo galante él, que sería bueno que ella regresara porque a los demás no los conoce. Poco después, seguramente tras ser ilustrado al respecto, el mismo zalamero personaje les pediría a los dos neoyorkinos que le firmaran sendos autógrafos en la funda de un disco de… ¡Joy Division! “Yo no soy de esta banda”, le dirá Shelley. Lo traduzco, y el compadre disquero encuentra la precisa: “Sí, pero tienen su influencia…”

Pero esto ocurriría luego de que me despidiera por primera vez de estos viejos melómanos. “¡Gracias, Thurston; gracias Steve! ¿Podemos tomarnos una foto?”. “Claro”, dicen ambos. Mi trofeo ya estaba ganado y archivado en mi precario celular, y se sumaba al sorpresivo buen rato propiciado por la casualidad. Ahí estaba yo, retratado junto a dos de los tipos que ayudaron a cambiar el sonido del rock. Yo, al lado de dos de los responsables de discos como Evol, Sister o Dirty, que contribuyeron al resquebrajamiento de mi cerebro y a ampliar mis horizontes auditivos. Yo, abrazado a parte viva de la historia. Al salir de la tienda estaba a un paso de dar gracias a quién correspondiera por el solo hecho de estar vivo. Miren lo huachafos que nos pone estar tan cerca de nuestros ídolos.

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PJ Harvey // Let England Shake

Iniciaba el siglo XXI y Polly Jean despertaba mirando las calles de New York envueltas por una bruma melancólica que luego de disiparse dejaba al desnudo los afectos y las emociones de presencias fantasmales, de cuerpos azulados y silencios cómplices. Estas imágenes quedaron registradas como canciones en Stories From the City, Stories From The Sea. La resaca de los noventas había quedado atrás y el influjo de las malas semillas expirado: PJ ya no flotaba más sobre una corriente de agua por culpa de una pena de amor. El camino accidentado, áspero y urgente trazado por Rid of Me o Dry fue abandonado para tomar una ruta más apacible, pero no por eso más complaciente; las navajas, los discos de Patti Smith y los rincones oscuros ya no la seducían tanto como antaño. En ese momento, John Parish y el piano surgieron como los acompañantes ideales para este nuevo período.

Pero PJ Harvey solo es feliz en el cambio permanente. Siempre amanece en una estación distinta. Las teclas blancas y negras no traducen más su pulso vital, prefiere rasgar las cuerdas de un arpa para cantarle a su nueva obsesión: Inglaterra. Y a la frágil Polly Jean le duele sentir y pensar la tierra natal. Lo hace entre aires pastoriles, balanceándose entre vientos de guerra y samplers de reggae, prefiriendo la calma al caos, cómoda en las atmósferas sosegadas del folk y jugando ocasionalmente con la disfuncionalidad eléctrica. Entre esos sonidos, la inglesa reflexiona sobre el devenir del orgulloso imperio y sus afanes expansionistas. Las historias de Let England Shake no hablan de tragedias de alcoba o de solitarios en un bar: se centran en un pasado glorioso y en la vocación belicista alimentada por la sed insaciable de acumular riquezas y territorios. Ella ha visto los noticieros y se ha deprimido. Por eso reniega de Europa y siente nostalgia por los tiempos de bonanza y esplendor: la ceniza esta vez no se desprende de un cigarrillo, sino de cuerpos anónimos caídos en algún paraje olvidado de Kabul.

Inglaterra, como el rock, es el reino de la provocación superficial. Let England Shake reúne ambos universos y les devuelve el brillo que siempre deberían lucir.

PJ Harvey “The Last Living Rose”
Del álbum Let England Shake (2011)

Los Animales Superforros // Coplas

Un grupo de porteños miran con inquietud e interés hacia los Andes. Se atreven a remontar las alturas milenarias que no conoce la burocracia cultural. Este colectivo animal (la comparación no es antojadiza) evita las pretensiones conceptuales y se aleja además de los abismos progresivos. Apelan a una instrumentación desnuda para realizar esta aventura, una excursión por parajes sagrados y brillantes, un paseo por espacios vivos y llenos de luz. Guitarras frescas que parecen venir desde los apus, bombos y percusiones que retumban e iluminan todo de un entrañable azul serrano, un manantial de sonidos que fluye naturalmente y sin impostaciones.

Coplas es un breve compendio lírico, una obra que celebra la naturaleza y espiritualidad de una zona rica en significación. Es un episodio intenso que planea con sutileza sobre los lugares comunes en los que suelen caer aquellos que quieren abordar lo andino: Los Animales Superforros no se instalan en ese estanco sonoro sin corazón llamado New Age; no son la música de fondo para ese banquete sin gracia llamado cocina novoandina. Son canciones que rebosan de buenas vibraciones, beats que provienen del sol y abrazan con gratitud la bendita tierra, y que especialmente en la bellísima “Arpegio”, nos entregan el mejor ejemplo de un himno a la peruanidad hecho por un artista extranjero que hayamos escuchado nunca.

Los Animales Superforros “Arpegio”

Del EP Coplas (2011)